lunes, 31 de diciembre de 2007

7.- Los Preparativos

Ya con la ropa de trabajo, como me gusta llamarla, bajo a la leñera a recoger troncos y ramas secas de naranjo. Justo enfrente de la casa me distraigo con el paisaje... Realmente la mañana es especial, llena y redonda... Algo melancólica, todavía, observo el valle, los pájaros, los árboles, el viento invisible que los envuelve a todos, su sonido. Quizá los dos al mismo tiempo, pensando en las horas vividas juntos, seguramente recordándonos, recreándonos en las alegrías, en las luces y en las sombras, con frío y con calor... Imagino que está en la playa, pensando en su próximo movimiento...Y lo curioso es que a él lo que le gusta es el campo, la tierra, el olor a hierba y a arado, a vid y a puerro... Y a mí lo que me gusta es el mar, el olor a sal y a agua, a roca y a algas…Y vuelvo a sentirme enamorada.. Y vuelvo a recordar que es imposible...

Selecciono cuidadosamente los tamaños de madera a emplear: leña pequeña y menuda al principio, para encender y también para avivar el fuego poco después, justo al echar el agua; leña más gruesa para freír la carne y la verdura, a fuego muy lento, pero fuego maduro, que permanezca durante el hervor. Me entretengo observando las caprichosas figuras que la leña y las ramas dibujan... Me pregunto el por qué de aquellos quiebros de la naturaleza, retos a la gravedad, ironías del sol y de su luz, de su calor y su amor, de su ternura y su amistad, traiciones de la humedad y su frío, de sus heladas y sus egoísmos y de las generosas raciones de sed apagada... Me siento rama también, y entiendo mejor las formas quebradas, la tortuosidad de sus nudos, y las abrazo con más cariño, como si sujetase a un recién nacido...

Veo venir a Isabel... Ya casi me había olvidado de ella, pero me alegra volver a verla...

- ¡Hola, Julia!.
- Hola... ¿Me ayudas con esa leña?
- Claro, mujer. ¿Dónde hay que llevarla?
- Hace un día increíble... ¿Te parece que hagamos la paella en la barbacoa de atrás?
- Muy bien... Te sigo viendo afectada... ¿Ha pasado algo?
- Sí. Me ha llamado, he hablado con él. Quiere dejar a Marta, quería venir a contármelo. Pero no puedo tentarle más.
- Pero ya lo has hecho...
- Sí, pero al menos ya sé que no quiero seguir hurgando en la herida... El daño hecho, hecho está... Y sé que no quiero seguir así. No sé por qué me complico la vida con un hombre como él... ¿Qué es lo que he estado haciendo…?
- Quizás buscabas su madurez, que no es fácil de encontrar entre los hombres más jóvenes... No es que esté justificando tu actitud, pero ya con treinta y tantos años, imagino que las personas, las conversaciones a las que aspiras tienen cierto peso, cierta profundidad, estás buscando la persona de tu vida, tiene todo el sentido...
- Quizás...
- ¿Va a venir?
- No, no puedo verle más.

La brisa comienza a soplar y mueve mi pelo, que el color negro parece pintar. El sol está en lo más alto y la temperatura agradable hace de la mañana un lujo de la vida. Observo las pequeñas flores crecidas en un duro invierno, que al abrigo de unas caprichosas rocas han sobrevivido y se desperezan con cierta lentitud, como no creyéndose que el calor de la mañana va con ellas. Algunas todavía tiemblan con el rocío que aún resbala por la roca, temerosas de que se les venga encima... Y una gota cae sobre una flor... Y parece que la flor se siente bien... No es tan malo, al fin y al cabo... Incluso puede que calme su sed y sus miedos... Y no pasa nada... Y la flor se levanta más fuerte...

- ¿Y si fuera flor, en lugar de roca?
- ¿Cómo dices?
- Nada cosas mías, no sé dónde quedarme...

Sonreímos. Estoy encontrando en mi hermana mi cómplice, una amiga que no tenía cerca desde que comencé a distanciarme de David... Él se había convertido en una necesidad, mucho más allá que la alegría generada cada vez que sonaba el teléfono o abría sus mensajes... Algo que me confundía interiormente...

- Te va a costar olvidarle…
- Creo que ni se imagina. Trataré de ocultarlo...
- Si estuviera aquí, no podrías...
- No te preocupes, veo claro nuestro futuro... quiero decir la ausencia de él, eso es todo...Esta mañana observando el mar…Creo que lo he entendido... He visto la luz que lo envuelve todo, y no sé, he pensado… Y me parece que incluso más de la cuenta…
- Eso no es malo… ¿Y a dónde has llegado?
- Bueno, pues la verdad, es que a veces me veo como un iceberg, roca y agua a la vez, a veces como volcán, roca y lava al mismo tiempo, a veces fría y gélida, a veces cálida y abrasadora... No sé, me da miedo por momentos... Desearía que el agua pudiera quedar atrapada dentro de mí, y que no rezumase a través de mis poros, siempre en mi interior... Sin embargo, también siento el temor de que permanezca, y que con el frío, congelados, saltemos los dos en pedazos... Como volcán, me da miedo que la lluvia pueda entrar y que el agua se evapore y desaparezca para siempre, dejándome fría y aletargada...
- Eres mujer de muchas puertas interiores, Julia... Me da la impresión que alguna de ellas se ha quedado medio abierta...
- Puede ser... Pero la verdad no sé que es mejor, porque cuando la abro de par en par, le invito a pasar, y cuando está a punto de hacerlo, soy capaz de dejarle a dormir en la mismísima calle... Te lo aseguro...
- ¿Le has dicho estas cosas a él?
- No hace falta... Además, no voy a verle más.
- Estás muy segura de ti misma...
- Sí, nunca lo he estado tanto... Bueno, siempre lo he intentado...
- Sí, y siempre has querido seguir a Dios, y siempre has querido dar testimonio, y siempre has querido trabajar en Madrid... Demasiadas promesas, muchas asignaturas para sólo una vida...
- No me gusta que me riñas, Isabel...
- Lo sé, pero es la verdad, no hay nada malo en que lo oigas...
- Pero es que no estoy de acuerdo: nadie es perfecto, pero me tengo que poner unas metas, aunque sean inalcanzables... Allí voy, y si no llego nunca. ¿A quién le importa?
- Si a nadie le importa, ¿Por qué hablas tanto de ellas? Creo que ya eres mayor para estas cosas...

Hacemos una pausa, un instante eterno.

- Me dices que estás segura de ti misma...
- Sí, eso creo…
- ¿Y de él?
- De él, ¿Qué?
- ¿Qué si estas segura?
- No te entiendo...
- Bueno, pues que sois dos. Tú no vas a dar el paso... Pero... ¿Y si lo da él?
- Sólo soy un capricho temporal para David. No hará nada. Hay demasiado en juego... Me olvidará. Seguro.
- ¿Seguro? A mí me costaría trabajo...
- Y a mí...

Hablamos mucho, y ya va siendo hora de trabajar en los preparativos. Bajo a la bodega. Escojo un vino joven para ir haciendo paladar. Subo a la cocina. Preparo dos vasos bajos, de amplia base. Corto unas rodajas de chorizo y otras tantas de salchichón, y añado rebanadas desiguales de pan, de pan de leña recién hecho, del que nos dejan todas las mañanas en la puerta de casa. Me doy cuenta de que, otra vez, estoy trabajando en algo mientras mi cabeza vuela lejos de aquí, con las manos ocupándome en una tarea a la que no la presto el más mínimo interés. Me asomo a la ventana para tomar algo de aire, viendo a Isabel sentada, observando el paisaje. Vuelvo adentro.

Comienzo a seleccionar los ingredientes, que voy poniendo en una bandeja de madera oscura, cuidadosamente, como si se tratase de tesoros... Alcanzo de la repisa el frasco de cristal grueso viejo, de base cuadrada y con tapón de corcho, donde conservo el arroz que me traen de un pueblo cercano; lo cultivan en el seno de una vega montañosa, muy húmeda, que proporciona al grano dureza y cuerpo, muy distinto incluso al tacto, algo especial comparado con cualquier otro arroz... Hacer paella con este grano es arriesgado, necesita más agua, más atención a los fuegos... La clásica medida de doble de agua que de arroz para que el grano esté en su punto, así como todas las referencias de la propia paella, son inútiles... Es un riesgo adicional a la dificultad del plato... Me fijo en él. Tomo un puñado y lo dejo caer... Me gusta acariciarlo... Cojo ahora una cantidad mayor, esta vez haciendo con las dos manos una especie de cuenco... Una y otra vez dejo caer los granos, deslizándose entre mis dedos; basta con que presione ligeramente para que él se quede allí, para que no salga de mi vida. Sin embargo le dejo irse. Y le vuelvo a retener, y así una y otra vez... Saco de la alacena una caja de madera, dónde guardo las especias que hacen que el arroz recobre vida... Es mi despensa de polvos mágicos, los que obran el milagro... Mientras tanto Isabel ya está arriba, ofreciéndose para echarme una mano

- Podemos ir pensando en bajarlo todo... Mira tenemos la bandeja grande, el vino, los platos, cubiertos, copas... Elige tu misma.
- Esto lo podemos colocar por aquí... Venga, bandeja y vino...
- ¿Puedes tú con lo demás?
- Creo que sí.

Comenzamos a bajar poco a poco. Isabel hace una pausa en su camino, apoyando la bandeja y la botella de vino en un arca, una de las piezas que no pasan desapercibidas en el amplio descansillo. La luz entra con fuerza a través de una claraboya situada sobre el eje de la escalera, lo que confiere al lugar, normalmente sólo destinado al paso de personas, un agradable ambiente para una conversación efímera.

- Julia, lamento de verdad algunas de las cosas que te he dicho
- Isabel, por favor, me estás ayudando muchísimo…
- Es que a veces pienso que mis principios están algo pasados de moda…

Isabel no es consciente de lo que está haciendo por mí. Creo que ni siquiera lo sospecha. No sabe que sus principios son los míos, con la única diferencia de que yo no los sigo… Nos han enseñado desde pequeñas que la fe es primero, y que la razón viene después. Que Dios está por delante de la lógica, que a través de la razón jamás llegaríamos a la fe.... Siempre por ese orden, pero siempre juntos... Pero Isabel siempre ha ido un paso más allá. Está convencida de que la relación entre estos principios marca el amor… Cree que sólo puede haber auténtico amor cuando la relación, las personas, están sólidamente ancladas en la fe y en la razón... Si el amor cuenta con esos cimientos, no hay fisuras… Y sé que en el fondo pienso como ella. Quiero a David muchísimo, pero que hay algo que falla, que no me deja entregarme… Y que no me permite que le deje entregarse a él... Y quizás no sabía lo que era, pero si lo analizo, creo que ni la fe ni la razón participan en esta relación. Es más, pasamos por encima de las dos como elefantes por cacharrería…

- …No sé si acierto, pero juzgo con estas varas de medir, observo mi propia experiencia, y para qué te cuento… En todo caso, los principios no son estáticos, ni universales…
- David ha aparecido cuando más falta me hacía; creo que me ayudó a salir de un mal momento, y pasó lo que tenía que pasar... Seguramente era el fin de fiesta... Pero ya no estoy segura de que pudiera entregar mi vida en esta situación: día tras día, noche tras noche, creo que me preguntaría si no se habría cansado ya de mí...
- Creo que la palabra fidelidad tiene mucho que ver con la fe… ¿Sabes que las dos tienen la misma raíz latina? ...
- Quizá sea una pista...
- Bueno, Julia, en realidad creo que se ha de ser coherente con los compromisos de cada uno, intentar que él sea coherente con los suyos, que es en lo que creo que estás…
- ¿Y si no lo consigo?
- Suele ocurrir, a menudo, la verdad. Y quizás es por no profundizar demasiado en lo que realmente se quiere de la vida. Es duro reconocerlo, y muy pocos te lo confesarán, pero es más sencillo de lo que cuesta decirlo.
- Isabel, he tenido buenas amistades entre hombres ya maduros, casi ya de vuelta, y si me cuentan todo lo que me cuentan, quizás sea porque en su vida no se dan las circunstancias para que esa comunicación se produzca. Yo les escucho, feliz, siendo su capricho, su paño de lágrimas, aunque sepa que después, nada… Los papeles, a veces, y los compromisos, casi siempre, tiran más que el amor real y sincero. A veces creo que no entiendo nada.Te aseguro que compraré sólo lo que realmente quiera. No creo que vaya a las rebajas de otoño... Ni siquiera entrando ya en la madurez...

© Copyright 2007 John Keating

2 comentarios:

Mariano dijo...

Las conversaciones son ágiles y profundas, agua y sed, difícil mezcla, que haces muy bien. Enhorabuena, por tanto, en este punto. Avezados escritores de Fuentetaja Literaria empantanaban el relato a llegar a las conversaciones, sin saber utilizar adecuadamente este recurso literario que, por lo leído, tú dominas, tal vez de una manera instintiva.
En lo que no estoy de acuerdo es, como dices en el relato, "a través de la razón jamás llegaríamos a la fe.... Siempre por ese orden, pero siempre juntos...", porque, a la fe se puede llegar por infinitos caminos: la razón, la virtud, la belleza... e incluso el pecado.
Un abrazo.
Mariano

John Keating dijo...

Lo de "agua y sed, difícil mezcla" me parece que es de Jarabe de Palo...¿Lo he escrito yo en la novela? Porque si es así, no es que escriba bien, es que el subconsciente me ha traicionado...Dime dónde está para modificarlo. (Alguna ventaja tenía que tener el blog...;-)

Respecto al otro comentario de la razón y la fe, cuando vea a Julia se lo comento...A mi no me cuentes tu vida, que la que lo ha dicho es ella, no yo...;-)

Un abrazo,

Juan