martes, 11 de diciembre de 2007

3.- Un café en la cocina

La cocina es la habitación más acogedora de la casa. Suelo de barro cocido, ya necesitado de una mano de aceite de linaza, que crea un ambiente rústico y caldeado a la vez. Muebles de madera vieja, con tonos verdes y ocres. Vigas de antaño entrecruzándose por el alto techo, aprovechadas para colgar cacharros y aperos de labranza – muchos de los cuales no se usan desde hace tiempo - pero que entonan con la decoración. La casa se había restaurado antes de la llegada de mis padres, pero ha mantenido el espíritu de sus orígenes: aquí el fogón de leña y carbón se ha conservado, y con él, el calor que aporta en los fríos días de invierno, en los que siempre se mantiene encendido, se cocine o no en él. En un apartado de la habitación hay una mesa de castaño con dos largos bancos, uno de ellos orientado de forma que se ve la cocina completa, y al fondo, una ventana que abierta hacia afuera y con los visillos apartados y prendidos con una cinta, permite disfrutar del paisaje de San Vicente, que me cautiva a diario, que contemplo cada mañana, y que ya casi dibujaría con los ojos cerrados…

Desde que llegué he tratado de hacerme un hueco en el lugar, he intentado comenzar con buen pie, dando tantos pasos como he podido para crear y establecer mi vida aquí, lejos de David: destruyendo puentes de día para construirlos otra vez de noche, cuando me llama, o simplemente cuando me manda un mensaje, o peor aún, cuando le recuerdo antes de dormir...Creo que he fraguado una buena amistad con un matrimonio de paisanos, Jesús y Flora, vecinos de una parroquia próxima y viejos amigos de mis padres, desde que me senté una tarde con ellos. Pasaba por su puerta y me invitaron a entrar. Les conocía desde que tenía uso de razón, de haberles visto trabajar en la preciosa huerta que está a la salida de casa, durante los largos periodos de vacaciones que de pequeña disfrutaba en el pueblo. Y una tarde pasé y les leí unos folios que había escrito. Y otra mañana les observé preparando migas. Y otra noche me quedé charlando con ellos, al fuego de una salamandra de hierro hasta ya entrada la madrugada. Para este matrimonio creo que he sido como una aparición: esperaban ya pocas sorpresas, y encontraron un soplo de vida… Y es que no hay lugar, como un pequeño pueblo, dónde se anhele más el futuro, ni donde la sensación de que éste ha llegado sea tan evidente. Y yo, que buscaba la distancia de los demás, sobre todo la de David, les he encontrado a ellos, con más vida en sus manos, y en su memoria, de la que nunca podría haber imaginado.

Unos días después de aquello me dejaron en la puerta de casa una cesta de mimbre con melocotones, peras y cerezas; otra semana, tomates, pepinos, calabacines y lechugas; y otro mes, huevos y chorizo casero, carne, queso y leche fresca... Y me da la sensación de que empiezan a quererme como si fuera una de ellos, como si nunca hubiera dejado este lugar, como si siempre hubiera estado aquí.

Las cosas mejoraron aún más con la llegada de Isabel. Hace unas semanas, paseando camino del pueblo, nos encontramos con Martín, el Alcalde, que lo es desde siempre, porque siempre ha sido el Alcalde, imagino que quizás porque las cuatro docenas de habitantes que viven en San Vicente tienen cosas más importantes de las qué ocuparse; en el bar siempre bromean, todos menos Martín, que fruñe el ceño cuando, entre risas, le toman el pelo, preguntándole cuántos años lleva en el puesto…. El caso es que el hombre andaba despistado y preocupado, dándole vueltas a un recurso que quería enviar a Fomento sobre un paso a nivel que llevaba meses sin funcionar, y que nadie arreglaba... Nos sentamos con él, tomamos un par de cafés, le escuchamos mientras Isabel le hacía preguntas y yo dibujaba unos esquemas en el bloc de dibujo que va siempre conmigo… Martín nos miraba por encima de sus gafas, incrédulo, sin entender qué garabatos hacía. A la mañana siguiente le enviamos un sobre a su atención con cuatro hojas de papel mecanografiado y un par de esquemas, con todo el aspecto de tratarse de un documento importante... Incluía una nota adjunta, atrapada cariñosamente con un clip, que le indicaba dónde enviarlo, después de firmado y sellado.

Nos dice mi padre que, en los pueblos, es posible que nuestro nombre no salga publicado en ningún periódico, ni que se mencione en la radio; que nadie nos diría nunca cómo, pero que la gente se entera de estas cosas, que saben todo lo importante que pasa. Y tan en silencio lo sienten, que nunca olvidan. Y podrán pasar años, y si alguno quedase, esa huella sería imborrable. Y nunca les habríamos tenido que pedir nada. Y creo que nunca tendremos que hacerlo, la verdad. En el pueblo, desde entonces, nos traen el pan cada mañana, nos invitan a tomar un vino después de misa, y si no nos resistimos mucho, a comer, y a merendar después. Llaman de vez en cuando a papá –al que le encanta que le hablen de sus hijas– y le dicen que hemos iluminado el pueblo con nuestra llegada.

Sin embargo – y no estoy segura de nada a estas alturas - pero creo que lo que yo necesito no lo tienen ellos…No sé dónde voy a encontrar alivio para esta desazón, la verdad. En tan sólo unos meses, parece que casi sin pedirlo, se han entregado a nuestros encantos, a nuestra sonrisa, a nuestra vitalidad... Creo que hemos conseguido en muy poco tiempo lo que ni siquiera imaginábamos que podría ser posible. Pero no es lo que yo venía a buscar... Y cuesta reconocerlo, la verdad, no sé si podría repetirlo en voz alta, pero encuentro más paz, más sosiego, cuando me enfrento a mí misma dibujando, con mi bata blanca, ya un arco iris de óleo multicolor, casi un cuadro involuntario que me recuerda un poco a todos los lienzos a los que me he enfrentado.

Sobre la encimera de la cocina tenemos sartenes y cazos de varios juegos entremezclados, colgados por el extremos del asa de unos ganchos de acero que, alineados, penden de una fina madera; el conjunto da cierto aire de desorden y mezcolanza, pero me gusta el ruido que hacen los unos sobre los otros al moverse. Poniéndome de puntillas, y apoyándome en una mano, estiro la otra para alcanzar el cazo escogido para el café que voy a preparar, sintiéndome confortada cuando lo bajo, al oír el replicar de los otros que suenan como pidiendo que juegue también con ellos. Lo lleno hasta la mitad de agua, que del grifo surge fresca y fuerte, salpicándome ligeramente la bata. Añado dos cucharadas grandes de azúcar y enciendo el fuego.

El agua ya hierve, las burbujas de vapor se reflejan en mi retina que, con la mirada perdida, observa fijamente la corta vida de éstas. Veo a David escapándose de sí mismo, hacia ninguna parte, agua y vapor al mismo tiempo… Añado dos cucharadas soperas de café molido, sin pensar casi en lo que hago. Es ésta una constante en mi actitud. Mi capacidad de desconectarme, de hacer algo mientras tengo la cabeza a varios cientos de kilómetros, no sólo es habitual, sino que cada vez lo frecuento más. Recuerdo que llegaba a la Universidad en Vespa, cuando estudiaba, sin saber si había mucho tráfico o poco; sin recordar si había parado en los semáforos o no. Aprovecho cualquier ocasión más o menos automatizada o repetitiva para desconectarme, y pensar en mis cosas, a veces en mis proyectos y en mis próximos pasos, a veces en él. Últimamente me empieza a ocurrir en conversaciones con la gente que me aburre, y aunque mis ojos y mi mente se pierden en el más interior, incluso articulo palabras lógicas durante la conversación. Pero ya no estoy allí.

Pasados un par de minutos retiro el cazo del fuego. Saco del cajón un colador de tela, lo pongo sobre la jarra que tengo ya preparada con las tazas, y vierto la mezcla lentamente, filtrándola con movimientos alternativos, arriba y abajo, buscando el último contacto entre el agua y el café, y durante bastante tiempo, porque los recuerdos de David inundan mi actividad. Observo el agua atravesando los pequeños granos de café, y vuelvo a verle, pasando de dominar a ser absorbido, de aportar el calor y de hacer que salga lo mejor de lo que toca, a desaparecer… Lleno dos tazas grandes de desayuno de San Claudio, buscando en la alacena el azucarero. Pero encuentro algo más. En el fondo de la balda hay un sobre que empieza a acusar el paso del tiempo. Recuerdo haberlo dejado allí el día que llegué. Lo cojo con cierto nerviosismo, casi atrapándolo, como si se me fuera a escapar, guardándolo secretamente en el bolsillo de mi bata. Presento las dos tazas, casi rebosando y humeantes, en una bandeja rectangular cubierta con un pequeño tapete de cuadros blancos y azules, formas y colores que se repiten caprichosamente en distintos detalles de la habitación. Mi humor ha cambiado, casi repentinamente, y creo que Isabel se ha fijado en la expresión de mi cara.

- ¿Que en qué hemos acertado decías…? Pues me da la impresión que en casi nada, Isabel, la verdad. A veces creo que no sé qué clase de persona, qué amor estoy buscando.

Vuelvo a llorar. No puedo controlar mis sentimientos. A pesar de los meses transcurridos no he podido superar su falta, su espíritu inquieto, que me atrae como un imán, como una playa desea la caricia de la ola, como la luna que sigue al sol, como la luz acosada por la oscuridad... Me levanto el flequillo, seco mis mejillas, con la ayuda de una de las servilletas que he dejado en la bandeja, y bebo un corto pero intenso sorbo de café, que me reconforta.

- Julia, no puedes venirte ahora abajo. Sí que sabes lo que buscas. Lo sabemos todas.
- No lo sé, de verdad. Creo que el amor que vale, el que voy buscando, es el que se basa en dar siempre primero. Quizás sea un imposible, pero suspiro y rezo a diario porque él sea feliz, y transmita esa felicidad, aunque no sea conmigo. Sería dichosa si se enamorase, aunque no fuera de mí. Soy consciente de que no dudaría en morir por él, sin necesidad de decírselo a nadie, más que a mí misma... Quiero trabajar por mejorar su vida, en lo que pueda, desarrollar su ilusión, ayudarle a salir de los baches. Sufrir si él sufre, y atreverme a decirle que me duele porque a él le duele. Tenerle presente a todas horas, todos los días, arriesgar mi vida, y las cosas o las personas que valoro y quiero, sólo por él. Desearle siempre lo mejor y tratar de facilitárselo...
- No discuto que estés enamorada, Julia, pero esto de encontrar el amor de tu vida es algo más complicado, y la verdad es que habiendo pasado por una separación hace pocos años, no me creo nada, la verdad…Todo lo que has dicho está genial, morir de amor, hacer y desaparecer… Ideal, sí. Pero yo me fijo algo más en el día a día, cuando se acaba o se difumina esa pasión que te mueve ahora…Tu estado de ánimo encaja con el de una persona que se está enamorando, que lee mensajes entre líneas...
- Es verdad. Sé que hablo como una soñadora, pero un sueño es sólo eso, una quimera, una ilusión, un deseo a partir de una intuición, o de una situación pasajera que te ha marcado. ¿Qué tiene de malo?
- Nada, o mucho, pero yo me refiero a mantener vivo un amor, a querer. A hacer pequeñas cosas, a preocuparse del día a día, pero durante toda la semana, y real, no en sueños. Julia, no creo ni una palabra a todos esos que dicen que morirían de amor por mí… Me dan mala espina. Nunca he visto nada serio, ni sólido a largo plazo, en esas amistades, que, la verdad, inicialmente podrían encandilar a cualquiera. Todo ese romanticismo… prefiero que se traduzca en pequeños detalles, cada día. Lo que a mí me gustaría es que, porque sí, venga una noche y me lave los pies antes de dormir, y que luego me de sobre ellos un masaje de esos que quitan el hipo... Mira me encanta que la persona que conviva conmigo, y diga que me quiere, de verdad, ponga una lavadora de vez en cuando, sin darle demasiada importancia ni contarlo a sus amigotes o a su madre, como si se tratase de un esfuerzo sobrehumano... Me gusta que saque los platos del lavavajillas, o mejor incluso, que los meta dentro, o que haga cualquier tarea doméstica con platos…

Reímos con su último comentario, y continuamos charlando, apoyando nuestras teorías con expresiones y gestos de la cara, con movimientos de las manos… Somos muy parecidas, la verdad.

© Copyright 2007 John Keating

2 comentarios:

nachodigital dijo...

Buenas... Volvemos al asunto. Es el tercer capítulo, ¿no? Pues, bueno, creo que la lectura por entregas no ayuda a meterse en la historia, en el clima. Te crea unas expectativas de una semana para otra y urgencia, sí, por, qué va a suceder.

Lo que voy a decir viene en buena medida condicionado por cierta deformación o manera de entender lo literario, y es que tengo la sensación de que la acción, acción entendida en sentido amplio, el transcurso del tiempo y situaciones, vamos, “están comentadas”, -que, qué quiero decir con comentadas-, esta expresión la utilizábamos en el taller de teatro cuando un actor “hacía” y para reforzarlo, además, decía lo que estaba haciendo, lo verbalizaba; cuando trataba de explicar un sentimiento por el que transitaba en lugar de dejar que se viera. No sé si la traslación es adecuada, pero, creo, puede servir para transmitir la sensación que me provoca el texto.

Por estas mismas razones, urgencia y deriva teatral, hecho en falta un ten con ten entre monólogo interior y acción. Quizá los parámetros desde los que hablo no son los más adecuados para una obra literaria pero, a mi modo de ver, pueden arrojar luz. Con esto no quiero decir que el texto deba ser una sucesión de acciones o sucesos, ahí tenemos, entre otros, a Javier Marías y su “Corazón tan blanco”, pero, al final, me pregunto, a dónde nos lleva Julia.

Por último, en determinados momentos no puedo evitar, Juan, la impresión de que te estoy leyendo, a ti, a la persona, y no tanto a Julia, necesito ver a través de sus ojos, -¡cómo?-, creo tiene una explicación, la cercanía, el hecho de que te conozca condiciona mi lectura. Es una cierta ajenidad de Julia, cierto punto de vista externo, de narrador, -cómo decirlo-, me bandeo entre tu persona, el monólogo interior de Julia (sus imágenes) y los comentarios de Isabel, gran contrapunto.

Bueno Juan, espero ansioso la siguiente entrega ;-).
Un abrazo
Nacho

John Keating dijo...

Nacho, mil gracias por tus consejos y la claridad de tu crítica, que la verdad es constructiva y ayuda a mejorar. Me ha encantado lo de "bandearme entre ti y Julia"...

Si te soy sincero, ése creo que es el pecado capital de toda primera novela, y es que el foco, el punto de vista, es personalista...Por eso quiero terminar ésta y empezar ya con la segunda, pero tengo que TERMINAR con ésta primero, es una necesidad casi vital, quizás maniática, de no poder dejar una cosa sin terminar como yo creo que se debe hacer.

Tampoco pretendo contentar a todos con la novela, sería imposible y no sería yo, pero como os dije, algo hay dentro para compartir, que es lo que creo que vais encontrando... Vienen ahora unos capítulos muy "intensos": una carta como intento de terminar un comienzo, conversaciones cruzadas, duchas sin agua, maquillajes imposibles... Dale una oportunidad. Pero aviso a navegantes: no es la historia ni la tensión lo que estoy buscando al escribir esto.

La razón de las entregas ya la conocéis: la novela está terminada, y el blog es la excusa, la obligación, de sentarme cada semana con un capítulo y saborearlo, tratar de enriquecerlo, corregirlo, meditarlo, disfrutarlo y aún así, salen defectos y fallos. Si acelero creo que perderíamos todos, porque la novela, tal y como la veo hoy, no es mejor que el blog, así que prefiero seguir a este ritmo...Piensa que en unas semanas todo habrá terminado y podrás leerla de corrido.

Mil gracias por estar ahí.

Juan