miércoles, 19 de diciembre de 2007

6.- Roca y Agua

Estoy hundida. Y sola. Puedo hablar de esto con muy pocas personas: creo que Isabel, y para de contar. Acabo de dejar abandonado a su suerte a mi cómplice de quiebros a la vida… No sé dónde esconderme. No estoy preparada para esto. Mi corazón late veloz. Toda la montaña rusa, todo el castillo de arena, está a punto de venirse abajo, de desmoronarse irremisiblemente... Siempre he creído que la depresión no me afectaba. Todo lo contrario. Presumo de crecerme ante situaciones que podrían haber destrozado a otros... Cualquier resquicio es aprovechado para dar un sentido positivo a la lucha en la que me encuentro. Pero esto me empieza a superar...

Llego a la cala a media mañana, con el sol a punto de alcanzar su cenit, enviando un grito mudo de luz. Las olas ya devoran las rocas, y aprovechando la lucidez del día, encierran parte del sol en su interior creando una amalgama de colores vivos, sonidos repetidos pero alegres y olores frescos a sal. Las rocas, que durante la noche que estuve allí con David estaban ocultas por el agua, quedan ahora, con la marea baja, al descubierto, mostrando toda su desnudez. Me recuerdan a él... Y a mí. La base del iceberg al fin sale a la luz, y todo lo escondido, a flote... Todas las imperfecciones, y las contradicciones, y los puntos más débiles, son ahora evidentes, ante la realidad del día, ante la sinceridad de la luz, ante la carencia de silencios... Me encuentro perdida, pero lo peor de todo es que no sé por dónde empezar a buscarme... Me siento en una cómoda silla de mimbre delante del mar, y pido un vaso de vino. No bebiendo muy a menudo, ni en grandes cantidades, el vino me hace bien. Me ayuda a poner las ideas a trabajar, me proporciona esa chispa de lucidez, necesaria para organizar mi, casi siempre, confuso pensamiento.

Así comienzo a pensar. Así empiezo a trazar unas líneas. No sé que es primero, porque la mano decide trasladar el carboncillo de izquierda a derecha y de arriba abajo, prácticamente sin control, dibujando imágenes ordenadas y con tal sentido, que, a veces, hasta me asusta. Siempre me llamó la atención lo fácil y lo difícil que es conseguir la inspiración: dentro de ella, te da la sensación de que has estado siempre buceando en su interior, que es natural, que está en tu alma y que no tienes más que chasquear los dedos suavemente para que aparezca; sin embargo, cuando estás fuera, es como vivir en un laberinto del que quieres salir, pero que no sabes cómo, y que te desespera, porque nunca recuerdas la salida, y siempre te tropiezas con las mismas paredes. La pintura me hace pensar… Me gustaría empezar a dedicar el tiempo a controlar mi vida, a decidir cómo y con quién quiero estar, dónde vivir, dónde pasear, con quién jugar a las cartas, y con quién comer, a quién conocer, a quién borrar, qué página pasar, qué libro releer... La vida me hace esclava de la vida: hay sentencias no dictadas por jueces y bendiciones no santificadas por Jesús... Dentro de mis dibujos, en cambio, el tiempo no existe, nada es imposible, todo puede ser... ¿Cómo he podido estar tan ciega? ... Dibujar para pensar, pintar para ser...

Él ya no está conmigo. Es más que vacío. Es otro bache en mi vida, y lo sé. Soy consciente de la encrucijada en la que me encuentro. Sé que tengo que hacer algo, y no puedo equivocarme... Reflexiono sobre la imperfección de mi vida, sobre la relatividad de mis triunfos o la artificialidad de mi fulgurante carrera... Una corta pero intensa vida profesional, que ahora, desde el agujero, percibo como la nada, como una absurda pérdida de tiempo, una esclavitud moderna, una vida de color gris. El trabajo no es nada, la vida no es nada... La imagen de una mujer negándose a sí misma es desgarradora, observándome a mucha distancia desde mi interior... Todo lo conseguido hasta ahora entra en una gran interrogación. Soy conocedora de que esta tensión no la voy a soportar mucho tiempo... Pero no puedo precipitarme... Voy por buen camino... Comienzo a llegar dónde quería... He aprendido de otros que una vez en el fondo, las cosas sólo pueden mejorar.

Nunca he creído que esas historias de depresiones, altibajos morales y derrotas mentales, pudieran llegar a ser compañeras de viaje. Nunca conmigo. Las he tratado de esquivar toda la vida, a veces me dicen que con insultante vitalidad, aunque creo que quizás no es más que otra frágil careta de defensa. Trato de discernir entre hechos y sentimientos, separar la lógica del corazón, una vez más, aislar realidades de sensaciones... Hago una pausa en mi agitado pensamiento para revisar lo dibujado hasta ahora.

Y observo en el papel, y en la realidad, la fractura de la ola contra el acantilado... Y entonces lo entiendo… Yo, más fuerte, resistente, estática e inmóvil en mis principios; fría, pero ardiente una vez en mi interior. David, variable, voluble, aparentemente estable pero con grandes contradicciones y corrientes ocultas, con inagotables energías y deseos de alcanzar y tocar la roca, pero sólo rozándome, sin entrar realmente dentro de mí. Rompiendo con fuerza, una vez tras otra, llamada tras llamada, mensaje tras mensaje, intenta hacerme sentir algo, pero en realidad ni siquiera me inmuta. Trata de darme la vuelta, penetrando por alguna fisura caprichosa escondida: misión imposible ante semejante fortaleza inexpugnable… Tan sólo consigue erosionar pequeños e insignificantes granos de piedra que, uno tras otro, van depositándose en la pequeña playa, manteniéndose inaccesibles, salvo cuando la ola que ya pierde su fuerza, se filtra por la arena, y ahí nos encontramos, aunque fugazmente. Cuanto más me hiere, más me endurece y menos botín obtiene en los sucesivos envites… Y parece que escucho las palabras de David… ¿No oyes cómo llora el agua al chocar contra la roca? ¿Es que no ves que lloró, no ya por no poder tocarte, sino por no rozarte siquiera? ¿No sientes como tiemblo al abrazarte?

Comienzo a pensar en voz alta, otra vez. Es un estado pasajero, pero muy doloroso. Respiro con cierto alivio. Y sin embargo no soy justa del todo. Durante los últimos meses, David ha sido un ejemplo de un amigo batiéndose el cobre por sacarme fuera del hoyo donde me encontraba, casi hundida. Ha conseguido que crea en mí misma, que me demuestre y me crea que soy una mujer especial, que puedo salir airosa incluso de las situaciones más desfavorables... Me ha dado algo más que una ayuda. Se ha entregado él mismo y yo he surgido radiante y triunfal. Pero ha puesto demasiadas energías en el empeño. Y ahora es él el que está hundido. Creo que me ha llamado para levantar una voz, darme una señal de alarma, pero yo no he respondido. Nunca se ha encontrado en semejante situación. Solo. Y por estar solo quizás ha buscado en su interior y puede que haya encontrado lo que nunca antes había tenido que perseguir. Quizás se ha encontrado a sí mismo. Tal y como realmente es...

Estoy convencida de que David siente una gran satisfacción por el trabajo realizado. Nos habíamos conocido hacía ya muchos años. Un encuentro casual, pero que no pasó desapercibido para ninguno de los dos. Algo especial. Luego los amores de juventud parecían encajados al tresbolillo en nuestras vidas, salíamos y entrábamos de relaciones, la mayoría con amigos y amigas comunes, pero nunca coincidíamos los dos libres... La llama la habíamos visto, y sentido, desde el momento en que hablamos por primera vez. No lo identificamos como flechazo pasajero ni como caprichoso romance, pero más tarde ambos reconoceríamos que la atracción fue mutua. Los últimos años de su noviazgo, pero sobre todo, la boda, nos distanciaron. Pasado un tiempo, quedamos a comer, y luego un atardecer, era otoño... Recuerdo el paseo, juntos, por un pequeño puerto dónde una botella de clarete había hecho de las suyas, dónde por primera vez sentí una fuerza invisible, atrayéndome hacia él, que casi me asustó... David no paraba de hablar, quería contarlo todo en una intensa sobremesa, temía que me pudiese marchar sin algo de él, muchos años perdidos para recuperar en una noche tan sólo... Ya de vuelta, anocheciendo, pasamos por la casa de San Vicente, pero no entramos, sólo yo un momento para asegurarme de que todo estaba bien cerrado... David me esperó en el coche, creo que dudaba ya…

Unas semanas más tarde nos encontramos en la playa, en mi playa... David había quedado en darme información, y ayudarme con un caso en el que llevaba atascada un par de meses, y allí acudió con un montón de folios y libros. Yo le preguntaba con malicia la motivación de todas aquellas ayudas... No sabiendo ser sincero, se justificó por su extrovertido y desprendido carácter... Nos caíamos bien. Nos felicitábamos las fiestas y los cumpleaños, pero eso era todo.

Cuando perdí a mi madre, se acercó... Creo que tenía la virtud de aparecer en los momentos más débiles y difíciles. No quiso hablar. Ni siquiera se aproximó a darme el pésame. Simplemente estuvo allí. Y días más tarde fui yo quien le llamé. Para justificarme, una excusa infantil... Volvimos a charlar sobre mi madre, sorprendiendo mi tristeza con unas inesperadas palabras de alivio, que abrieron mi corazón:

- Mira Julia, todo lo que nace, muere. Es la naturaleza de nuestra existencia. Pero sin piensas lo difícil, lo casi estadísticamente imposible que es nacer, y lo evidente que es morir, todo tiene más sentido. Mucho más. La oportunidad que ha tenido tu madre de hacer cosas buenas por los demás, por tu familia, por sus amigos, por ti, debe compensar tu dolor. Además, es pasajero... Y tú todavía estás aquí. Aprovecha tu tiempo... No creo que tu madre te quisiera ver triste… En el fondo se queda dentro de ti, no se va, y debes mantenerla viva, sin tristeza, como a ella le gustaría verte.

Los dos sabíamos lo que empezábamos. A partir de ese momento se sucedieron los mensajes, las ayudas, los consejos,... A ratos pensaba que estaba yendo demasiado lejos. Dudaba, pero era feliz al mismo tiempo. Sufría, pero era la amistad, el amor, más importante de mi vida, aunque realmente nunca supe identificar la frontera entre una y otro. Al final de cualquier momento de duda, brotaba, como agua de manantial, su fuerza, y respiraba feliz. El balance era que, una mujer, abocada a un mal momento, destrozada tan sólo unos meses atrás y buscando refugio en el único cobijo que le quedaba, una fe confeccionada a la medida, salía hacía delante, despegaba.

De vuelta a casa, sigo algo triste. La lógica, mi lógica, ha vuelto a triunfar, muy a mi pesar. Estoy harta de tanta derrota del corazón, que hasta ahora no me ha llevado realmente a ningún sitio, aunque estoy convencida de que es el camino. Pero ¿hacia dónde? ... Reflexiono. Sola. Ya estoy acostumbrada. Siento las sacudidas fuertes de la corriente hiriendo mi corazón a fondo, y cuando David – pobre diablo – pensaba que ni me rozaba siquiera... Y yo quería más agua... Tengo mucha sed de él... Le amo con todo mi corazón, pero no puedo decírselo... He olvidado mis tragedias, mis disputas y mis planes de trabajo, mis cursos y mis idiomas, mis novios y mis amigas... Es él... Sólo él llena mi vida y le da sentido. Él me ha hecho surgir del fondo para volver a ser lo fuerte y sólida que era. Incluso algo más segura, más madura, lejos del valle de las excusas... También más sólida. He recobrado mi confianza y mi energía... Y todos mis amigos y amigas lo han percibido. Y mi familia se ha dado cuenta. Pero es nuestro secreto. Un secreto a voces dentro de nuestros corazones, que ambos guardamos como los días más felices de nuestras vidas. Me sorprende que ni siquiera mis mejores amigas, las de toda la vida, sepan nada. Incluso he inventado excusas para justificar mis citas con David, casi travesuras de quinceañera para tratar de esconder un amor imposible de mujer madura.

© Copyright 2007 John Keating

2 comentarios:

Mariano dijo...

Bueno...gramáticalmente debes cuidar los tiempos verbales porque mezclas, en alguna ocasión, pretéritos con presentes indicativos, volviendo a los pretéritos.
Clínicamente hablando creo que Julia está con una incipiente depresión endógena, por lo que antes de acostarse, debería tomar Seroxat y Dormodor; también, si hay tensión muscular, que recurra al Valium. Tal vez en pocos días se le caigan las gafas de sol que lleva puestas y pueda ver la realidad desde una perspectiva más optimista.
Durante la lectura, en ocasiones, percibo como si el autor haya experimentado los sentimientos que describe, sabiendo salir a tiempo de los mismos. De no hacerlo, lo confieso por experiencia propia, la espiral de dolor que se genera en este tipo de obsesiones es totalmente indescriptible.Siempre queda la esperanza de pensar que el dolor es la piedra filosofal del auténtico amor.
Muy bien Juan, te sigo.
Mariano

John Keating dijo...

Gracias Mariano, tomo nota. He tratado de utilizar el pretérito sólo cuando se trata de acciones que se recuerdan, pasadas, pero lo revisaré porque seguro que hay erratas.

Respecto a tu último comentario, soy de los que piensa que no es siempre necesario sufrir un sentimiento para contarlo, ni ser capitán pirata para describir un abordaje: si eres capaz de observar, imaginar, y leer en los ojos, las manos, la expresión del que sufre, o lo que debe sentir ese capitán, creo que no es muy complejo tratar de describir lo que está pasando. Así que a partir de ahí sólo es tirar del hilo y dejarte llevar...

Gracias por seguirme.

Juan