miércoles, 19 de diciembre de 2007

5.- Agua sin Agua

Me quedo pensativa, apoyada en la puerta, analizando la mañana en la que me he sumergido. Desde luego, no es un mañana más. Me pregunto cómo puedo terminar con David... Pienso en él una y otra vez. La conversación con Isabel me ha traído demasiados recuerdos de días inolvidables... Sin embargo creo que ahora lo veo más claro. Agacho la cabeza y apoyo la frente sobre mis brazos que descansan en el portón, con los ojos cerrados. Me creo fuerte, sí, pero esto ha sido demasiado... Sonrío. Estoy hablando sola otra vez...

Cierro la puerta y subo los primeros peldaños de la escalera de un salto, con cierta agilidad robada al gimnasio en la tarde de los martes y los jueves. Enciendo el viejo calentador de agua y me subo algo las mangas de la bata para aclarar las tazas de café y el cazo. El fregadero está debajo de la ventana; pasar un rato allí, disfrutando del paisaje, aunque haya algo que lavar, es un descanso para mi agitada cabeza. La presencia de las montañas me invita a desarrollar la imaginación... Una excursión con él, nada especial, sólo verle, y charlar, y una mañana de senderismo por la Sierra de Trenzas, y luego un buen bocadillo, y luego un poco de vino de la bota, y luego hablar hasta el amanecer... Daría lo que fuera porque mi sueño se hiciese realidad...
Con cierta melancolía me seco las manos y me dirijo al dormitorio. En el fondo sé que no puedo darle ni una sola oportunidad, sé que se trata sólo de una fantasía alimentada por la necesidad egoísta de tener a alguien a mi lado, aunque fuera pasando por encima de otros... Si bajo de la nube, realmente veo claro que la situación no tiene ningún sentido, pero el sentimiento va y viene, demostrándome que no sólo con la razón voy a vencer el deseo de verle... Mi obsesión por él es de tal intensidad que arrasa a la lógica, derrota al análisis más básico y superficial que se puede hacer de una situación tan malditamente complicada.

Descuelgo una camisa blanca con bordados en los costados, con la que me siento muy cómoda; saco también del armario unos pantalones vaqueros que adoro - ya casi blancos del uso - y por último las zapatillas de deportes. Con el albornoz rosa colgando del brazo me acerco al equipo de música, y lo enciendo, a volumen suficientemente alto como para oír la música debajo del agua. Cuando llego al baño me detengo en seco... Hace tiempo que no escuchaba esta cinta. Me la regaló una noche frente al mar. Frente a estas costas que nos llenaban de vida. Frente a nosotros mismos. Frente a frente. Fueron tardes frías de cafés y de poleos-menta, pero sobre todo de reconciliación, después de algunas conversaciones agitadas, de cenas confusas, de posiciones aturdidas. Días de contratos no firmados y de máscaras no arrancadas. Días de frío y calor. Finalmente nos encontramos. Hablamos. Leímos. Nos aconsejamos… Todo pasó en muy poco tiempo.

La música ya está sonando. Son tan sólo un puñado de canciones, pero todas recogen sensaciones vividas, próximas, o quizás sólo era eso lo que queríamos pensar... Para mí es una cinta mágica. Me transporta al faro, al castillo, a la playa, al restaurante donde casi a hurtadillas nos encontrábamos, al coche, al teléfono, a la fría pensión desde dónde le hablé de amor mientras ya me picaba todo el cuerpo sólo de pensar en el tugurio dónde iba a pasar la noche. Apago el equipo y me acerco al teléfono. Estoy a punto de marcar su número, pero una vez más mi coherencia interna triunfa. Lo dejo. Ya me alejo, medio triste, medio serena, medio persona, medio partida, cuando éste suena... Me detengo un instante. Rezo por volver a oírlo. Y vuelve a sonar. Me acerco y descuelgo...

- ¿Sí, dígame?
- ¿Cómo estás, Julia?
- Muy bien, estoy muy bien, David. Cada vez mejor...
- ¿Qué vas a hacer hoy?
- Nada en especial, creo.
- ¿Seguro que estás bien? Te noto la voz algo tomada, como triste...
- Estoy relajada, un día de vacaciones, eso es todo. He tenido una larga conversación con mi hermana...
- Espero que todo vaya bien... ¿Qué plan tienes?
- Te decía que nada en particular, pensaba comer en casa...
- Tenemos que hablar… Tengo muchas ganas de verte...
- David, trata de no ponerme las cosas más difíciles, por favor. Creo que se está empezando a jugar con los sentimientos de una manera injusta para uno de los dos. Te agradezco la llamada, pero trata de no hacer más daño, por favor...

David hace una pausa. Tan sólo unos instantes, pero suficientes como para comunicarme su desasosiego tras el mensaje que le he enviado.

- Eres bastante dura, Julia... Creo que no eres justa, que no valoras objetivamente quién ha salido fortalecido realmente de nuestra amistad…
- Esto no es para hablarlo por teléfono, David.
- Eso es lo que te decía, Julia, quería verte…creo que voy a dejar a Marta...

La pausa es ahora mía.

- Ya... crees... Me parece sólo una tontería más, David…
- Por favor, déjame ir y lo hablamos…
- No lo sé… Bueno, quizás… Isabel estará aquí….No sé… De acuerdo, vente a comer y lo hablamos más despacio. Iba a hacer una paella. Dentro de una hora empezaré a preparar el fuego. Mucho ojo con la carretera... ¿Te acuerdas del camino?
- La verdad, no muy bien, sólo he pasado una vez por allí, y era de noche…
- Vaya memoria… Mira, antes de entrar en el pueblo, verás un roble bastante grande; justo allí, a mano izquierda comienza el camino de tierra que lleva hasta la casa, a unos trescientos metros... No tiene pérdida.
- Dentro de una hora estoy por allí. Cuídate.

Cierro los ojos. Cada vez que termina una conversación, cada vez que me escribe, siempre, al final, David añade esa palabra. Resuena como una bendición en mi interior… Cuídate... Me pregunto a menudo por qué pone tanto interés, pero la verdad es que me vuelve loca que a alguien pueda preocuparle tanto mi vida... Sin embargo estoy algo agitada. Voy a volver a verle después de una temporada de aislamiento, que me ha parecido una eternidad... Le echo de menos... Llega la prueba definitiva. Hasta ahora era él el que tenía que tomar la iniciativa, como en una partida de ajedrez; y me da la impresión de que ha hecho jaque a la reina... Y yo tengo dos opciones, o comérmelo, o huir… Seguir huyendo o ceder. La duda es compañera habitual, pero esto no es una alternativa u otra, es mi vida la que está en juego…

Pienso en él, mientras el agua caliente ya recorre mi cuerpo y la espuma de jabón, que instantes antes había cubierto mi piel, escapa ahora por el desagüe de la bañera, lentamente, burbuja tras burbuja, sin prisas… Me siento a gusto debajo del agua. Es como estar con él, imposible de atrapar pero una odisea su ausencia; refrescante, pero temporal; alegre, pero que se debe compartir... El tiempo parece no correr; los pensamientos en cambio - recordando aquella noche, aquel amanecer, aquel sueño - a toda velocidad... Me pregunto, disfrutando del agua, ahora más templada, por qué no habíamos llegado hasta el final, en un claro reproche hacia algo que no tenía ya solución... No era todo sueño, la verdad, había una mezcla de fantasía y ojos cerrados, pero no dormía… David me cogía de las muñecas, encima mía, yo me retorcía y trataba de morderle, pero sin llegar a tocarle... Quería alcanzar sus labios, pero no llegaba... Él aguantó hasta que yo estaba casi exhausta y entonces empezó a recorrerme el cuerpo con la mirada, con la mía clavada en sus ojos, llamándole a gritos, deseando atraer sus labios...Éstos me pasaban rozando por la comisura de la boca de vez en cuando, sin dejarme cogerlos del todo... Bombardeó mi cuello con un par de besos de olor profundo que me hicieron cerrar los ojos… Pensó que me sobraba toda la ropa, así que me desabrochó los tirantes del vestido… Quedaban mis hombros al descubierto, y la blusa desabrochada y despejada un par de botones... Me apartó el pelo de la cara, dejando mi cuello y los hombros a la vista… Creo que me observaba como si fuera una diosa, y yo estirándome y tratando de que me soltara para que yo pudiera descubrir también algo de él...En ese momento aflojó su presión, mis manos no sabían qué hacer, no estaban acostumbradas a la libertad, así que lentamente empezaron a desabrocharle la camisa, botón a botón, mientras él acariciaba mis hombros, mi cuello, marcando con su dedo índice el perfil de mi cuerpo, bajaba por mis brazos y subía otra vez al cuello, yo retaba la legalidad con movimientos para que se desviase, para que condujese en dirección contraria, ebrio de mí… Pero algo pasó. Todavía pienso en ese instante, los dos nos quedamos paralizados, fríos, la temperatura ambiente recuperó su nivel original, y nos incorporamos en el sofá, con algunas caricias y abrazos, robándonos algún beso, pero dejándolo ahí…Amanecía ya, quizás fueron los primeros rayos de luz del día los que, en lugar de calentar, aportaron frio a la escena y nos presentaron con toda claridad nuestra realidad… Fue la última vez que salimos juntos, y creo que no nos hemos recuperado todavía de aquello…

Me enfrento como cada día a la prueba de encontrarme con el espejo. Está aún cubierto de vaho, el rocío del alma, como mi madre lo llamaba. Una vez, todavía siendo niña, pregunté el por qué de aquella metáfora, contándome mi madre una historia, que afirmaba cierta, sobre una bella mujer abandonada por su prometido pocas fechas antes de su boda... La narraba una y otra vez, con voz grave y algo triste, mientras yo la escuchaba con los ojos ilusionados y brillantes como estrellas fugaces, apoyando suavemente mis dientes en el labio inferior, las manos abrazando el delgado brazo de mi madre, la cabeza apoyada en su hombro... Decía que, la mujer, destrozada por el amor que sentía por él, se encerró en su habitación y comenzó a llorar, y que lloró toda la noche… Y que a la mañana siguiente, la mujer no contestaba a la llamada de abrir... Forzaron la puerta para entrar, pero no la encontraron... Sólo había vaho en el espejo de la cómoda…

Una vez he terminado de secarme las últimas gotas de agua, me organizo el pelo con una cinta blanca que una vez apoyada en la frente, paso rápidamente por detrás, descubriendo a la luz mi afilada fisonomía. No sé si es el foco o la luz que se cuela por el ventanal de pavés que ilumina el baño, pero me veo radiante por fuera, y agitadísima por dentro. Creo que tengo ciertos encantos, que bien dosificados, puede que sea lo que guste a hombres y a mujeres. Me veo atractiva y esta sensación me hace sentir bien. Son ya treinta años, como tantos soles, y como lunas también... Es sólo la primera renovación del carné de conducir, Julia, vamos, adelante, que eres una niña...

Suelo comenzar a maquillarme con una ligera capa de base, para luego completar con muy poco colorete, lo justo para dar la sensación de no ir muy retocada…Una pincelada de sombra… Trazo la raya, como lo hago desde hace años, con un estilo que remarca y alarga la forma de mis ojos, prácticamente con sólo pasar el lápiz por el surco. Me peino con la ayuda del secador y escojo el frasco de agua de colonia que me puse la última vez que le vi... Cada paso es rápido y decidido, un proceso armonizado y perfeccionado con el paso del tiempo... Creo que pocas obras de la vida se meditan tanto, se analizan más, que el de restaurar el paso de los años sobre la piel de una mujer... Me da la impresión de que pocas labores se desempeñan con semejante destreza. Es como pintar cada mañana un cuadro, que alguien podría pensar que es siempre el mismo, pero que no es así: cada día es un brillo distinto, una pequeña arruga que asoma y que hay que combatir, una luz, una cana, una sombra que no encontramos, un estado de ánimo que varía con los días, con las estaciones, con yo qué sé… Son miles de cuadros al final de nuestra vida, y cada uno más esforzado que el anterior, casi una condena, porque una vez alcanzado un punto de exigencia, un reconocimiento de verte bien, ese nivel te obliga a mejorar ese mínimo en tu siguiente reto al espejo, y no puedes bajar de ahí…

Termino ya de arreglarme, y le sigo dando vueltas a la situación. Reflexiono, otra vez, sobre lo que va a ocurrir. No estoy segura de que pueda dejarle venir. David debe elegir su propio camino, definitivamente, antes de que yo pueda darle esperanzas, antes de forzarle a tomar una decisión. Pero el deseo por verle es muy fuerte... Dudas como pecados, decisiones con penitencia: voy a por el teléfono y marco con cierta ansiedad, sabiendo que mi voz sonará distinta ahora. Cuando me lavo la cabeza y permanezco mucho tiempo debajo del agua caliente, el tono de mi voz se hace algo más nasal, como si estuviera acatarrada. En realidad es sólo un efecto temporal del vapor de agua, pero creo que me gusta remarcarlo, o al menos no ocultarlo. Quizás, una vez más, el dar una oportunidad para que alguien se preocupe por mí me fascina, un punto más de mi egocentrismo, para saltar otra vez, rápidamente al paso con el ya clásico: “estoy bien, muy bien”...

- ¿David?
- ¿Julia? Sí, dime...
- Mira... No puedes venir. Lo he pensado mejor, no puedo verte. No debo. Entiéndelo, es una cuestión de coherencia.
- No te comprendo...
- No sé si necesito que lo hagas; quizás ya no importa...
- Creía que habías dicho que teníamos que sentarnos uno frente a otro, no por teléfono. Por mi parte, yo sólo quería hablar, compartir contigo mi punto de vista y las consecuencias de mi decisión, sólo pasar una tarde contigo. Necesito hablar con mi amiga Julia.
- Mira David. No lo pienses más. Somos adultos ya y tú eres inteligente... Sabes que no puede ser. Tienes a alguien más a tu lado, alguien a quien tienes que dar no una, sino mil oportunidades. Por favor, no me lo pongas más difícil de lo que es. Soluciona primero tus luchas internas, tus conflictos, y trata de salvar todo lo que has creado y en lo que has creído hasta ahora... No puedes tirar una vida, mejor dicho varias vidas, por la ventana. Antes o después te llegaría el día en el que bajases a la realidad, y te aseguro que no me gustaría estar a tu lado en ese momento...

David no dice ni una palabra. Es como si no estuviera al otro lado.

- ¿David?... Creo que me daré una vuelta por la playa, necesito aire fresco…

Hay otro largo silencio... Creo que ambos pensamos en mis últimas palabras... Y ambos sabemos que tengo razón. Y ambos queremos pensar que estoy equivocada. La lógica y la fe parece que triunfan sobre el corazón, una vez más...

- Me parece bien, quizás necesites pensar... Tú verás.
- Él decide seguir soñando, ella decide no soñar nunca más... Esta película no es nueva, y no aporta nada a nadie.
- Hasta luego, termina David - que me cuelga bruscamente.

© Copyright 2007 John Keating

2 comentarios:

Mariano dijo...

Como ya comentamos, creo que el acto de maquillarse en las mujeres tiene más de mecánica que de arte y filosofía.
En líneas generales pienso que al relato le faltan anzuelos que atrapen al lector, pero, por tratarse de una opera prima, también pienso que el trabajo tiene muchísimo mérito.
Muy bien Juan, te sigo.
Mariano

John Keating dijo...

Digamos entonces que el maquillaje es arte y filosofía... mecanizados...

Ya os advertí que esto no era una novela de acción ni de ganchos... Creo que mis lectores son inteligentes, y algo habrá aquí dentro, que trata de asomar, pero que no entenderás seguramente hasta que acabe la novela...Dale tiempo...La trama es sólo una excusa para describir la casa, las escenas que observas, los objetos...los sentimientos.

Un abrazo,

Juan