lunes, 17 de diciembre de 2007

4.- Enseñando las cartas

Estoy a mis anchas. Con las dos manos sujetando la taza de café, ya casi templado, las muñecas tocándose y los codos apoyados en la mesa, echando el cuerpo hacia delante y hacia atrás alternativamente. Disfruto de la tertulia y gozo al compartir, aunque sólo sea un café, con mi familia o mis amigos. El hecho que todos participemos en la preparación, que comamos lo mismo, es una fiesta en sí y un sentimiento de relacionarnos, de ir hacia un estado superior, hacia compartir algo más, un paso previo a una estrecha amistad... Es como leer el mismo libro, o escuchar la misma música... Me horrorizan, sin embargo, algunas de las comidas de trabajo donde ni disfruto ni obtengo resultados a largo plazo, a las que tengo que esforzarme por asistir; imagino que van dentro del sueldo; no suele haber nada en ellas de lo que estoy encontrando en esta taza de café.

- ¿Me vas a contar lo que dice ese papel que te has guardado?
- Por ahora, creo que no…
- ¿Por qué no la lees?
- Me pides un imposible… No podría.

Recuerdo, cuando recibí la carta, que la abría ya con pulso tembloroso. Sólo posar mis ojos sobre su letra provocaba mil sentimientos, ansiedad muda y desesperada, prisas y latidos. La primera vez que la leí, con los ojos brillantes al terminar, no llegué a comprenderla en su totalidad. Hoy ya la conozco de memoria, he debido leerla más de cien veces… “Queridísima Julia, esta carta es lo último que recibirás…” – comenzaba con una declaración incumplida – “…tus palabras no lo dicen, pero tu silencio se escucha. Lo lamento mucho, muchísimo. Ha sido sólo una ilusión que fue demasiado lejos en una noche de hadas, mágica e irrepetible, en los sótanos de nuestra imaginación, en unas madrugadas de abrazos de amistad, de deseo mudo, de manos que trataban de acariciar sin tocar, de verdades desnudas, de labios que no querían separarse, de cuellos con olor a sal y a estrellas. He tratado de transmitirte serenidad y tranquilidad, viviendo el momento, intentando que no nos preocupe ni el ayer ni el mañana, contemplar ese instante como lo único que cuenta...Pero no consigo convencerte…Creo que eso era lo que me llamaba la atención de ti, y que no he sido capaz de entender hasta hoy: he entrado en una pequeña Iglesia de la calle Mayor, he tratado de escuchar, he tratado de meditar, y he terminado rezando por ti y dando gracias a Dios por haberte conocido... Un último mensaje: sigue buscando dentro... Yo he aprendido mucho... Pero esto se acabó: no más ayudas, no más llamadas, no más mensajes... El silencio es frío, desapacible e incomodo, pero sobreviviré... Hoy, de madrugada, comienza un gélido y duro invierno, y aunque yo no soy tan fuerte como tú, no pienso caer. Cuídate mucho… David”.

Quizá tuviera razón... Seguir buscando, si...Pero cuanto más busco, más dudo; cuanto más pienso, más insegura estoy de la fe en la que me han educado, y que durante muchos años he asumido como axioma de vida. A veces le necesito para hablar de mis progresos, pero al mismo tiempo me alegro de que él ya no esté aquí. Paso los dedos entre el todavía enredado cabello, con cierta brusquedad, tratando de desenmarañar algo más que mi pelo... Imagino que entra dentro de lo normal el que dude. Nada es blanco o negro. Todo depende, eso es obvio ¿Pero de qué? Ésa es la clave; ya he aprendido que todo es relativo, pero es precisamente eso lo que me atrae, lo que le da sentido a las cosas que hago o digo. Es en lo relativo dónde me siento a gusto. Isabel es una mujer muy cerebral, parece que lo ve todo claro, a veces me asusta; yo sólo contemplo grises e infinidad de tonos en mi paleta de colores. ¿Por qué no puedo dejarlo todo e irme con él? ¿Qué hay dentro de mí que me impide ser realmente libre?

- ¿Le contestaste?
- Escribí una nota, sí, pero no llegué a mandársela…

Muchas emociones juntas. Le decía que esperaba que no se enfadase conmigo, porque era cierto que iba y venía, que me alejaba acercándome, y que me distanciaba otra vez....Trataba de ser honesta, pero fallaba más que una escopeta de feria. Tenía muchas preguntas en mi cabeza, es verdad, pero todas lógicas, quizás demasiada racionalidad, buscando una respuesta que me permitiese mantenerme cerca de él…David y yo estábamos recorriendo el mismo camino, pero en momentos distintos. Quería decirle que me reconocía en sus palabras, en las situaciones ambiguas donde abríamos nuestro corazón, quizás en exceso, buscando esa chispa, esa química… Insistía en que su email seguiría siendo lo mejor de cada mañana, ese trocito de chocolate que te dejas para después de comer, que sabes que no te puede hacer mal, sino ayudarte a tocar el cielo, como ese trago de vino terminando una cena bajo las estrellas, y que no olvidas… Sus mensajes me levantan de la mesa, mi mente vuela a no sé dónde, imagino, viajo, no estoy... Y seguirá siendo así, aunque yo pise el freno de vez en cuando, sobre todo cuando sienta que sus manos empiezan a desobedecerle, que locas y sin control suben hacia mi cuello, sin orden ni educación, sin entender que una caricia puede producir más chispas que un cortocircuito, sin adivinar qué es lo que pone de verdad mi piel de gallina, sin intuir que lo que realmente excita mi imaginación son ese par de guiones de cine mudo que se esconden detrás de esos ojos casi negros, que me miran y me atraviesan, que me atraen a unos labios que quieres envolver para regalo. Y quizás todo sea que me asusto de mí misma, y que el freno sea un recordatorio de una amarga vacuna que un día clavé en su corazón, que no ha podido superar, que vive con él… Terminaba diciéndole que nadie dijo que iba a ser fácil, pero seguía pensando que quería su amistad, sus confidencias, sus problemas, que quería tenerle cerca, crecer juntos, y que si conseguíamos hacerlo sin sentirnos mal, o más aún, siendo capaces de que todos entendieran qué había entre nosotros si un día surgiera un mal entendido, habríamos tocado el cielo...

Las escaleras son de piedra antigua, con pasamanos de madera oscura. Desembocan en un antiguo patio de carruajes de empedrado blanco y gris que hace de zaguán y distribuidor. La escalera sigue bajando un tramo más, hacia una puerta pequeña que da paso a la bodega. A la derecha hay un carro de esos que se utilizaban cuando los bueyes eran los tractores del campo, de cuando cientos de manos de los lugareños hacían el trabajo de una sola de las cosechadoras de hoy. En las paredes de este espacio cuelgan cuadros casi irreconocibles, seguramente referidos a la cosecha, a la siembra, o al vino, así como otros restos de lo que parece había sido una activa casa de campo. He tenido muchas tentaciones de restaurarlos, de recuperarlos a la vida y a la luz, pero hay algo dentro de mí que no me permite alterarlos, que me invita a crear, no a modificar realidades ni personalidades. No los veo como un objeto estático, no son piezas, son vida misma, escenas en las que me sumerjo, pero que no puedo tocar.

Bajamos en silencio, tratando de pensar. La puerta de doble hoja, un viejo y gran portón de madera de nogal se abre con ruido a óxido, y es que el invierno pasa factura a los descuidos.

- Creo que sigues enamorada… ¿Y dices que lo has perdido para siempre?
- He perdido un amigo, sí. Creo que nos hemos conocido el uno al otro. Los dos lo sabíamos, y el poco tiempo en que esto ha ocurrido nos ha asustado. Descubrimos lo que había dentro del otro, pero sobre todo, dentro de cada uno, lo que pensábamos, lo que sentíamos y nuestras dudas. Todavía siento miedo sólo de pensarlo, pero no puedo olvidarle.
- ¿Se lo dijiste?
- Sí, pero no muy claro. Yo quería más, y pensé que podía hacer daño. Desde fuera, quizás se vea fácil el cortar con una situación así. He tenido otros amigos, y creo que incluso me he enamorado antes, pero nada parecido. Esta vez era especial. Este hombre buscaba que yo creciera, no que le quisiera. Jamás me pidió nada. Bueno, creo que una vez vino a por algo, y no le entendí hasta muy tarde. Salí a buscarle pero ya se había marchado... Creo que venía a firmar un acuerdo de amistad indefinida, sin límites, sin fantasmas, sin miedos. En fin, creo que he estado en mi sitio.
- El problema no es el ayer, sino el mañana: si viene por aquí, ¿abrirás o cerrarás? Se te ve atormentada... No creo que resistieras un envite, la verdad. Me da la impresión de que tus principios se han ido al traste por una temporada...
- Es posible… Hoy todavía no sé si lo he superado, ya me ves... Como te decía, ya me he enamorado antes, y en ambas, al terminar, lo pasé realmente mal por mí. Pero es que esta vez lo he pasado mal por él. Es un sentimiento inexplicable. Al no ser tú la víctima crees que será más fácil, pero es imposible curar algo que no te duele en tu propio ánimo, cuando sabes que has podido hacer daño. Simplemente no lo controlas. Puedes recuperarte de tu herida, pero duele más la suya. El que te abandonen no es nada comparado con el que tengas que tomar una decisión de este tipo: dejar ir al hombre con el que crees que podrías compartir el resto de tu vida…

- ¿Por qué crees que le has hecho daño a él?... ¿Estás de broma?...

Hago una pausa. Cojo aire y lo expulso. Isabel enciende otro cigarrillo, es el sexto esta mañana. Creo que sí le hice daño, nos hicimos daño…Tuve que cortar en seco. Hablamos mucho, le recuerdo como algo inolvidable. Era feliz, y me hacía sentir feliz. Dio ilusión a mi vida. Cada vez que le veía, era como una tormenta de verano, de risa, de ilusión y de felicidad, una tormenta mágica, mis lágrimas se volvían saladas de amor cada vez que se marchaba.

- ¿Has vuelto a hablar con él, verdad?
- Claro. Volvió a llamar...
- Es extraño, hablas como si todo hubiera terminado entre vosotros...

Voy y vengo, en todo, como en esta conversación. Sé de la imposibilidad de terminar con su amistad. A pesar de que he intentado aumentar las distancias entre nosotros, cada vez que hablamos parece que llevamos juntos muchos años. Mide muy bien sus movimientos y no me deja elección. Pero es que todavía le necesito. Pero es que no puedo decírselo... Pero es que le quiero con el alma... Yo no le llamo, pero si me encuentra, me siento rozando la felicidad. Estoy harta de amigotes que no buscan más que rollos fáciles y rápidos…Es fuerte y yo me dejo llevar por él. No lo sé, es profundo, y me vuelve a encontrar, me sorprende, tiene respuestas sencillas a dudas difíciles, pone mi cabeza en órbita; cinco minutos después él se deja llevar y creo que soy yo entonces la que le da esa fuerza, o esa idea genial que le sorprende.

- Vuelven a brillarte los ojos, Julia... Y has vuelto a verle, claro…
- Sí, pero fue casualidad.
- Ya... Dicen que las casualidades no existen...
- Eso es lo que pensé aquella tarde.

Casualidad y sentimiento se abrazaron... Desde por la mañana tenía el presentimiento de que nos íbamos a encontrar. Era muy fuerte la tentación de salir a pasear. Comencé a andar por la ciudad, con la excusa de ir a ver el ambiente del centro. Estaba agitada, no sabía cuándo ni dónde, pero le sentía cerca. Y allí apareció, caminaba por la otra acera con su mujer, cruzando hacia mí. Y yo paralizada, pero temblando. Estuve en mi sitio...El volcán trataba de convertirse en iceberg... Su mirada fue un poema mudo, no la olvidaré jamás, esa mirada... Transparente, deja ver todo a su través. Para los que no le conocen infunde respeto, un muro insalvable. Para mí es tierno y sencillo, directo, de esos hombres que ya no quedan. Creo que durante ese tiempo encontró una vía de acceso a mi interior, y la brecha eran mis propias dudas. En cuanto abro mi corazón y entra a fondo en las raíces de mis problemas, le atrapo. Y me cautiva.

- ¿Hablasteis?
- Te puedes imaginar... Diálogo de circunstancias…

Al despedirse me dio un beso en la mejilla que no he olvidado... Creo que se llevó algo de mí, o por lo menos lo intentó, y yo me propuse que se lo llevase, y creo que los dos pensábamos lo mismo...

- ¿Así que dos gigantes…?
- Sí, pero uno descubrió una inmensa grieta en un iceberg, todavía cálido, que encontró a su paso… Creo que mi olor le atrae... Aquel día llevaba una colonia que olía a quererle. Olía a amarle… Hoy creo que no huelo a nada ya, bueno espero… Porque a estas horas debería haberme duchado ya...
- Por mí no te preocupes, creo que voy a dar un paseo.
- Gracias Isabel… Me siento bien, la conversación me hace pensar.

Reflexionamos durante unos instantes.

- Háblame de David, ¿Cómo es?...
- Buenísima persona… – creo que mientras hablo de él me están brillando los ojos otra vez –. Algo cuadriculado quizás, pero con una claridad poco común en sus juicios. No es un erudito brillante, ni mucho menos, pero si le das unos metros para pensar, en la distancia y con margen para analizar, acierta en la diana. Si le fuerzas al cuerpo a cuerpo responde, pero es que destaca después de reflexionar. Cuando hablas con él parece una apisonadora: punto tras punto, conversaciones de días anteriores son reprocesadas, machacadas... No deja caminos sin andar...
- ¿Crees que de verdad se ha enamorado de ti? Hay algo que no entiendo en esta historia… ¿Qué es lo que os frena? No vais a ser los primeros ni los últimos con un conflicto de este tipo…
- Pues creo que sí se ha enamorado…. Es cierto que a veces lo dudo, pero lo contrario no tendría sentido en una persona como él. No actúa en balde... Pero también creo que quiere a su mujer. Parece que otra vez se puede estar en los dos senderos, que se superponen, que no son uno antes y otro después... Conviven... Y de hecho es posible que el origen de la infidelidad no sea más que eso, la pérdida de una referencia, dos caminos en uno...
- Bueno, algunos sólo quieren una canita al aire, probar algo nuevo, mira mi ex, empezó así y acabó cayendo en las garras de una mujer desesperada… Y ahora, aquí estoy, hablando contigo de cosas que nunca hablé con él...

La mirada de Isabel me produce una profunda pena, pero continúo como si no la hubiera escuchado...

- Sí, al principio pensé que éste podría ser su caso... Luego me enamoré de él. Se enamoró de mí. Entendí que era distinto, que estaba por encima de lo que había conocido antes. No había tenido hasta ese momento ningún amigo al que le gustase más entregarse que recibir, y te aseguro que este hombre es así...
- Quizá es tan sólo una estrategia de inversión a largo plazo, Julia...
- Dicen que sabe más el diablo por viejo...
- Oye, oye, guapa, no son sólo los años los que te permiten ver a través de su ventana. Cuando no tienes suerte ves de todo, y hay tanta mentira vestida de honradez y tanta fachada disfrazada de humildad, que acabas por no creerte ni nada ni a nadie.
- Pues hay que seguir creyendo, Isabel, hay que mantener el tipo... Estamos acabados si comenzamos a desconfiar de nuestra sombra, sin ni siquiera entender que es nuestro propio reflejo...
- Todavía eres joven. Y has tenido suerte…Madurarás.
- Mira, creo que ya soy algo mayorcita... Te reconozco que puede que tengas razón, que hay algo que no veo claro, pero es que todavía no sé ni lo que es…
- Yo sí… Mi impresión es que no te quieres enfrentar al daño que puedes hacer... que quizás has hecho ya…estás en tu burbuja…Vives en un sueño que sólo él y tú conocéis, pero que sabes que cuando salga al exterior te va a destrozar, y le va a anular a él…
- ¿Sabes lo que te digo? … Que me voy a duchar.
- Y yo creo que me voy a dar un paseo, me vendrá bien.

La tensión se ha sumado a la conversación. Ha entrado poco a poco, sin hacer ruido, nos ha envuelto como niebla gris en medio del mar, ya no distinguimos ni el faro… Isabel sale con caminar acelerado hacia el pueblo, mientras cierro la puerta inferior del portón, casi de golpe…

- ¿Volverás antes de comer?
- Si claro - responde mientras gira sobre sus pasos - ¿Por qué?
- Por nada en especial. Tengo ganas de cocinar... Ayer Jesús y Flora nos dejaron algo de carne y verdura... Creo que voy a hacer una paella...
- Estaré de vuelta antes de que empieces a prepararla, ya sabes que me encanta.

© Copyright 2007 John Keating

2 comentarios:

Mariano dijo...

- Estoy de acuerdo con Isabel en la falta de madurez de Julia, cuyos planteamientos son propios de una adolescente.
- No considero buen hilo conductor de una novela los detalles morbosos del corazón.
- Un escritor es, ante todo, alguien que tiene algo que contar y yo veo falta de historia y un abuso de sibaritismo que se recrea en las metáforas y los detalles.
No obstante, me está gustando y te sigo.
Un abrazo.
Mariano

John Keating dijo...

Mariano, gracias por seguir leyendo y por creerte la historia, que es lo que tus comentarios me transmiten. El que te pongas de parte de Isabel es un triunfo que me sabe dulce como azucar quemada...;-)

Como ya decía la semana pasada, no puedo escribir para contentar a todos los potenciales lectores, sino para mí, porque me hace pensar, me parece divertido meterme en determinados personajes y ver la vida desde varios ángulos. Eso es todo. No comparto, aunque respete, tu definición de "escritor"...Para mí escritor es el que escribe, y punto. La interpretación de si lo escrito aporta valor al lector o no, es subjetiva, y por eso unos venden libros y otros publicamos en un blog.... Si yo escribo hoy que 2+2 son 4, quizás no encajaría con tu definición de esritor, porque no contaría nada nuevo. En cambio, para alguien que está aprendiendo a sumar, o que está sufriendo una historia de desamor similar, lo que has escrito es quizás el plano de un tesoro... Mi estilo, mi forma de ver la vida, en general, es prestar atención a pequeños detalles, a gestos que vemos, pero que creo que muchos no ven, a forzar la mirada en un objeto hasta que eres capaz de describirlo de forma que te transmita sensaciones de las que no disfrutabas antes... Ese es mi estilo, Mariano, y eso es lo que estoy ofreciendo para que me paséis este tipo de comentarios, que me hacen meditar y mejorar, quizás no cambiar radicalmente, porque no creo que me gustase escribir de otra forma, pero si reflexionar.

Un abrazo fuerte, y mil gracias por conectarte cada Martes...

Juan