lunes, 31 de diciembre de 2007

8.- La Paella

Tenemos ya todos los ingredientes encima de la bandeja: ajos y aceite de oliva, tomates maduros y judías verdes frescas, alcachofas pequeñas, azafrán y pimentón, garrafón, la carne - pollo y conejo bien troceado – la sal... Observo el bodegón completo y pienso que esta mezcolanza mediterránea no debe estar mal del todo... Junto con el arroz, una generosa jarra de agua del grifo, que aunque algo dura por las sales que contiene, retrasa el punto de ebullición de la paella dando al grano una textura imposible de conseguir en otros lugares de aguas más blandas. La mezcla de naturaleza, arte y rito que se aúnan alrededor de la paella, me motivan y originan en mi interior una ilusión, que siendo además para compartirla, hace de estas ocasiones una fiesta en el calendario. El hecho de cocinar no lo es todo. Hay algo más. Una vez preparada la paella, las expectativas son de compartir, conversar siguiendo el ritmo y la cadencia de la reunión, sobre el conocimiento de un aroma especial de un vino auténtico, o de una especia que parece querer pasar desapercibida; la tertulia sobre las alternativas de la vida, descubrir los criterios por los cuales los amigos toman decisiones importantes sobre sus vidas, adivinar qué es lo que les hace felices, investigar sus dudas, cuestionar inseguridades, identificar imperfecciones... Es una confesión sincera, sin más absolución que la de la satisfacción de compartir la alegría propia con los demás, sin más penitencia que la insatisfacción del propio reconocimiento, ante personas que quiero, de grandes lagunas ocultas, de cielos nublados...

Comienzo a preparar el fuego con decisión. Creo que sé lo que hago, pero aquí no puedo desconectarme. Mientras, Isabel me observa incrédula ante la aparente destreza y precisión de cada movimiento, conseguida en realidad más a base de práctica que de conocimiento. El vino es un Rioja de cosechero, joven, del año. Sienta muy bien, no soy experta, pero noto un equilibrio entre aroma y gusto que se mantiene por largo espacio de tiempo en mi paladar, sin exceso de grados. Es un buen vino, a la hora apropiada, con una compañía inmejorable, ideal para abrir boca y preparar el estomago para caldos más elaborados. El chorizo y el salchichón caseros - en rodajas más bien gruesas – saben distintos acompañados por el vino... Y con media rebanada de pan recién cortado, inasequible capricho para los Dioses.

Las distancias entre las brasas, el fuego y el acero de la paella son importantes. Estos dos elementos ya se habían encontrado antes. En aquella oportunidad el fuego triunfó, y consiguió moldear el acero a su gusto. Ahora éste triunfa, y defiende a todos los ingredientes de un final precipitado, de un final que no puede evitar, pero que retrasa. Me esmero en ajustar los ladrillos donde voy a apoyar la paella para que la superficie quede perfectamente horizontal. No puedo permitir que la distribución del agua no sea uniforme y se acumule en un lateral, dejando el punto del arroz desigual en función de dónde, caprichosamente, haya caído éste.

El fuego comienza a prender a toda velocidad, y envuelve con sus brazos todas las pequeñas ramas de naranjo que voy cargando, sin prisa, hasta conseguir un fuego homogéneo, vivo, aunque joven todavía. Estas primera ramas no cocinan nada, pero se sacrifican por las siguientes, más robustas, que no sobrevivirán sin la presencia de las brasas de las anteriores, y que las mantendrán vivas. Cuando la energía se reduce, cuando la brusca embestida de las ramas jóvenes se apaga, comienzo a verter el aceite, de grado alto, en círculos concéntricos hasta conseguir una superficie que ocupa más de las tres cuartas partes del acero. Aquí compruebo la planicie antes buscada, retocando con pequeñas astillas o piedras la altura de alguno de los soportes hasta conseguir mi objetivo. Las primeras gotas de sudor, tímidas, aparecen en mi frente, aunque ni siquiera las presto atención. Me retiro un poco y observo dando un rodeo, admirando la belleza del conjunto y, por supuesto, detectando los defectos que ahora puedo retocar... Imposible más tarde... Juego con el viento, trato de modelar el tiempo. Son sólo los pilares, pero es aquí donde sé si mi obra va a tener éxito o no. Unos buenos principios, como todo en la vida, auguran excelentes resultados, y en este caso, además, sabrosos dividendos.

Isabel, mientras tanto, se ha entretenido observando mis movimientos: habla de mi soltura y decisión, como en la vida real, como en las interminables conversaciones, las discusiones, las largas tertulias. Incluso ella sospecha que estoy pensando en algo más mientras tanto, porque la mirada pérdida en el infinito ya me empieza a delatar. Mientras observa, se dedica a sazonar el pollo y el conejo, generosamente, y a desgranar los ajos, dejando los dientes sin pelar. Nos gusta el sabor del ajo confinado en sí mismo, frito y cocido en el caldo de la paella, permitiendo a todos los ingredientes mantener parte de su sabor, sin necesidad de darlo todo por el conjunto. Sólo uno se enriquece de todos... Una vez que el aceite comienza a fluir a sus anchas por la superficie, añado los ajos. Disfrutamos del día, pero ninguna de las dos se decide a recomenzar la conversación. Sin embargo, las dos pensamos en la otra, a cara descubierta, casi sin atrevernos a hablar.

- ¿Has puesto ya el pimentón en la carne, Isabel?
- Sólo he puesto sal, pero con interés...
- Pues no te olvides que también hay que tiznarla con una pizca de pimentón... Lo tienes ahí, en la lata rectangular de tapa redonda.
- ¿Y eso?
- Tú hazme caso... Ya lo comprobarás luego. Es cómo lo de no pelar los ajos... No se trata sólo de que el arroz esté bueno, sino de que cada elemento mantenga su propia personalidad, y de que la mejore si cabe... Eso es lo que me gusta de este plato... Todos se entregan, pero todos reciben.
- ¿Más vino?

Volvemos a reír, esta vez durante un prolongado espacio de tiempo. La frescura de Isabel para tratar de romper el ritmo ha sido más que elocuente, y mirándonos con ojos de complicidad, todavía alargamos por más tiempo las sonrisas. Para ambas el tiempo transcurre sin apenas sentirlo. El día alcanza su punto más luminoso, creando un ambiente especial en el jardín. Ninguna de los dos hemos advertido que, a lo lejos, los picos nevados de la sierra reflejan como un espejo los rayos del sol, cubriendo el cercano bosque de robles y encinas con un manto de luz blanca, como una aureola de fuego azul. Lejos quedan la contaminación y el ruido, el tráfico y las prisas, pero también atrás queda la gente, los amigos, el resto de la familia, David... Demasiados recuerdos.

Los ajos ya están algo dorados. Escojo cada trozo de carne cuidadosamente. Comienzo con los hígados, que aunque sólo permanecen unos instantes en el aceite, aportan sabor. Pero quizás, lo más importante, es el sustento que dan a la cocinera mientras el plato se prepara. Se retiran en una pequeña fuente, de la que se va picando, y de la que se ofrece a todos aquellos que por el fuego pasan. Sólo la sal, el aceite, el ajo y el pimentón hacen ya maravillas, y todo está aún por comenzar... Uno a uno los trozos de carne pasan a entrar en contacto con el cálido aceite, que más fluido ya, les transmite, despacio, el calor que, a través del acero, el naranjo aporta... Cuantos elementos, cuantos intermediarios para algo que parece tan sencillo. Nos encontramos observando el fuego. Con un color vivo de éste comienzo a freír la carne, que no puede resistirse. Fuego sosegado, llamas lentas, calor reposado, pero constante.

- Así es el amor de verdad, Julia, a esto me refería antes...
- ¿Cómo dices?
- Que estamos en la parte dónde llega el amor. El apasionamiento de las grandes llamas y la rápida combustión ya ha terminado. Ahora queda lo importante. A partir de ahora, ya no se enamora nadie de nadie...

Quizás Isabel tenga razón, y sea en pequeños gestos, en detalles cotidianos, y no en grandes regalos o sorpresas, dónde está el verdadero amor. Puede que lo demás sean estratagemas que nos ponen melosas y nos ablandan, y hasta consiguen que nos enamoremos…Sin embargo, creo que hay un punto de unión entre ambas perspectivas, enamorándote o manteniendo el amor día a día, es importante trabajar en la tensión, buscar el equilibrio, entre lo que se promete y lo que realmente se es capaz de dar... Ambas situaciones están relacionadas con aceptar al otro tal y como es, y al mismo tiempo tratar de ayudar a esa persona a ser más de lo que es… Quizá sea tan simple como expresar interés y respeto por las aficiones o gustos de la persona que amas o de la que te estás enamorando.

Seguimos absortas. Nos maravilla la imagen, la energía que el fuego cede al plato para que éste se desarrolle. Es un sacrificio de la madera, de la leña de naranjo, que durante años ha crecido en silencio, que durante lustros no ha hecho nada, por nada ni por nadie. Ahora se ofrece por algo más. Se siente útil, aunque el precio es muy alto. Con un largo pincho con mango de madera doy la vuelta, uno por uno, a todos los trozos de carne que ya están comenzando a menguar, aunque de forma algo tímida.

- Bueno, ¿por qué no vas pelando los tomates y cortando las judías verdes y las alcachofas?...Ya está todo lavado...

Isabel comienza quitando la piel a los tomates. Tan maduros están que todo el jugo se desborda, corre entre sus manos, para acabar goteando en el cuenco dónde al final se trocean. Yo sonrío, mientras aprovecho descansos que el fuego otorga para añadir una pizca de sal a cada tomate ya triturado.

- Todo el que entra en la paella, paga peaje de sal...

Continúa con las judías, verdes y anchas, frescas y que casi apetece comer crudas. Corta las puntas y tira de las hebras que recorren ambos laterales de la vaina. Casi compite por tratar de extraer una hebra completa sin romperla. Por último, parte las alcachofas en cuatro; es éste uno de los ingredientes que mejor sabor captura del conjunto.

La carne alcanza su punto. Dorada, tostada por su exterior, y sin embargo, casi cruda en su interior. Es uno de los secretos de que, al final, su sabor sorprenda. Siendo capaz de aportar, mantiene su frescura, acompañada además por todas aquellas esencias y sabores que la piel haya podido acumular. Me dispongo a añadir las judías, el garrafón y las alcachofas, para freírlas lentamente, y después el tomate, ya con su pizca de sal incorporada...

Estoy casi dentro del plato. Miro fijamente el fuego, los bordes de la paella, doy vueltas a la carne, agito la verdura y pico aún más el tomate, añado algunos apuntes de especias, una hebra de azafrán... Busco la esencia, y es ahora cuando ésta tiene que aparecer... Todo el que tiene que dar sabor, está ya dentro. Sólo falta que se produzca el milagro, y con fe ciega lo busco. Pruebo el caldo, revoluciono toda la mezcolanza para que el sabor aparezca. Añado medio vaso de agua para conseguir extraer las últimas y escondidas gotas de sabor, una rama de tomillo y atizo el fuego para que durante unos segundos se produzca una ebullición, sacando de dónde ya prácticamente no queda. Sigo, de vez en cuando, probando el caldo, esperando a alcanzar mi objetivo, pacientemente. Cuando lo consigo y me siento satisfecha del aroma que de allí surge, miro a Isabel...

Me acerco el cuenco dónde había preparado el arroz. Meto mis manos entre los granos, y las saco repletas, dejándolo caer a la paella, dibujando una línea horizontal... Mientras lo hago, vuelve a mi pensamiento el ejercicio que había ensayado antes, todavía en la cocina, imaginando a David mientras recordaba mi actitud con él. Y ahora la sensación es distinta. Y ahora no pienso que juego con él. Y ahora no temo que lo pueda perder. Y ahora los fantasmas comienzan a desaparecer… Debe ser el vino... Repito la operación, aunque ahora mucho más despacio, disfrutando más del contacto con él. Dibujo con el arroz otra línea, perpendicular a la anterior, completando la forma de una cruz.

Me apresuro a remover. Queda todavía algo de caldo, suficiente para que todos los granos de arroz entren en contacto con él, suficiente para que todos atrapen algo de sabor, esencia de lo que aquí se ha fraguado. Cojo la jarra de agua y comienzo a verterla sobre la paella, removiendo a la vez para que los granos no queden apelmazados. Avivo el fuego; necesito una llama fuerte y viva para llevar el agua a su punto de ebullición... Pasan casi una decena de minutos. El agua comienza a desaparecer... Sólo queda una capa muy fina que se disfraza de burbuja rápidamente, para cruzar el laberinto, que sólo las más fuertes son capaces de atravesar... Aprovecho para reducir el fuego, maniobra ésta imprescindible para evitar que el arroz se queme... Es un cambio radical de fuego, casi violento, dejando solamente las brasas, hasta conseguir que el agua desaparezca completamente, pero muy despacio...

- ¿Sabes que el agua en realidad no se evapora?
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que todo el fuego, todo el calor parece que se emplea en evaporar el agua, pero no es así… La gran mayoría del agua queda retenida por el arroz, que al subir la temperatura, abre sus poros y la atrapa...
- Milagros como éste, supongo que se producen a diario a nuestro alrededor, y simplemente de evidentes o sencillos que son, no nos damos cuenta de ellos porque no los observamos... No les prestamos la menor atención...
- A diario, es verdad…

El arroz está en su punto, la ensalada aliñada, todo esperándonos ya. Estamos preparados para dar cuenta de una buena comida al aire libre, a la luz vivaz, en compañía nunca mejor elegida, y para seguir hablando, y para seguir escuchando y aprendiendo.

Con el fuego ya retirado, me hago con unos periódicos y los remojo ligeramente en agua, cubriendo con ellos la totalidad de la paella, y es que los granos que terminan en la parte superior han estado menos tiempo en contacto con el agua... Cubriendo la paella con periódicos húmedos intento que se terminen de cocer y no queden unos duros y otros blandos... Se crea entre el arroz y el papel húmedo un pequeño invernadero, que funciona como un horno natural... El calor que sale de la paella evapora el agua del papel, que en forma de vapor queda retenido en esa cámara, y que termina de cocinar el grano.

Mientras, Isabel, plato a plato, vaso a vaso, termina de poner todo lo necesario para disfrutar de la comida sobre una mesa de forja situada en un lateral protegido de la casa, entre el sol y la sombra que se dibuja a través de las hojas de un roble y de sus ramas tortuosas. No puedo sentirme más a gusto. Mi difícil relación con David viene a mi pensamiento cada cierto tiempo, aunque tampoco me molesta en exceso. Le quiero muchísimo, y aunque hoy las cosas van muy deprisa, la decisión ya está tomada, prescindiré de él.

© Copyright 2007 John Keating

7.- Los Preparativos

Ya con la ropa de trabajo, como me gusta llamarla, bajo a la leñera a recoger troncos y ramas secas de naranjo. Justo enfrente de la casa me distraigo con el paisaje... Realmente la mañana es especial, llena y redonda... Algo melancólica, todavía, observo el valle, los pájaros, los árboles, el viento invisible que los envuelve a todos, su sonido. Quizá los dos al mismo tiempo, pensando en las horas vividas juntos, seguramente recordándonos, recreándonos en las alegrías, en las luces y en las sombras, con frío y con calor... Imagino que está en la playa, pensando en su próximo movimiento...Y lo curioso es que a él lo que le gusta es el campo, la tierra, el olor a hierba y a arado, a vid y a puerro... Y a mí lo que me gusta es el mar, el olor a sal y a agua, a roca y a algas…Y vuelvo a sentirme enamorada.. Y vuelvo a recordar que es imposible...

Selecciono cuidadosamente los tamaños de madera a emplear: leña pequeña y menuda al principio, para encender y también para avivar el fuego poco después, justo al echar el agua; leña más gruesa para freír la carne y la verdura, a fuego muy lento, pero fuego maduro, que permanezca durante el hervor. Me entretengo observando las caprichosas figuras que la leña y las ramas dibujan... Me pregunto el por qué de aquellos quiebros de la naturaleza, retos a la gravedad, ironías del sol y de su luz, de su calor y su amor, de su ternura y su amistad, traiciones de la humedad y su frío, de sus heladas y sus egoísmos y de las generosas raciones de sed apagada... Me siento rama también, y entiendo mejor las formas quebradas, la tortuosidad de sus nudos, y las abrazo con más cariño, como si sujetase a un recién nacido...

Veo venir a Isabel... Ya casi me había olvidado de ella, pero me alegra volver a verla...

- ¡Hola, Julia!.
- Hola... ¿Me ayudas con esa leña?
- Claro, mujer. ¿Dónde hay que llevarla?
- Hace un día increíble... ¿Te parece que hagamos la paella en la barbacoa de atrás?
- Muy bien... Te sigo viendo afectada... ¿Ha pasado algo?
- Sí. Me ha llamado, he hablado con él. Quiere dejar a Marta, quería venir a contármelo. Pero no puedo tentarle más.
- Pero ya lo has hecho...
- Sí, pero al menos ya sé que no quiero seguir hurgando en la herida... El daño hecho, hecho está... Y sé que no quiero seguir así. No sé por qué me complico la vida con un hombre como él... ¿Qué es lo que he estado haciendo…?
- Quizás buscabas su madurez, que no es fácil de encontrar entre los hombres más jóvenes... No es que esté justificando tu actitud, pero ya con treinta y tantos años, imagino que las personas, las conversaciones a las que aspiras tienen cierto peso, cierta profundidad, estás buscando la persona de tu vida, tiene todo el sentido...
- Quizás...
- ¿Va a venir?
- No, no puedo verle más.

La brisa comienza a soplar y mueve mi pelo, que el color negro parece pintar. El sol está en lo más alto y la temperatura agradable hace de la mañana un lujo de la vida. Observo las pequeñas flores crecidas en un duro invierno, que al abrigo de unas caprichosas rocas han sobrevivido y se desperezan con cierta lentitud, como no creyéndose que el calor de la mañana va con ellas. Algunas todavía tiemblan con el rocío que aún resbala por la roca, temerosas de que se les venga encima... Y una gota cae sobre una flor... Y parece que la flor se siente bien... No es tan malo, al fin y al cabo... Incluso puede que calme su sed y sus miedos... Y no pasa nada... Y la flor se levanta más fuerte...

- ¿Y si fuera flor, en lugar de roca?
- ¿Cómo dices?
- Nada cosas mías, no sé dónde quedarme...

Sonreímos. Estoy encontrando en mi hermana mi cómplice, una amiga que no tenía cerca desde que comencé a distanciarme de David... Él se había convertido en una necesidad, mucho más allá que la alegría generada cada vez que sonaba el teléfono o abría sus mensajes... Algo que me confundía interiormente...

- Te va a costar olvidarle…
- Creo que ni se imagina. Trataré de ocultarlo...
- Si estuviera aquí, no podrías...
- No te preocupes, veo claro nuestro futuro... quiero decir la ausencia de él, eso es todo...Esta mañana observando el mar…Creo que lo he entendido... He visto la luz que lo envuelve todo, y no sé, he pensado… Y me parece que incluso más de la cuenta…
- Eso no es malo… ¿Y a dónde has llegado?
- Bueno, pues la verdad, es que a veces me veo como un iceberg, roca y agua a la vez, a veces como volcán, roca y lava al mismo tiempo, a veces fría y gélida, a veces cálida y abrasadora... No sé, me da miedo por momentos... Desearía que el agua pudiera quedar atrapada dentro de mí, y que no rezumase a través de mis poros, siempre en mi interior... Sin embargo, también siento el temor de que permanezca, y que con el frío, congelados, saltemos los dos en pedazos... Como volcán, me da miedo que la lluvia pueda entrar y que el agua se evapore y desaparezca para siempre, dejándome fría y aletargada...
- Eres mujer de muchas puertas interiores, Julia... Me da la impresión que alguna de ellas se ha quedado medio abierta...
- Puede ser... Pero la verdad no sé que es mejor, porque cuando la abro de par en par, le invito a pasar, y cuando está a punto de hacerlo, soy capaz de dejarle a dormir en la mismísima calle... Te lo aseguro...
- ¿Le has dicho estas cosas a él?
- No hace falta... Además, no voy a verle más.
- Estás muy segura de ti misma...
- Sí, nunca lo he estado tanto... Bueno, siempre lo he intentado...
- Sí, y siempre has querido seguir a Dios, y siempre has querido dar testimonio, y siempre has querido trabajar en Madrid... Demasiadas promesas, muchas asignaturas para sólo una vida...
- No me gusta que me riñas, Isabel...
- Lo sé, pero es la verdad, no hay nada malo en que lo oigas...
- Pero es que no estoy de acuerdo: nadie es perfecto, pero me tengo que poner unas metas, aunque sean inalcanzables... Allí voy, y si no llego nunca. ¿A quién le importa?
- Si a nadie le importa, ¿Por qué hablas tanto de ellas? Creo que ya eres mayor para estas cosas...

Hacemos una pausa, un instante eterno.

- Me dices que estás segura de ti misma...
- Sí, eso creo…
- ¿Y de él?
- De él, ¿Qué?
- ¿Qué si estas segura?
- No te entiendo...
- Bueno, pues que sois dos. Tú no vas a dar el paso... Pero... ¿Y si lo da él?
- Sólo soy un capricho temporal para David. No hará nada. Hay demasiado en juego... Me olvidará. Seguro.
- ¿Seguro? A mí me costaría trabajo...
- Y a mí...

Hablamos mucho, y ya va siendo hora de trabajar en los preparativos. Bajo a la bodega. Escojo un vino joven para ir haciendo paladar. Subo a la cocina. Preparo dos vasos bajos, de amplia base. Corto unas rodajas de chorizo y otras tantas de salchichón, y añado rebanadas desiguales de pan, de pan de leña recién hecho, del que nos dejan todas las mañanas en la puerta de casa. Me doy cuenta de que, otra vez, estoy trabajando en algo mientras mi cabeza vuela lejos de aquí, con las manos ocupándome en una tarea a la que no la presto el más mínimo interés. Me asomo a la ventana para tomar algo de aire, viendo a Isabel sentada, observando el paisaje. Vuelvo adentro.

Comienzo a seleccionar los ingredientes, que voy poniendo en una bandeja de madera oscura, cuidadosamente, como si se tratase de tesoros... Alcanzo de la repisa el frasco de cristal grueso viejo, de base cuadrada y con tapón de corcho, donde conservo el arroz que me traen de un pueblo cercano; lo cultivan en el seno de una vega montañosa, muy húmeda, que proporciona al grano dureza y cuerpo, muy distinto incluso al tacto, algo especial comparado con cualquier otro arroz... Hacer paella con este grano es arriesgado, necesita más agua, más atención a los fuegos... La clásica medida de doble de agua que de arroz para que el grano esté en su punto, así como todas las referencias de la propia paella, son inútiles... Es un riesgo adicional a la dificultad del plato... Me fijo en él. Tomo un puñado y lo dejo caer... Me gusta acariciarlo... Cojo ahora una cantidad mayor, esta vez haciendo con las dos manos una especie de cuenco... Una y otra vez dejo caer los granos, deslizándose entre mis dedos; basta con que presione ligeramente para que él se quede allí, para que no salga de mi vida. Sin embargo le dejo irse. Y le vuelvo a retener, y así una y otra vez... Saco de la alacena una caja de madera, dónde guardo las especias que hacen que el arroz recobre vida... Es mi despensa de polvos mágicos, los que obran el milagro... Mientras tanto Isabel ya está arriba, ofreciéndose para echarme una mano

- Podemos ir pensando en bajarlo todo... Mira tenemos la bandeja grande, el vino, los platos, cubiertos, copas... Elige tu misma.
- Esto lo podemos colocar por aquí... Venga, bandeja y vino...
- ¿Puedes tú con lo demás?
- Creo que sí.

Comenzamos a bajar poco a poco. Isabel hace una pausa en su camino, apoyando la bandeja y la botella de vino en un arca, una de las piezas que no pasan desapercibidas en el amplio descansillo. La luz entra con fuerza a través de una claraboya situada sobre el eje de la escalera, lo que confiere al lugar, normalmente sólo destinado al paso de personas, un agradable ambiente para una conversación efímera.

- Julia, lamento de verdad algunas de las cosas que te he dicho
- Isabel, por favor, me estás ayudando muchísimo…
- Es que a veces pienso que mis principios están algo pasados de moda…

Isabel no es consciente de lo que está haciendo por mí. Creo que ni siquiera lo sospecha. No sabe que sus principios son los míos, con la única diferencia de que yo no los sigo… Nos han enseñado desde pequeñas que la fe es primero, y que la razón viene después. Que Dios está por delante de la lógica, que a través de la razón jamás llegaríamos a la fe.... Siempre por ese orden, pero siempre juntos... Pero Isabel siempre ha ido un paso más allá. Está convencida de que la relación entre estos principios marca el amor… Cree que sólo puede haber auténtico amor cuando la relación, las personas, están sólidamente ancladas en la fe y en la razón... Si el amor cuenta con esos cimientos, no hay fisuras… Y sé que en el fondo pienso como ella. Quiero a David muchísimo, pero que hay algo que falla, que no me deja entregarme… Y que no me permite que le deje entregarse a él... Y quizás no sabía lo que era, pero si lo analizo, creo que ni la fe ni la razón participan en esta relación. Es más, pasamos por encima de las dos como elefantes por cacharrería…

- …No sé si acierto, pero juzgo con estas varas de medir, observo mi propia experiencia, y para qué te cuento… En todo caso, los principios no son estáticos, ni universales…
- David ha aparecido cuando más falta me hacía; creo que me ayudó a salir de un mal momento, y pasó lo que tenía que pasar... Seguramente era el fin de fiesta... Pero ya no estoy segura de que pudiera entregar mi vida en esta situación: día tras día, noche tras noche, creo que me preguntaría si no se habría cansado ya de mí...
- Creo que la palabra fidelidad tiene mucho que ver con la fe… ¿Sabes que las dos tienen la misma raíz latina? ...
- Quizá sea una pista...
- Bueno, Julia, en realidad creo que se ha de ser coherente con los compromisos de cada uno, intentar que él sea coherente con los suyos, que es en lo que creo que estás…
- ¿Y si no lo consigo?
- Suele ocurrir, a menudo, la verdad. Y quizás es por no profundizar demasiado en lo que realmente se quiere de la vida. Es duro reconocerlo, y muy pocos te lo confesarán, pero es más sencillo de lo que cuesta decirlo.
- Isabel, he tenido buenas amistades entre hombres ya maduros, casi ya de vuelta, y si me cuentan todo lo que me cuentan, quizás sea porque en su vida no se dan las circunstancias para que esa comunicación se produzca. Yo les escucho, feliz, siendo su capricho, su paño de lágrimas, aunque sepa que después, nada… Los papeles, a veces, y los compromisos, casi siempre, tiran más que el amor real y sincero. A veces creo que no entiendo nada.Te aseguro que compraré sólo lo que realmente quiera. No creo que vaya a las rebajas de otoño... Ni siquiera entrando ya en la madurez...

© Copyright 2007 John Keating

miércoles, 19 de diciembre de 2007

6.- Roca y Agua

Estoy hundida. Y sola. Puedo hablar de esto con muy pocas personas: creo que Isabel, y para de contar. Acabo de dejar abandonado a su suerte a mi cómplice de quiebros a la vida… No sé dónde esconderme. No estoy preparada para esto. Mi corazón late veloz. Toda la montaña rusa, todo el castillo de arena, está a punto de venirse abajo, de desmoronarse irremisiblemente... Siempre he creído que la depresión no me afectaba. Todo lo contrario. Presumo de crecerme ante situaciones que podrían haber destrozado a otros... Cualquier resquicio es aprovechado para dar un sentido positivo a la lucha en la que me encuentro. Pero esto me empieza a superar...

Llego a la cala a media mañana, con el sol a punto de alcanzar su cenit, enviando un grito mudo de luz. Las olas ya devoran las rocas, y aprovechando la lucidez del día, encierran parte del sol en su interior creando una amalgama de colores vivos, sonidos repetidos pero alegres y olores frescos a sal. Las rocas, que durante la noche que estuve allí con David estaban ocultas por el agua, quedan ahora, con la marea baja, al descubierto, mostrando toda su desnudez. Me recuerdan a él... Y a mí. La base del iceberg al fin sale a la luz, y todo lo escondido, a flote... Todas las imperfecciones, y las contradicciones, y los puntos más débiles, son ahora evidentes, ante la realidad del día, ante la sinceridad de la luz, ante la carencia de silencios... Me encuentro perdida, pero lo peor de todo es que no sé por dónde empezar a buscarme... Me siento en una cómoda silla de mimbre delante del mar, y pido un vaso de vino. No bebiendo muy a menudo, ni en grandes cantidades, el vino me hace bien. Me ayuda a poner las ideas a trabajar, me proporciona esa chispa de lucidez, necesaria para organizar mi, casi siempre, confuso pensamiento.

Así comienzo a pensar. Así empiezo a trazar unas líneas. No sé que es primero, porque la mano decide trasladar el carboncillo de izquierda a derecha y de arriba abajo, prácticamente sin control, dibujando imágenes ordenadas y con tal sentido, que, a veces, hasta me asusta. Siempre me llamó la atención lo fácil y lo difícil que es conseguir la inspiración: dentro de ella, te da la sensación de que has estado siempre buceando en su interior, que es natural, que está en tu alma y que no tienes más que chasquear los dedos suavemente para que aparezca; sin embargo, cuando estás fuera, es como vivir en un laberinto del que quieres salir, pero que no sabes cómo, y que te desespera, porque nunca recuerdas la salida, y siempre te tropiezas con las mismas paredes. La pintura me hace pensar… Me gustaría empezar a dedicar el tiempo a controlar mi vida, a decidir cómo y con quién quiero estar, dónde vivir, dónde pasear, con quién jugar a las cartas, y con quién comer, a quién conocer, a quién borrar, qué página pasar, qué libro releer... La vida me hace esclava de la vida: hay sentencias no dictadas por jueces y bendiciones no santificadas por Jesús... Dentro de mis dibujos, en cambio, el tiempo no existe, nada es imposible, todo puede ser... ¿Cómo he podido estar tan ciega? ... Dibujar para pensar, pintar para ser...

Él ya no está conmigo. Es más que vacío. Es otro bache en mi vida, y lo sé. Soy consciente de la encrucijada en la que me encuentro. Sé que tengo que hacer algo, y no puedo equivocarme... Reflexiono sobre la imperfección de mi vida, sobre la relatividad de mis triunfos o la artificialidad de mi fulgurante carrera... Una corta pero intensa vida profesional, que ahora, desde el agujero, percibo como la nada, como una absurda pérdida de tiempo, una esclavitud moderna, una vida de color gris. El trabajo no es nada, la vida no es nada... La imagen de una mujer negándose a sí misma es desgarradora, observándome a mucha distancia desde mi interior... Todo lo conseguido hasta ahora entra en una gran interrogación. Soy conocedora de que esta tensión no la voy a soportar mucho tiempo... Pero no puedo precipitarme... Voy por buen camino... Comienzo a llegar dónde quería... He aprendido de otros que una vez en el fondo, las cosas sólo pueden mejorar.

Nunca he creído que esas historias de depresiones, altibajos morales y derrotas mentales, pudieran llegar a ser compañeras de viaje. Nunca conmigo. Las he tratado de esquivar toda la vida, a veces me dicen que con insultante vitalidad, aunque creo que quizás no es más que otra frágil careta de defensa. Trato de discernir entre hechos y sentimientos, separar la lógica del corazón, una vez más, aislar realidades de sensaciones... Hago una pausa en mi agitado pensamiento para revisar lo dibujado hasta ahora.

Y observo en el papel, y en la realidad, la fractura de la ola contra el acantilado... Y entonces lo entiendo… Yo, más fuerte, resistente, estática e inmóvil en mis principios; fría, pero ardiente una vez en mi interior. David, variable, voluble, aparentemente estable pero con grandes contradicciones y corrientes ocultas, con inagotables energías y deseos de alcanzar y tocar la roca, pero sólo rozándome, sin entrar realmente dentro de mí. Rompiendo con fuerza, una vez tras otra, llamada tras llamada, mensaje tras mensaje, intenta hacerme sentir algo, pero en realidad ni siquiera me inmuta. Trata de darme la vuelta, penetrando por alguna fisura caprichosa escondida: misión imposible ante semejante fortaleza inexpugnable… Tan sólo consigue erosionar pequeños e insignificantes granos de piedra que, uno tras otro, van depositándose en la pequeña playa, manteniéndose inaccesibles, salvo cuando la ola que ya pierde su fuerza, se filtra por la arena, y ahí nos encontramos, aunque fugazmente. Cuanto más me hiere, más me endurece y menos botín obtiene en los sucesivos envites… Y parece que escucho las palabras de David… ¿No oyes cómo llora el agua al chocar contra la roca? ¿Es que no ves que lloró, no ya por no poder tocarte, sino por no rozarte siquiera? ¿No sientes como tiemblo al abrazarte?

Comienzo a pensar en voz alta, otra vez. Es un estado pasajero, pero muy doloroso. Respiro con cierto alivio. Y sin embargo no soy justa del todo. Durante los últimos meses, David ha sido un ejemplo de un amigo batiéndose el cobre por sacarme fuera del hoyo donde me encontraba, casi hundida. Ha conseguido que crea en mí misma, que me demuestre y me crea que soy una mujer especial, que puedo salir airosa incluso de las situaciones más desfavorables... Me ha dado algo más que una ayuda. Se ha entregado él mismo y yo he surgido radiante y triunfal. Pero ha puesto demasiadas energías en el empeño. Y ahora es él el que está hundido. Creo que me ha llamado para levantar una voz, darme una señal de alarma, pero yo no he respondido. Nunca se ha encontrado en semejante situación. Solo. Y por estar solo quizás ha buscado en su interior y puede que haya encontrado lo que nunca antes había tenido que perseguir. Quizás se ha encontrado a sí mismo. Tal y como realmente es...

Estoy convencida de que David siente una gran satisfacción por el trabajo realizado. Nos habíamos conocido hacía ya muchos años. Un encuentro casual, pero que no pasó desapercibido para ninguno de los dos. Algo especial. Luego los amores de juventud parecían encajados al tresbolillo en nuestras vidas, salíamos y entrábamos de relaciones, la mayoría con amigos y amigas comunes, pero nunca coincidíamos los dos libres... La llama la habíamos visto, y sentido, desde el momento en que hablamos por primera vez. No lo identificamos como flechazo pasajero ni como caprichoso romance, pero más tarde ambos reconoceríamos que la atracción fue mutua. Los últimos años de su noviazgo, pero sobre todo, la boda, nos distanciaron. Pasado un tiempo, quedamos a comer, y luego un atardecer, era otoño... Recuerdo el paseo, juntos, por un pequeño puerto dónde una botella de clarete había hecho de las suyas, dónde por primera vez sentí una fuerza invisible, atrayéndome hacia él, que casi me asustó... David no paraba de hablar, quería contarlo todo en una intensa sobremesa, temía que me pudiese marchar sin algo de él, muchos años perdidos para recuperar en una noche tan sólo... Ya de vuelta, anocheciendo, pasamos por la casa de San Vicente, pero no entramos, sólo yo un momento para asegurarme de que todo estaba bien cerrado... David me esperó en el coche, creo que dudaba ya…

Unas semanas más tarde nos encontramos en la playa, en mi playa... David había quedado en darme información, y ayudarme con un caso en el que llevaba atascada un par de meses, y allí acudió con un montón de folios y libros. Yo le preguntaba con malicia la motivación de todas aquellas ayudas... No sabiendo ser sincero, se justificó por su extrovertido y desprendido carácter... Nos caíamos bien. Nos felicitábamos las fiestas y los cumpleaños, pero eso era todo.

Cuando perdí a mi madre, se acercó... Creo que tenía la virtud de aparecer en los momentos más débiles y difíciles. No quiso hablar. Ni siquiera se aproximó a darme el pésame. Simplemente estuvo allí. Y días más tarde fui yo quien le llamé. Para justificarme, una excusa infantil... Volvimos a charlar sobre mi madre, sorprendiendo mi tristeza con unas inesperadas palabras de alivio, que abrieron mi corazón:

- Mira Julia, todo lo que nace, muere. Es la naturaleza de nuestra existencia. Pero sin piensas lo difícil, lo casi estadísticamente imposible que es nacer, y lo evidente que es morir, todo tiene más sentido. Mucho más. La oportunidad que ha tenido tu madre de hacer cosas buenas por los demás, por tu familia, por sus amigos, por ti, debe compensar tu dolor. Además, es pasajero... Y tú todavía estás aquí. Aprovecha tu tiempo... No creo que tu madre te quisiera ver triste… En el fondo se queda dentro de ti, no se va, y debes mantenerla viva, sin tristeza, como a ella le gustaría verte.

Los dos sabíamos lo que empezábamos. A partir de ese momento se sucedieron los mensajes, las ayudas, los consejos,... A ratos pensaba que estaba yendo demasiado lejos. Dudaba, pero era feliz al mismo tiempo. Sufría, pero era la amistad, el amor, más importante de mi vida, aunque realmente nunca supe identificar la frontera entre una y otro. Al final de cualquier momento de duda, brotaba, como agua de manantial, su fuerza, y respiraba feliz. El balance era que, una mujer, abocada a un mal momento, destrozada tan sólo unos meses atrás y buscando refugio en el único cobijo que le quedaba, una fe confeccionada a la medida, salía hacía delante, despegaba.

De vuelta a casa, sigo algo triste. La lógica, mi lógica, ha vuelto a triunfar, muy a mi pesar. Estoy harta de tanta derrota del corazón, que hasta ahora no me ha llevado realmente a ningún sitio, aunque estoy convencida de que es el camino. Pero ¿hacia dónde? ... Reflexiono. Sola. Ya estoy acostumbrada. Siento las sacudidas fuertes de la corriente hiriendo mi corazón a fondo, y cuando David – pobre diablo – pensaba que ni me rozaba siquiera... Y yo quería más agua... Tengo mucha sed de él... Le amo con todo mi corazón, pero no puedo decírselo... He olvidado mis tragedias, mis disputas y mis planes de trabajo, mis cursos y mis idiomas, mis novios y mis amigas... Es él... Sólo él llena mi vida y le da sentido. Él me ha hecho surgir del fondo para volver a ser lo fuerte y sólida que era. Incluso algo más segura, más madura, lejos del valle de las excusas... También más sólida. He recobrado mi confianza y mi energía... Y todos mis amigos y amigas lo han percibido. Y mi familia se ha dado cuenta. Pero es nuestro secreto. Un secreto a voces dentro de nuestros corazones, que ambos guardamos como los días más felices de nuestras vidas. Me sorprende que ni siquiera mis mejores amigas, las de toda la vida, sepan nada. Incluso he inventado excusas para justificar mis citas con David, casi travesuras de quinceañera para tratar de esconder un amor imposible de mujer madura.

© Copyright 2007 John Keating

5.- Agua sin Agua

Me quedo pensativa, apoyada en la puerta, analizando la mañana en la que me he sumergido. Desde luego, no es un mañana más. Me pregunto cómo puedo terminar con David... Pienso en él una y otra vez. La conversación con Isabel me ha traído demasiados recuerdos de días inolvidables... Sin embargo creo que ahora lo veo más claro. Agacho la cabeza y apoyo la frente sobre mis brazos que descansan en el portón, con los ojos cerrados. Me creo fuerte, sí, pero esto ha sido demasiado... Sonrío. Estoy hablando sola otra vez...

Cierro la puerta y subo los primeros peldaños de la escalera de un salto, con cierta agilidad robada al gimnasio en la tarde de los martes y los jueves. Enciendo el viejo calentador de agua y me subo algo las mangas de la bata para aclarar las tazas de café y el cazo. El fregadero está debajo de la ventana; pasar un rato allí, disfrutando del paisaje, aunque haya algo que lavar, es un descanso para mi agitada cabeza. La presencia de las montañas me invita a desarrollar la imaginación... Una excursión con él, nada especial, sólo verle, y charlar, y una mañana de senderismo por la Sierra de Trenzas, y luego un buen bocadillo, y luego un poco de vino de la bota, y luego hablar hasta el amanecer... Daría lo que fuera porque mi sueño se hiciese realidad...
Con cierta melancolía me seco las manos y me dirijo al dormitorio. En el fondo sé que no puedo darle ni una sola oportunidad, sé que se trata sólo de una fantasía alimentada por la necesidad egoísta de tener a alguien a mi lado, aunque fuera pasando por encima de otros... Si bajo de la nube, realmente veo claro que la situación no tiene ningún sentido, pero el sentimiento va y viene, demostrándome que no sólo con la razón voy a vencer el deseo de verle... Mi obsesión por él es de tal intensidad que arrasa a la lógica, derrota al análisis más básico y superficial que se puede hacer de una situación tan malditamente complicada.

Descuelgo una camisa blanca con bordados en los costados, con la que me siento muy cómoda; saco también del armario unos pantalones vaqueros que adoro - ya casi blancos del uso - y por último las zapatillas de deportes. Con el albornoz rosa colgando del brazo me acerco al equipo de música, y lo enciendo, a volumen suficientemente alto como para oír la música debajo del agua. Cuando llego al baño me detengo en seco... Hace tiempo que no escuchaba esta cinta. Me la regaló una noche frente al mar. Frente a estas costas que nos llenaban de vida. Frente a nosotros mismos. Frente a frente. Fueron tardes frías de cafés y de poleos-menta, pero sobre todo de reconciliación, después de algunas conversaciones agitadas, de cenas confusas, de posiciones aturdidas. Días de contratos no firmados y de máscaras no arrancadas. Días de frío y calor. Finalmente nos encontramos. Hablamos. Leímos. Nos aconsejamos… Todo pasó en muy poco tiempo.

La música ya está sonando. Son tan sólo un puñado de canciones, pero todas recogen sensaciones vividas, próximas, o quizás sólo era eso lo que queríamos pensar... Para mí es una cinta mágica. Me transporta al faro, al castillo, a la playa, al restaurante donde casi a hurtadillas nos encontrábamos, al coche, al teléfono, a la fría pensión desde dónde le hablé de amor mientras ya me picaba todo el cuerpo sólo de pensar en el tugurio dónde iba a pasar la noche. Apago el equipo y me acerco al teléfono. Estoy a punto de marcar su número, pero una vez más mi coherencia interna triunfa. Lo dejo. Ya me alejo, medio triste, medio serena, medio persona, medio partida, cuando éste suena... Me detengo un instante. Rezo por volver a oírlo. Y vuelve a sonar. Me acerco y descuelgo...

- ¿Sí, dígame?
- ¿Cómo estás, Julia?
- Muy bien, estoy muy bien, David. Cada vez mejor...
- ¿Qué vas a hacer hoy?
- Nada en especial, creo.
- ¿Seguro que estás bien? Te noto la voz algo tomada, como triste...
- Estoy relajada, un día de vacaciones, eso es todo. He tenido una larga conversación con mi hermana...
- Espero que todo vaya bien... ¿Qué plan tienes?
- Te decía que nada en particular, pensaba comer en casa...
- Tenemos que hablar… Tengo muchas ganas de verte...
- David, trata de no ponerme las cosas más difíciles, por favor. Creo que se está empezando a jugar con los sentimientos de una manera injusta para uno de los dos. Te agradezco la llamada, pero trata de no hacer más daño, por favor...

David hace una pausa. Tan sólo unos instantes, pero suficientes como para comunicarme su desasosiego tras el mensaje que le he enviado.

- Eres bastante dura, Julia... Creo que no eres justa, que no valoras objetivamente quién ha salido fortalecido realmente de nuestra amistad…
- Esto no es para hablarlo por teléfono, David.
- Eso es lo que te decía, Julia, quería verte…creo que voy a dejar a Marta...

La pausa es ahora mía.

- Ya... crees... Me parece sólo una tontería más, David…
- Por favor, déjame ir y lo hablamos…
- No lo sé… Bueno, quizás… Isabel estará aquí….No sé… De acuerdo, vente a comer y lo hablamos más despacio. Iba a hacer una paella. Dentro de una hora empezaré a preparar el fuego. Mucho ojo con la carretera... ¿Te acuerdas del camino?
- La verdad, no muy bien, sólo he pasado una vez por allí, y era de noche…
- Vaya memoria… Mira, antes de entrar en el pueblo, verás un roble bastante grande; justo allí, a mano izquierda comienza el camino de tierra que lleva hasta la casa, a unos trescientos metros... No tiene pérdida.
- Dentro de una hora estoy por allí. Cuídate.

Cierro los ojos. Cada vez que termina una conversación, cada vez que me escribe, siempre, al final, David añade esa palabra. Resuena como una bendición en mi interior… Cuídate... Me pregunto a menudo por qué pone tanto interés, pero la verdad es que me vuelve loca que a alguien pueda preocuparle tanto mi vida... Sin embargo estoy algo agitada. Voy a volver a verle después de una temporada de aislamiento, que me ha parecido una eternidad... Le echo de menos... Llega la prueba definitiva. Hasta ahora era él el que tenía que tomar la iniciativa, como en una partida de ajedrez; y me da la impresión de que ha hecho jaque a la reina... Y yo tengo dos opciones, o comérmelo, o huir… Seguir huyendo o ceder. La duda es compañera habitual, pero esto no es una alternativa u otra, es mi vida la que está en juego…

Pienso en él, mientras el agua caliente ya recorre mi cuerpo y la espuma de jabón, que instantes antes había cubierto mi piel, escapa ahora por el desagüe de la bañera, lentamente, burbuja tras burbuja, sin prisas… Me siento a gusto debajo del agua. Es como estar con él, imposible de atrapar pero una odisea su ausencia; refrescante, pero temporal; alegre, pero que se debe compartir... El tiempo parece no correr; los pensamientos en cambio - recordando aquella noche, aquel amanecer, aquel sueño - a toda velocidad... Me pregunto, disfrutando del agua, ahora más templada, por qué no habíamos llegado hasta el final, en un claro reproche hacia algo que no tenía ya solución... No era todo sueño, la verdad, había una mezcla de fantasía y ojos cerrados, pero no dormía… David me cogía de las muñecas, encima mía, yo me retorcía y trataba de morderle, pero sin llegar a tocarle... Quería alcanzar sus labios, pero no llegaba... Él aguantó hasta que yo estaba casi exhausta y entonces empezó a recorrerme el cuerpo con la mirada, con la mía clavada en sus ojos, llamándole a gritos, deseando atraer sus labios...Éstos me pasaban rozando por la comisura de la boca de vez en cuando, sin dejarme cogerlos del todo... Bombardeó mi cuello con un par de besos de olor profundo que me hicieron cerrar los ojos… Pensó que me sobraba toda la ropa, así que me desabrochó los tirantes del vestido… Quedaban mis hombros al descubierto, y la blusa desabrochada y despejada un par de botones... Me apartó el pelo de la cara, dejando mi cuello y los hombros a la vista… Creo que me observaba como si fuera una diosa, y yo estirándome y tratando de que me soltara para que yo pudiera descubrir también algo de él...En ese momento aflojó su presión, mis manos no sabían qué hacer, no estaban acostumbradas a la libertad, así que lentamente empezaron a desabrocharle la camisa, botón a botón, mientras él acariciaba mis hombros, mi cuello, marcando con su dedo índice el perfil de mi cuerpo, bajaba por mis brazos y subía otra vez al cuello, yo retaba la legalidad con movimientos para que se desviase, para que condujese en dirección contraria, ebrio de mí… Pero algo pasó. Todavía pienso en ese instante, los dos nos quedamos paralizados, fríos, la temperatura ambiente recuperó su nivel original, y nos incorporamos en el sofá, con algunas caricias y abrazos, robándonos algún beso, pero dejándolo ahí…Amanecía ya, quizás fueron los primeros rayos de luz del día los que, en lugar de calentar, aportaron frio a la escena y nos presentaron con toda claridad nuestra realidad… Fue la última vez que salimos juntos, y creo que no nos hemos recuperado todavía de aquello…

Me enfrento como cada día a la prueba de encontrarme con el espejo. Está aún cubierto de vaho, el rocío del alma, como mi madre lo llamaba. Una vez, todavía siendo niña, pregunté el por qué de aquella metáfora, contándome mi madre una historia, que afirmaba cierta, sobre una bella mujer abandonada por su prometido pocas fechas antes de su boda... La narraba una y otra vez, con voz grave y algo triste, mientras yo la escuchaba con los ojos ilusionados y brillantes como estrellas fugaces, apoyando suavemente mis dientes en el labio inferior, las manos abrazando el delgado brazo de mi madre, la cabeza apoyada en su hombro... Decía que, la mujer, destrozada por el amor que sentía por él, se encerró en su habitación y comenzó a llorar, y que lloró toda la noche… Y que a la mañana siguiente, la mujer no contestaba a la llamada de abrir... Forzaron la puerta para entrar, pero no la encontraron... Sólo había vaho en el espejo de la cómoda…

Una vez he terminado de secarme las últimas gotas de agua, me organizo el pelo con una cinta blanca que una vez apoyada en la frente, paso rápidamente por detrás, descubriendo a la luz mi afilada fisonomía. No sé si es el foco o la luz que se cuela por el ventanal de pavés que ilumina el baño, pero me veo radiante por fuera, y agitadísima por dentro. Creo que tengo ciertos encantos, que bien dosificados, puede que sea lo que guste a hombres y a mujeres. Me veo atractiva y esta sensación me hace sentir bien. Son ya treinta años, como tantos soles, y como lunas también... Es sólo la primera renovación del carné de conducir, Julia, vamos, adelante, que eres una niña...

Suelo comenzar a maquillarme con una ligera capa de base, para luego completar con muy poco colorete, lo justo para dar la sensación de no ir muy retocada…Una pincelada de sombra… Trazo la raya, como lo hago desde hace años, con un estilo que remarca y alarga la forma de mis ojos, prácticamente con sólo pasar el lápiz por el surco. Me peino con la ayuda del secador y escojo el frasco de agua de colonia que me puse la última vez que le vi... Cada paso es rápido y decidido, un proceso armonizado y perfeccionado con el paso del tiempo... Creo que pocas obras de la vida se meditan tanto, se analizan más, que el de restaurar el paso de los años sobre la piel de una mujer... Me da la impresión de que pocas labores se desempeñan con semejante destreza. Es como pintar cada mañana un cuadro, que alguien podría pensar que es siempre el mismo, pero que no es así: cada día es un brillo distinto, una pequeña arruga que asoma y que hay que combatir, una luz, una cana, una sombra que no encontramos, un estado de ánimo que varía con los días, con las estaciones, con yo qué sé… Son miles de cuadros al final de nuestra vida, y cada uno más esforzado que el anterior, casi una condena, porque una vez alcanzado un punto de exigencia, un reconocimiento de verte bien, ese nivel te obliga a mejorar ese mínimo en tu siguiente reto al espejo, y no puedes bajar de ahí…

Termino ya de arreglarme, y le sigo dando vueltas a la situación. Reflexiono, otra vez, sobre lo que va a ocurrir. No estoy segura de que pueda dejarle venir. David debe elegir su propio camino, definitivamente, antes de que yo pueda darle esperanzas, antes de forzarle a tomar una decisión. Pero el deseo por verle es muy fuerte... Dudas como pecados, decisiones con penitencia: voy a por el teléfono y marco con cierta ansiedad, sabiendo que mi voz sonará distinta ahora. Cuando me lavo la cabeza y permanezco mucho tiempo debajo del agua caliente, el tono de mi voz se hace algo más nasal, como si estuviera acatarrada. En realidad es sólo un efecto temporal del vapor de agua, pero creo que me gusta remarcarlo, o al menos no ocultarlo. Quizás, una vez más, el dar una oportunidad para que alguien se preocupe por mí me fascina, un punto más de mi egocentrismo, para saltar otra vez, rápidamente al paso con el ya clásico: “estoy bien, muy bien”...

- ¿David?
- ¿Julia? Sí, dime...
- Mira... No puedes venir. Lo he pensado mejor, no puedo verte. No debo. Entiéndelo, es una cuestión de coherencia.
- No te comprendo...
- No sé si necesito que lo hagas; quizás ya no importa...
- Creía que habías dicho que teníamos que sentarnos uno frente a otro, no por teléfono. Por mi parte, yo sólo quería hablar, compartir contigo mi punto de vista y las consecuencias de mi decisión, sólo pasar una tarde contigo. Necesito hablar con mi amiga Julia.
- Mira David. No lo pienses más. Somos adultos ya y tú eres inteligente... Sabes que no puede ser. Tienes a alguien más a tu lado, alguien a quien tienes que dar no una, sino mil oportunidades. Por favor, no me lo pongas más difícil de lo que es. Soluciona primero tus luchas internas, tus conflictos, y trata de salvar todo lo que has creado y en lo que has creído hasta ahora... No puedes tirar una vida, mejor dicho varias vidas, por la ventana. Antes o después te llegaría el día en el que bajases a la realidad, y te aseguro que no me gustaría estar a tu lado en ese momento...

David no dice ni una palabra. Es como si no estuviera al otro lado.

- ¿David?... Creo que me daré una vuelta por la playa, necesito aire fresco…

Hay otro largo silencio... Creo que ambos pensamos en mis últimas palabras... Y ambos sabemos que tengo razón. Y ambos queremos pensar que estoy equivocada. La lógica y la fe parece que triunfan sobre el corazón, una vez más...

- Me parece bien, quizás necesites pensar... Tú verás.
- Él decide seguir soñando, ella decide no soñar nunca más... Esta película no es nueva, y no aporta nada a nadie.
- Hasta luego, termina David - que me cuelga bruscamente.

© Copyright 2007 John Keating

lunes, 17 de diciembre de 2007

4.- Enseñando las cartas

Estoy a mis anchas. Con las dos manos sujetando la taza de café, ya casi templado, las muñecas tocándose y los codos apoyados en la mesa, echando el cuerpo hacia delante y hacia atrás alternativamente. Disfruto de la tertulia y gozo al compartir, aunque sólo sea un café, con mi familia o mis amigos. El hecho que todos participemos en la preparación, que comamos lo mismo, es una fiesta en sí y un sentimiento de relacionarnos, de ir hacia un estado superior, hacia compartir algo más, un paso previo a una estrecha amistad... Es como leer el mismo libro, o escuchar la misma música... Me horrorizan, sin embargo, algunas de las comidas de trabajo donde ni disfruto ni obtengo resultados a largo plazo, a las que tengo que esforzarme por asistir; imagino que van dentro del sueldo; no suele haber nada en ellas de lo que estoy encontrando en esta taza de café.

- ¿Me vas a contar lo que dice ese papel que te has guardado?
- Por ahora, creo que no…
- ¿Por qué no la lees?
- Me pides un imposible… No podría.

Recuerdo, cuando recibí la carta, que la abría ya con pulso tembloroso. Sólo posar mis ojos sobre su letra provocaba mil sentimientos, ansiedad muda y desesperada, prisas y latidos. La primera vez que la leí, con los ojos brillantes al terminar, no llegué a comprenderla en su totalidad. Hoy ya la conozco de memoria, he debido leerla más de cien veces… “Queridísima Julia, esta carta es lo último que recibirás…” – comenzaba con una declaración incumplida – “…tus palabras no lo dicen, pero tu silencio se escucha. Lo lamento mucho, muchísimo. Ha sido sólo una ilusión que fue demasiado lejos en una noche de hadas, mágica e irrepetible, en los sótanos de nuestra imaginación, en unas madrugadas de abrazos de amistad, de deseo mudo, de manos que trataban de acariciar sin tocar, de verdades desnudas, de labios que no querían separarse, de cuellos con olor a sal y a estrellas. He tratado de transmitirte serenidad y tranquilidad, viviendo el momento, intentando que no nos preocupe ni el ayer ni el mañana, contemplar ese instante como lo único que cuenta...Pero no consigo convencerte…Creo que eso era lo que me llamaba la atención de ti, y que no he sido capaz de entender hasta hoy: he entrado en una pequeña Iglesia de la calle Mayor, he tratado de escuchar, he tratado de meditar, y he terminado rezando por ti y dando gracias a Dios por haberte conocido... Un último mensaje: sigue buscando dentro... Yo he aprendido mucho... Pero esto se acabó: no más ayudas, no más llamadas, no más mensajes... El silencio es frío, desapacible e incomodo, pero sobreviviré... Hoy, de madrugada, comienza un gélido y duro invierno, y aunque yo no soy tan fuerte como tú, no pienso caer. Cuídate mucho… David”.

Quizá tuviera razón... Seguir buscando, si...Pero cuanto más busco, más dudo; cuanto más pienso, más insegura estoy de la fe en la que me han educado, y que durante muchos años he asumido como axioma de vida. A veces le necesito para hablar de mis progresos, pero al mismo tiempo me alegro de que él ya no esté aquí. Paso los dedos entre el todavía enredado cabello, con cierta brusquedad, tratando de desenmarañar algo más que mi pelo... Imagino que entra dentro de lo normal el que dude. Nada es blanco o negro. Todo depende, eso es obvio ¿Pero de qué? Ésa es la clave; ya he aprendido que todo es relativo, pero es precisamente eso lo que me atrae, lo que le da sentido a las cosas que hago o digo. Es en lo relativo dónde me siento a gusto. Isabel es una mujer muy cerebral, parece que lo ve todo claro, a veces me asusta; yo sólo contemplo grises e infinidad de tonos en mi paleta de colores. ¿Por qué no puedo dejarlo todo e irme con él? ¿Qué hay dentro de mí que me impide ser realmente libre?

- ¿Le contestaste?
- Escribí una nota, sí, pero no llegué a mandársela…

Muchas emociones juntas. Le decía que esperaba que no se enfadase conmigo, porque era cierto que iba y venía, que me alejaba acercándome, y que me distanciaba otra vez....Trataba de ser honesta, pero fallaba más que una escopeta de feria. Tenía muchas preguntas en mi cabeza, es verdad, pero todas lógicas, quizás demasiada racionalidad, buscando una respuesta que me permitiese mantenerme cerca de él…David y yo estábamos recorriendo el mismo camino, pero en momentos distintos. Quería decirle que me reconocía en sus palabras, en las situaciones ambiguas donde abríamos nuestro corazón, quizás en exceso, buscando esa chispa, esa química… Insistía en que su email seguiría siendo lo mejor de cada mañana, ese trocito de chocolate que te dejas para después de comer, que sabes que no te puede hacer mal, sino ayudarte a tocar el cielo, como ese trago de vino terminando una cena bajo las estrellas, y que no olvidas… Sus mensajes me levantan de la mesa, mi mente vuela a no sé dónde, imagino, viajo, no estoy... Y seguirá siendo así, aunque yo pise el freno de vez en cuando, sobre todo cuando sienta que sus manos empiezan a desobedecerle, que locas y sin control suben hacia mi cuello, sin orden ni educación, sin entender que una caricia puede producir más chispas que un cortocircuito, sin adivinar qué es lo que pone de verdad mi piel de gallina, sin intuir que lo que realmente excita mi imaginación son ese par de guiones de cine mudo que se esconden detrás de esos ojos casi negros, que me miran y me atraviesan, que me atraen a unos labios que quieres envolver para regalo. Y quizás todo sea que me asusto de mí misma, y que el freno sea un recordatorio de una amarga vacuna que un día clavé en su corazón, que no ha podido superar, que vive con él… Terminaba diciéndole que nadie dijo que iba a ser fácil, pero seguía pensando que quería su amistad, sus confidencias, sus problemas, que quería tenerle cerca, crecer juntos, y que si conseguíamos hacerlo sin sentirnos mal, o más aún, siendo capaces de que todos entendieran qué había entre nosotros si un día surgiera un mal entendido, habríamos tocado el cielo...

Las escaleras son de piedra antigua, con pasamanos de madera oscura. Desembocan en un antiguo patio de carruajes de empedrado blanco y gris que hace de zaguán y distribuidor. La escalera sigue bajando un tramo más, hacia una puerta pequeña que da paso a la bodega. A la derecha hay un carro de esos que se utilizaban cuando los bueyes eran los tractores del campo, de cuando cientos de manos de los lugareños hacían el trabajo de una sola de las cosechadoras de hoy. En las paredes de este espacio cuelgan cuadros casi irreconocibles, seguramente referidos a la cosecha, a la siembra, o al vino, así como otros restos de lo que parece había sido una activa casa de campo. He tenido muchas tentaciones de restaurarlos, de recuperarlos a la vida y a la luz, pero hay algo dentro de mí que no me permite alterarlos, que me invita a crear, no a modificar realidades ni personalidades. No los veo como un objeto estático, no son piezas, son vida misma, escenas en las que me sumerjo, pero que no puedo tocar.

Bajamos en silencio, tratando de pensar. La puerta de doble hoja, un viejo y gran portón de madera de nogal se abre con ruido a óxido, y es que el invierno pasa factura a los descuidos.

- Creo que sigues enamorada… ¿Y dices que lo has perdido para siempre?
- He perdido un amigo, sí. Creo que nos hemos conocido el uno al otro. Los dos lo sabíamos, y el poco tiempo en que esto ha ocurrido nos ha asustado. Descubrimos lo que había dentro del otro, pero sobre todo, dentro de cada uno, lo que pensábamos, lo que sentíamos y nuestras dudas. Todavía siento miedo sólo de pensarlo, pero no puedo olvidarle.
- ¿Se lo dijiste?
- Sí, pero no muy claro. Yo quería más, y pensé que podía hacer daño. Desde fuera, quizás se vea fácil el cortar con una situación así. He tenido otros amigos, y creo que incluso me he enamorado antes, pero nada parecido. Esta vez era especial. Este hombre buscaba que yo creciera, no que le quisiera. Jamás me pidió nada. Bueno, creo que una vez vino a por algo, y no le entendí hasta muy tarde. Salí a buscarle pero ya se había marchado... Creo que venía a firmar un acuerdo de amistad indefinida, sin límites, sin fantasmas, sin miedos. En fin, creo que he estado en mi sitio.
- El problema no es el ayer, sino el mañana: si viene por aquí, ¿abrirás o cerrarás? Se te ve atormentada... No creo que resistieras un envite, la verdad. Me da la impresión de que tus principios se han ido al traste por una temporada...
- Es posible… Hoy todavía no sé si lo he superado, ya me ves... Como te decía, ya me he enamorado antes, y en ambas, al terminar, lo pasé realmente mal por mí. Pero es que esta vez lo he pasado mal por él. Es un sentimiento inexplicable. Al no ser tú la víctima crees que será más fácil, pero es imposible curar algo que no te duele en tu propio ánimo, cuando sabes que has podido hacer daño. Simplemente no lo controlas. Puedes recuperarte de tu herida, pero duele más la suya. El que te abandonen no es nada comparado con el que tengas que tomar una decisión de este tipo: dejar ir al hombre con el que crees que podrías compartir el resto de tu vida…

- ¿Por qué crees que le has hecho daño a él?... ¿Estás de broma?...

Hago una pausa. Cojo aire y lo expulso. Isabel enciende otro cigarrillo, es el sexto esta mañana. Creo que sí le hice daño, nos hicimos daño…Tuve que cortar en seco. Hablamos mucho, le recuerdo como algo inolvidable. Era feliz, y me hacía sentir feliz. Dio ilusión a mi vida. Cada vez que le veía, era como una tormenta de verano, de risa, de ilusión y de felicidad, una tormenta mágica, mis lágrimas se volvían saladas de amor cada vez que se marchaba.

- ¿Has vuelto a hablar con él, verdad?
- Claro. Volvió a llamar...
- Es extraño, hablas como si todo hubiera terminado entre vosotros...

Voy y vengo, en todo, como en esta conversación. Sé de la imposibilidad de terminar con su amistad. A pesar de que he intentado aumentar las distancias entre nosotros, cada vez que hablamos parece que llevamos juntos muchos años. Mide muy bien sus movimientos y no me deja elección. Pero es que todavía le necesito. Pero es que no puedo decírselo... Pero es que le quiero con el alma... Yo no le llamo, pero si me encuentra, me siento rozando la felicidad. Estoy harta de amigotes que no buscan más que rollos fáciles y rápidos…Es fuerte y yo me dejo llevar por él. No lo sé, es profundo, y me vuelve a encontrar, me sorprende, tiene respuestas sencillas a dudas difíciles, pone mi cabeza en órbita; cinco minutos después él se deja llevar y creo que soy yo entonces la que le da esa fuerza, o esa idea genial que le sorprende.

- Vuelven a brillarte los ojos, Julia... Y has vuelto a verle, claro…
- Sí, pero fue casualidad.
- Ya... Dicen que las casualidades no existen...
- Eso es lo que pensé aquella tarde.

Casualidad y sentimiento se abrazaron... Desde por la mañana tenía el presentimiento de que nos íbamos a encontrar. Era muy fuerte la tentación de salir a pasear. Comencé a andar por la ciudad, con la excusa de ir a ver el ambiente del centro. Estaba agitada, no sabía cuándo ni dónde, pero le sentía cerca. Y allí apareció, caminaba por la otra acera con su mujer, cruzando hacia mí. Y yo paralizada, pero temblando. Estuve en mi sitio...El volcán trataba de convertirse en iceberg... Su mirada fue un poema mudo, no la olvidaré jamás, esa mirada... Transparente, deja ver todo a su través. Para los que no le conocen infunde respeto, un muro insalvable. Para mí es tierno y sencillo, directo, de esos hombres que ya no quedan. Creo que durante ese tiempo encontró una vía de acceso a mi interior, y la brecha eran mis propias dudas. En cuanto abro mi corazón y entra a fondo en las raíces de mis problemas, le atrapo. Y me cautiva.

- ¿Hablasteis?
- Te puedes imaginar... Diálogo de circunstancias…

Al despedirse me dio un beso en la mejilla que no he olvidado... Creo que se llevó algo de mí, o por lo menos lo intentó, y yo me propuse que se lo llevase, y creo que los dos pensábamos lo mismo...

- ¿Así que dos gigantes…?
- Sí, pero uno descubrió una inmensa grieta en un iceberg, todavía cálido, que encontró a su paso… Creo que mi olor le atrae... Aquel día llevaba una colonia que olía a quererle. Olía a amarle… Hoy creo que no huelo a nada ya, bueno espero… Porque a estas horas debería haberme duchado ya...
- Por mí no te preocupes, creo que voy a dar un paseo.
- Gracias Isabel… Me siento bien, la conversación me hace pensar.

Reflexionamos durante unos instantes.

- Háblame de David, ¿Cómo es?...
- Buenísima persona… – creo que mientras hablo de él me están brillando los ojos otra vez –. Algo cuadriculado quizás, pero con una claridad poco común en sus juicios. No es un erudito brillante, ni mucho menos, pero si le das unos metros para pensar, en la distancia y con margen para analizar, acierta en la diana. Si le fuerzas al cuerpo a cuerpo responde, pero es que destaca después de reflexionar. Cuando hablas con él parece una apisonadora: punto tras punto, conversaciones de días anteriores son reprocesadas, machacadas... No deja caminos sin andar...
- ¿Crees que de verdad se ha enamorado de ti? Hay algo que no entiendo en esta historia… ¿Qué es lo que os frena? No vais a ser los primeros ni los últimos con un conflicto de este tipo…
- Pues creo que sí se ha enamorado…. Es cierto que a veces lo dudo, pero lo contrario no tendría sentido en una persona como él. No actúa en balde... Pero también creo que quiere a su mujer. Parece que otra vez se puede estar en los dos senderos, que se superponen, que no son uno antes y otro después... Conviven... Y de hecho es posible que el origen de la infidelidad no sea más que eso, la pérdida de una referencia, dos caminos en uno...
- Bueno, algunos sólo quieren una canita al aire, probar algo nuevo, mira mi ex, empezó así y acabó cayendo en las garras de una mujer desesperada… Y ahora, aquí estoy, hablando contigo de cosas que nunca hablé con él...

La mirada de Isabel me produce una profunda pena, pero continúo como si no la hubiera escuchado...

- Sí, al principio pensé que éste podría ser su caso... Luego me enamoré de él. Se enamoró de mí. Entendí que era distinto, que estaba por encima de lo que había conocido antes. No había tenido hasta ese momento ningún amigo al que le gustase más entregarse que recibir, y te aseguro que este hombre es así...
- Quizá es tan sólo una estrategia de inversión a largo plazo, Julia...
- Dicen que sabe más el diablo por viejo...
- Oye, oye, guapa, no son sólo los años los que te permiten ver a través de su ventana. Cuando no tienes suerte ves de todo, y hay tanta mentira vestida de honradez y tanta fachada disfrazada de humildad, que acabas por no creerte ni nada ni a nadie.
- Pues hay que seguir creyendo, Isabel, hay que mantener el tipo... Estamos acabados si comenzamos a desconfiar de nuestra sombra, sin ni siquiera entender que es nuestro propio reflejo...
- Todavía eres joven. Y has tenido suerte…Madurarás.
- Mira, creo que ya soy algo mayorcita... Te reconozco que puede que tengas razón, que hay algo que no veo claro, pero es que todavía no sé ni lo que es…
- Yo sí… Mi impresión es que no te quieres enfrentar al daño que puedes hacer... que quizás has hecho ya…estás en tu burbuja…Vives en un sueño que sólo él y tú conocéis, pero que sabes que cuando salga al exterior te va a destrozar, y le va a anular a él…
- ¿Sabes lo que te digo? … Que me voy a duchar.
- Y yo creo que me voy a dar un paseo, me vendrá bien.

La tensión se ha sumado a la conversación. Ha entrado poco a poco, sin hacer ruido, nos ha envuelto como niebla gris en medio del mar, ya no distinguimos ni el faro… Isabel sale con caminar acelerado hacia el pueblo, mientras cierro la puerta inferior del portón, casi de golpe…

- ¿Volverás antes de comer?
- Si claro - responde mientras gira sobre sus pasos - ¿Por qué?
- Por nada en especial. Tengo ganas de cocinar... Ayer Jesús y Flora nos dejaron algo de carne y verdura... Creo que voy a hacer una paella...
- Estaré de vuelta antes de que empieces a prepararla, ya sabes que me encanta.

© Copyright 2007 John Keating

martes, 11 de diciembre de 2007

3.- Un café en la cocina

La cocina es la habitación más acogedora de la casa. Suelo de barro cocido, ya necesitado de una mano de aceite de linaza, que crea un ambiente rústico y caldeado a la vez. Muebles de madera vieja, con tonos verdes y ocres. Vigas de antaño entrecruzándose por el alto techo, aprovechadas para colgar cacharros y aperos de labranza – muchos de los cuales no se usan desde hace tiempo - pero que entonan con la decoración. La casa se había restaurado antes de la llegada de mis padres, pero ha mantenido el espíritu de sus orígenes: aquí el fogón de leña y carbón se ha conservado, y con él, el calor que aporta en los fríos días de invierno, en los que siempre se mantiene encendido, se cocine o no en él. En un apartado de la habitación hay una mesa de castaño con dos largos bancos, uno de ellos orientado de forma que se ve la cocina completa, y al fondo, una ventana que abierta hacia afuera y con los visillos apartados y prendidos con una cinta, permite disfrutar del paisaje de San Vicente, que me cautiva a diario, que contemplo cada mañana, y que ya casi dibujaría con los ojos cerrados…

Desde que llegué he tratado de hacerme un hueco en el lugar, he intentado comenzar con buen pie, dando tantos pasos como he podido para crear y establecer mi vida aquí, lejos de David: destruyendo puentes de día para construirlos otra vez de noche, cuando me llama, o simplemente cuando me manda un mensaje, o peor aún, cuando le recuerdo antes de dormir...Creo que he fraguado una buena amistad con un matrimonio de paisanos, Jesús y Flora, vecinos de una parroquia próxima y viejos amigos de mis padres, desde que me senté una tarde con ellos. Pasaba por su puerta y me invitaron a entrar. Les conocía desde que tenía uso de razón, de haberles visto trabajar en la preciosa huerta que está a la salida de casa, durante los largos periodos de vacaciones que de pequeña disfrutaba en el pueblo. Y una tarde pasé y les leí unos folios que había escrito. Y otra mañana les observé preparando migas. Y otra noche me quedé charlando con ellos, al fuego de una salamandra de hierro hasta ya entrada la madrugada. Para este matrimonio creo que he sido como una aparición: esperaban ya pocas sorpresas, y encontraron un soplo de vida… Y es que no hay lugar, como un pequeño pueblo, dónde se anhele más el futuro, ni donde la sensación de que éste ha llegado sea tan evidente. Y yo, que buscaba la distancia de los demás, sobre todo la de David, les he encontrado a ellos, con más vida en sus manos, y en su memoria, de la que nunca podría haber imaginado.

Unos días después de aquello me dejaron en la puerta de casa una cesta de mimbre con melocotones, peras y cerezas; otra semana, tomates, pepinos, calabacines y lechugas; y otro mes, huevos y chorizo casero, carne, queso y leche fresca... Y me da la sensación de que empiezan a quererme como si fuera una de ellos, como si nunca hubiera dejado este lugar, como si siempre hubiera estado aquí.

Las cosas mejoraron aún más con la llegada de Isabel. Hace unas semanas, paseando camino del pueblo, nos encontramos con Martín, el Alcalde, que lo es desde siempre, porque siempre ha sido el Alcalde, imagino que quizás porque las cuatro docenas de habitantes que viven en San Vicente tienen cosas más importantes de las qué ocuparse; en el bar siempre bromean, todos menos Martín, que fruñe el ceño cuando, entre risas, le toman el pelo, preguntándole cuántos años lleva en el puesto…. El caso es que el hombre andaba despistado y preocupado, dándole vueltas a un recurso que quería enviar a Fomento sobre un paso a nivel que llevaba meses sin funcionar, y que nadie arreglaba... Nos sentamos con él, tomamos un par de cafés, le escuchamos mientras Isabel le hacía preguntas y yo dibujaba unos esquemas en el bloc de dibujo que va siempre conmigo… Martín nos miraba por encima de sus gafas, incrédulo, sin entender qué garabatos hacía. A la mañana siguiente le enviamos un sobre a su atención con cuatro hojas de papel mecanografiado y un par de esquemas, con todo el aspecto de tratarse de un documento importante... Incluía una nota adjunta, atrapada cariñosamente con un clip, que le indicaba dónde enviarlo, después de firmado y sellado.

Nos dice mi padre que, en los pueblos, es posible que nuestro nombre no salga publicado en ningún periódico, ni que se mencione en la radio; que nadie nos diría nunca cómo, pero que la gente se entera de estas cosas, que saben todo lo importante que pasa. Y tan en silencio lo sienten, que nunca olvidan. Y podrán pasar años, y si alguno quedase, esa huella sería imborrable. Y nunca les habríamos tenido que pedir nada. Y creo que nunca tendremos que hacerlo, la verdad. En el pueblo, desde entonces, nos traen el pan cada mañana, nos invitan a tomar un vino después de misa, y si no nos resistimos mucho, a comer, y a merendar después. Llaman de vez en cuando a papá –al que le encanta que le hablen de sus hijas– y le dicen que hemos iluminado el pueblo con nuestra llegada.

Sin embargo – y no estoy segura de nada a estas alturas - pero creo que lo que yo necesito no lo tienen ellos…No sé dónde voy a encontrar alivio para esta desazón, la verdad. En tan sólo unos meses, parece que casi sin pedirlo, se han entregado a nuestros encantos, a nuestra sonrisa, a nuestra vitalidad... Creo que hemos conseguido en muy poco tiempo lo que ni siquiera imaginábamos que podría ser posible. Pero no es lo que yo venía a buscar... Y cuesta reconocerlo, la verdad, no sé si podría repetirlo en voz alta, pero encuentro más paz, más sosiego, cuando me enfrento a mí misma dibujando, con mi bata blanca, ya un arco iris de óleo multicolor, casi un cuadro involuntario que me recuerda un poco a todos los lienzos a los que me he enfrentado.

Sobre la encimera de la cocina tenemos sartenes y cazos de varios juegos entremezclados, colgados por el extremos del asa de unos ganchos de acero que, alineados, penden de una fina madera; el conjunto da cierto aire de desorden y mezcolanza, pero me gusta el ruido que hacen los unos sobre los otros al moverse. Poniéndome de puntillas, y apoyándome en una mano, estiro la otra para alcanzar el cazo escogido para el café que voy a preparar, sintiéndome confortada cuando lo bajo, al oír el replicar de los otros que suenan como pidiendo que juegue también con ellos. Lo lleno hasta la mitad de agua, que del grifo surge fresca y fuerte, salpicándome ligeramente la bata. Añado dos cucharadas grandes de azúcar y enciendo el fuego.

El agua ya hierve, las burbujas de vapor se reflejan en mi retina que, con la mirada perdida, observa fijamente la corta vida de éstas. Veo a David escapándose de sí mismo, hacia ninguna parte, agua y vapor al mismo tiempo… Añado dos cucharadas soperas de café molido, sin pensar casi en lo que hago. Es ésta una constante en mi actitud. Mi capacidad de desconectarme, de hacer algo mientras tengo la cabeza a varios cientos de kilómetros, no sólo es habitual, sino que cada vez lo frecuento más. Recuerdo que llegaba a la Universidad en Vespa, cuando estudiaba, sin saber si había mucho tráfico o poco; sin recordar si había parado en los semáforos o no. Aprovecho cualquier ocasión más o menos automatizada o repetitiva para desconectarme, y pensar en mis cosas, a veces en mis proyectos y en mis próximos pasos, a veces en él. Últimamente me empieza a ocurrir en conversaciones con la gente que me aburre, y aunque mis ojos y mi mente se pierden en el más interior, incluso articulo palabras lógicas durante la conversación. Pero ya no estoy allí.

Pasados un par de minutos retiro el cazo del fuego. Saco del cajón un colador de tela, lo pongo sobre la jarra que tengo ya preparada con las tazas, y vierto la mezcla lentamente, filtrándola con movimientos alternativos, arriba y abajo, buscando el último contacto entre el agua y el café, y durante bastante tiempo, porque los recuerdos de David inundan mi actividad. Observo el agua atravesando los pequeños granos de café, y vuelvo a verle, pasando de dominar a ser absorbido, de aportar el calor y de hacer que salga lo mejor de lo que toca, a desaparecer… Lleno dos tazas grandes de desayuno de San Claudio, buscando en la alacena el azucarero. Pero encuentro algo más. En el fondo de la balda hay un sobre que empieza a acusar el paso del tiempo. Recuerdo haberlo dejado allí el día que llegué. Lo cojo con cierto nerviosismo, casi atrapándolo, como si se me fuera a escapar, guardándolo secretamente en el bolsillo de mi bata. Presento las dos tazas, casi rebosando y humeantes, en una bandeja rectangular cubierta con un pequeño tapete de cuadros blancos y azules, formas y colores que se repiten caprichosamente en distintos detalles de la habitación. Mi humor ha cambiado, casi repentinamente, y creo que Isabel se ha fijado en la expresión de mi cara.

- ¿Que en qué hemos acertado decías…? Pues me da la impresión que en casi nada, Isabel, la verdad. A veces creo que no sé qué clase de persona, qué amor estoy buscando.

Vuelvo a llorar. No puedo controlar mis sentimientos. A pesar de los meses transcurridos no he podido superar su falta, su espíritu inquieto, que me atrae como un imán, como una playa desea la caricia de la ola, como la luna que sigue al sol, como la luz acosada por la oscuridad... Me levanto el flequillo, seco mis mejillas, con la ayuda de una de las servilletas que he dejado en la bandeja, y bebo un corto pero intenso sorbo de café, que me reconforta.

- Julia, no puedes venirte ahora abajo. Sí que sabes lo que buscas. Lo sabemos todas.
- No lo sé, de verdad. Creo que el amor que vale, el que voy buscando, es el que se basa en dar siempre primero. Quizás sea un imposible, pero suspiro y rezo a diario porque él sea feliz, y transmita esa felicidad, aunque no sea conmigo. Sería dichosa si se enamorase, aunque no fuera de mí. Soy consciente de que no dudaría en morir por él, sin necesidad de decírselo a nadie, más que a mí misma... Quiero trabajar por mejorar su vida, en lo que pueda, desarrollar su ilusión, ayudarle a salir de los baches. Sufrir si él sufre, y atreverme a decirle que me duele porque a él le duele. Tenerle presente a todas horas, todos los días, arriesgar mi vida, y las cosas o las personas que valoro y quiero, sólo por él. Desearle siempre lo mejor y tratar de facilitárselo...
- No discuto que estés enamorada, Julia, pero esto de encontrar el amor de tu vida es algo más complicado, y la verdad es que habiendo pasado por una separación hace pocos años, no me creo nada, la verdad…Todo lo que has dicho está genial, morir de amor, hacer y desaparecer… Ideal, sí. Pero yo me fijo algo más en el día a día, cuando se acaba o se difumina esa pasión que te mueve ahora…Tu estado de ánimo encaja con el de una persona que se está enamorando, que lee mensajes entre líneas...
- Es verdad. Sé que hablo como una soñadora, pero un sueño es sólo eso, una quimera, una ilusión, un deseo a partir de una intuición, o de una situación pasajera que te ha marcado. ¿Qué tiene de malo?
- Nada, o mucho, pero yo me refiero a mantener vivo un amor, a querer. A hacer pequeñas cosas, a preocuparse del día a día, pero durante toda la semana, y real, no en sueños. Julia, no creo ni una palabra a todos esos que dicen que morirían de amor por mí… Me dan mala espina. Nunca he visto nada serio, ni sólido a largo plazo, en esas amistades, que, la verdad, inicialmente podrían encandilar a cualquiera. Todo ese romanticismo… prefiero que se traduzca en pequeños detalles, cada día. Lo que a mí me gustaría es que, porque sí, venga una noche y me lave los pies antes de dormir, y que luego me de sobre ellos un masaje de esos que quitan el hipo... Mira me encanta que la persona que conviva conmigo, y diga que me quiere, de verdad, ponga una lavadora de vez en cuando, sin darle demasiada importancia ni contarlo a sus amigotes o a su madre, como si se tratase de un esfuerzo sobrehumano... Me gusta que saque los platos del lavavajillas, o mejor incluso, que los meta dentro, o que haga cualquier tarea doméstica con platos…

Reímos con su último comentario, y continuamos charlando, apoyando nuestras teorías con expresiones y gestos de la cara, con movimientos de las manos… Somos muy parecidas, la verdad.

© Copyright 2007 John Keating

lunes, 3 de diciembre de 2007

2.- La butaca del cuarto de estar

Ya saliendo por el amplio pasillo, al abandonar mi cuarto, me encuentro a Isabel sentada en la butaca del cuarto de estar, leyendo el periódico. Aparenta algo menos de su edad, cuarenta y tres años, tono de piel morena, curada por los vientos duros y el mar de fondo que arrastra un matrimonio fracasado. Su respiración es pausada. Lleva unos pantalones vaqueros con caprichosos remiendos, sin cinturón, blusa blanca, chaqueta de punto azul marino y zapatillas de esparto beige. A pesar del austero aspecto de cada prenda en sí misma, la impresión que Isabel me causa siempre es agradable, tiene estilo. Trata de encender un cigarrillo, algo agitada. Aparentemente parece que no me presta casi atención. Es mi hermana mayor, la adoro, dicen que me parezco mucho a ella. Había venido a pasar una semana conmigo, pero lleva ya un par de meses en casa, creo que porque se ha dado cuenta, nada más llegar, que la situación es más grave de lo que intuía en un principio.

Después de la muerte de mamá, algo más dramática si cabe por lo rápido que se produjo, Isabel pasó a ser mi norte, mi única referencia. Todo el mundo necesita la suya, y a mí se me estaban acabando los puntos de anclaje a un modelo de vida que no terminaba de asimilar. Quedábamos sólo mi hermana y yo como ejemplo de la casta familiar. Tenemos dos hermanos más, pero creo que no son como nosotras. Sentimos el peso de una herencia -quizás otra vez imaginada- sobre nuestras vidas. Isabel ni siquiera lloró en el entierro. Pensaba que en realidad mi madre no se iba, creía que parte de ella quedaba en nosotras. Y a mí también me gustaba pensar que ese espíritu se mantendría vivo en Isabel. Debería tener ocho o nueve años cuando comencé a darme cuenta, a fijarme en ese desparpajo que siempre le atribuyo. Desde pequeña apuntaba a dónde ha llegado, siempre conseguía lo que se proponía: me contaban que, ya de niña, cogía de la mano a papá para que la llevara de paseo por la Calle Mayor, y él sabía que no se podía negar. Isabel quería oírle narrar, una y otra vez, las historias de nuestra villa, Arenzana, de sus habitantes, de nuestras guerras, de nuestras huelgas, de nuestros sinsabores. Los relatos reflejaban la vida de personas capaces de las más grandes hazañas, y sin embargo, testigos perennes de las más amargas de las decepciones. Creo que siempre he visto algo especial en ella: una mañana de primavera, allí estaba, en un parque, iluminado por un sol mediterráneo que más que luz, irradiaba energía y vida, pero sobre todo, ganas de vivirla. Allí estaba, subida a una caja de frutas que hacía de castillo, dirigiendo su defensa ante el ataque de un grupo de niños, dando órdenes, haciendo a la vez el gesto de victoria, con los brazos elevados al cielo y los puños cerrados con rabia, contemplando la retirada de los insensatos que habían intentado un imposible, observando al enemigo cayendo derrotado. Allí estaba, con el pelo ya recogido, enérgica, activa, feliz... Allí estaba, desafiante a todas las leyes. Allí estaba, Isabel.

La observo esta mañana aquí sentada: descansa cómodamente, con la espalda bien apoyada aprovechando un pequeño almohadón – tapizado con una preciosa tela de tonos verdosos que se alternan en otros detalles de la habitación – y que Isabel coloca en el respaldo de la butaca, a la altura de los riñones. Está leyendo el ABC, de atrás hacia delante, como hacemos casi todos en casa. Resulta curioso que una de las pocas piezas de mobiliario que he traído a esta modesta y fría casa solariega, sea ahora la favorita de mi hermana. Y es que llamo pieza, en general, a todo lo que tenga un aspecto artístico, proporcionado, decorativo, ya sea mueble, cuadro, objeto e incluso persona. Me gusta la palabra y la utilizo muy a menudo; y en todas las ocasiones hay algo muy especial en ella, algo que identifico en mi interior, reflejando parte de mí misma.

Esta butaca la había encontrado en una casa de antigüedades del Albaicín, en uno de mis frecuente viajes al sur. Y me costó un tremendo esfuerzo conseguirla, y engatusé al tendero, y cautivé a un amigo para que me prestase el dinero, y alquilé una furgoneta para traerla a casa... Una y otra vez me preguntaban los implicados en la extraña operación, sin entender cómo un capricho pasajero vencía cualquier tipo de racionalidad explicable. Pero la butaca no era un antojo perecedero, sino que para mí era una obra de arte, de madera maciza y vetusta trabajada a mano con dosis de incalculable paciencia, tejido noble, áspero, aunque de un aspecto mejorado con el paso del tiempo. Desde que la compré, la cuido con intensa dedicación, untándola de cera, frotándola una y otra vez, hasta que queda reluciente... Es una de las pocas cosas que considero realmente mía, y la mimo casi como una madre a un hijo. Me siento extrañamente cómoda con la imagen de Isabel recostada en ella, me hace sentirme francamente orgullosa de haberla conseguido.

- Buenos días Julia, ¿Cómo te encuentras?

Isabel me observa mientras pregunta con mirada tierna, pero que atraviesa, siento que inquiere mucho más. Sus ojos expresan bondad y frescura, pero se clavan en mí, fijamente, leyendo más allá de lo que nadie podría siquiera adivinar en mi mirada, en mi expresión. El pelo, moreno, liso y recogido con una coleta, le da un aspecto limpio...

- Imagínate. Confundida, dándole vueltas...No he dormido bien.

La palabra confusión sigue siendo una de mis favoritas. Creo que la utilizo para intentar desviar la atención, aunque no lo haga de forma premeditada, pero gano tiempo. La sensación de debilidad que demuestro rebaja el nivel de defensas de mi interlocutor, ya sea en el trabajo o en mi vida privada... Obtengo información, o tiempo para pensar, y me hace sentir algo más segura. Sin embargo, esta vez, unas lágrimas comienzan a recorrer mi mejilla. La confusión es real y sincera. No puedo ocultar que mi objetivo, a vida o muerte, es aclarar mi relación con David, darle una salida, evolucionar, entrar o salir, pero hacer algo.

Isabel sabe que no soy mujer de lágrima fácil, y el gesto de preocupación que expresa crea en mi interior un desasosiego adicional. La verdad es que creo que siempre la he preocupado. Aunque con el fondo aparentemente sólido, últimamente aparezco más sensible que de costumbre. Esto de David me está afectando más de lo que imaginaba. Estoy acostumbrada a dar, a trabajar duro: desde pequeña nos han forjado a fuego lento, educación recia, sin caprichos, ajustándonos para llegar a fin de mes, lo que hacía que midiese cada paso que daba. Sin embargo, creo que una de mis grandes contradicciones ha sido la lucha entre mis sentimientos, a los que nunca les he prestado gran atención, y la realidad, lo práctico; y ésta última casi siempre vence, y por excesiva diferencia... Y parece que nunca me he preguntado por qué... Y nunca me he fijado un objetivo interior... Las metas son demasiado evidentes, siempre medidas por recompensas de otros, o criterios convencionales o materialistas... El plano de la realidad cruza y corta en infinitos puntos a la multitud de planos interiores que llevo dentro, pero sólo unas trazas salen finalmente a la luz. Si posara para mí misma, creo que dibujaría una línea, gris, sin volumen ni formas, sin dimensión ni sombras. Quizás son demasiadas dudas, o preguntas, porque quizás no hay tantas respuestas. Quizás se trate, simplemente, de qué mis oportunidades se van terminando. Quizás no soy capaz de aprender. Quizás este conflicto, este debate interno, me esté matando poco a poco, y sigo llorando…

- Julia, no debes maltratarte de esa manera. Has recibido talentos, como todos, y al final del viaje se hace recuento. Cada una de tus acciones aquí cuenta, pero sobre todo en el ejemplo que destilas, y que muchos de los que te rodeamos bebemos, sin que apenas lo percibas. Mi tesis es que todos tenemos un viaje que recorrer, y sólo una pequeña parte del mismo es visible. El resto se percibe, se siente, se olfatea.
- Como en un cuadro…
- Como en tus cuadros, sí… ¿Has vuelto a pintar?
- Sí, ya sabes que me ayuda a aislarme…
- No sé si me alegro de oír eso… Aunque, si te soy sincera, tus mejores obras las has pintado en épocas de crisis sentimentales….Creo que tienes que seguir madurando, seguro que lo verás pronto, pero necesitas tiempo, no es fácil.

Hago una pausa, cerrando los ojos, sin atreverme siquiera a mirarla. Realmente me conoce, más de lo que creo, quizás más que yo misma. Quizás se vea reflejada en mi propia experiencia.

- ¿En qué he fallado?
- ¿En qué hemos acertado, Julia?
- ... ¿Quieres un café?
- Muy caliente, por favor… Gracias.

Sonreímos ahora. Mi boca entreabierta deja ver amarfilados dientes, con cierto desorden en su alineación, parte por culpa de la naturaleza, parte por falta de cuidado o atención a su debido momento. A pesar de la tensión acumulada y de la dureza del diálogo, no me siento tan reconfortada desde hace tiempo. Los últimos meses han sido de una agitación desmesurada, incluso para una persona como yo. Y lo sé. Estoy agotada, pero aún así trato de sacar fuerzas de la flaqueza: la marcha de mamá, la tortuosa relación con David, el cambio de casa, todo casi al mismo tiempo. Pocos alcanzan a comprender de dónde me alimento para mantener esta energía.

Isabel, creo que para animarme, no para de repetirme día tras otro que estoy recuperando mi luz, casi radiante, que al menos externamente se me ve mucho mejor que hace unos meses. Me recuerda a menudo – también lo hacía mamá – cómo le gusta observar el efecto de la luz reflejada en mis ojos y que, como dos focos, brillan con alegría, irradian felicidad, con esa mirada de complicidad que tantas veces he utilizado para conseguir mis propósitos. Ahora, casi superando esta pesada y oscura amargura – implacable a veces, casi siempre terca y cruel – Isabel me está ayudando a construir una sensación de tranquilidad: tengo el ánimo algo más relajado, empiezo a sentirme a gusto.

Quizás esta etapa pueda ser, al final, algo más que un intento de aislarme, quizás sea una fuga hacia mi interior…Siempre me ha gustado demostrar mi carácter, muy marcado, aunque en el fondo con tremendas dudas, y quizás mi marcha a San Vicente ha sido otro intento más. Trato de dominar todas las situaciones, y anticipo movimientos sólo cuando la suerte ya está echada. Creo que me ven como una mujer habituada a los reveses, y que son éstos precisamente los que me hacen fuerte. Intento luchar y vivir con una fuerza a veces invisible a los demás, aunque comienzo a estar ya cansada: tanto en el artificial y hasta a veces forzado gesto en mi trabajo, dónde sólo la nómina al final de mes me atrae, como en casa de mis padres, mi único y verdadero hogar, dónde durante años he vivido inmersa en el conflicto diario entre independencia y amor, entre el dar y el recibir. También en los amores perdidos, y mucho más evidente en las amistades pasajeras, dónde la lista de amigas y amigos a los que he declarado muertos y enterrados va creciendo sin aparente fin. Transparente en lo difícil, opaca en lo evidente... Dispuesta a la machada, indiferente a la constancia del día a día... Motivada y orgullosa cuando protagonizo el capítulo, derrotada y caótica cuando no soy la número uno... Agobiada cuando se me pide un favor, desprendida y ocurrente cuando detecto la posibilidad no solicitada de ayudar... Y este carácter pasa factura: mi vida es un ejemplo en tiempo real de que la gente prefiere la sencillez, y por qué no decirlo, algo más de humildad.

Sin embargo, y a pesar de que estos dos últimos meses con Isabel han sido de los más felices de mi vida, la verdad es que a menudo me pregunto qué es lo que hace una mujer como yo en San Vicente. Me planteo todavía si debo trasladarme a Madrid, dónde siempre he querido vivir, aunque nunca me he preguntado la verdadera razón de este deseo. Me atrae su gente, el ser nadie al abandonar la puerta de casa me parece temporalmente atractivo, el ir y el devenir de multitud de personas, las oportunidades de prosperar, de hacer ese curso de Restauración de la Complutense en el que desde hace años me he querido matricular, de perseguir oportunidades profesionales, la facilidad que parece tener Madrid de acercarte al extranjero, de una cena que huele a vísperas de verano en la ajardinada terraza del Hotel Intercontinental, de un Paseo por Rosales a última hora, que sabe a morado atardecer... Nadie te pregunta en Madrid de dónde eres, sino qué haces, y esa vitalidad me atrae, tira de mí con hilos invisibles. Quizá sea otra escapada hacia delante, hacia ningún sitio, tratando de evitar cualquier contacto con restos de mi pasado... O quizás, otro estadio pasajero para luego abandonar, romper otra vez... Y volver después a mi eterno pasado, a mi eterna condena, a mi eterno yo…Nunca me he atrevido a colgar la seguridad de una nómina y arriesgar, abrir una galería, enfrentarme al mundo con lo mejor que sé hacer. Y para colmo, ahora David, agitando sentimientos, principios, óleos, sombras, lienzos, luces… y almas.

© Copyright 2007 John Keating