lunes, 3 de diciembre de 2007

2.- La butaca del cuarto de estar

Ya saliendo por el amplio pasillo, al abandonar mi cuarto, me encuentro a Isabel sentada en la butaca del cuarto de estar, leyendo el periódico. Aparenta algo menos de su edad, cuarenta y tres años, tono de piel morena, curada por los vientos duros y el mar de fondo que arrastra un matrimonio fracasado. Su respiración es pausada. Lleva unos pantalones vaqueros con caprichosos remiendos, sin cinturón, blusa blanca, chaqueta de punto azul marino y zapatillas de esparto beige. A pesar del austero aspecto de cada prenda en sí misma, la impresión que Isabel me causa siempre es agradable, tiene estilo. Trata de encender un cigarrillo, algo agitada. Aparentemente parece que no me presta casi atención. Es mi hermana mayor, la adoro, dicen que me parezco mucho a ella. Había venido a pasar una semana conmigo, pero lleva ya un par de meses en casa, creo que porque se ha dado cuenta, nada más llegar, que la situación es más grave de lo que intuía en un principio.

Después de la muerte de mamá, algo más dramática si cabe por lo rápido que se produjo, Isabel pasó a ser mi norte, mi única referencia. Todo el mundo necesita la suya, y a mí se me estaban acabando los puntos de anclaje a un modelo de vida que no terminaba de asimilar. Quedábamos sólo mi hermana y yo como ejemplo de la casta familiar. Tenemos dos hermanos más, pero creo que no son como nosotras. Sentimos el peso de una herencia -quizás otra vez imaginada- sobre nuestras vidas. Isabel ni siquiera lloró en el entierro. Pensaba que en realidad mi madre no se iba, creía que parte de ella quedaba en nosotras. Y a mí también me gustaba pensar que ese espíritu se mantendría vivo en Isabel. Debería tener ocho o nueve años cuando comencé a darme cuenta, a fijarme en ese desparpajo que siempre le atribuyo. Desde pequeña apuntaba a dónde ha llegado, siempre conseguía lo que se proponía: me contaban que, ya de niña, cogía de la mano a papá para que la llevara de paseo por la Calle Mayor, y él sabía que no se podía negar. Isabel quería oírle narrar, una y otra vez, las historias de nuestra villa, Arenzana, de sus habitantes, de nuestras guerras, de nuestras huelgas, de nuestros sinsabores. Los relatos reflejaban la vida de personas capaces de las más grandes hazañas, y sin embargo, testigos perennes de las más amargas de las decepciones. Creo que siempre he visto algo especial en ella: una mañana de primavera, allí estaba, en un parque, iluminado por un sol mediterráneo que más que luz, irradiaba energía y vida, pero sobre todo, ganas de vivirla. Allí estaba, subida a una caja de frutas que hacía de castillo, dirigiendo su defensa ante el ataque de un grupo de niños, dando órdenes, haciendo a la vez el gesto de victoria, con los brazos elevados al cielo y los puños cerrados con rabia, contemplando la retirada de los insensatos que habían intentado un imposible, observando al enemigo cayendo derrotado. Allí estaba, con el pelo ya recogido, enérgica, activa, feliz... Allí estaba, desafiante a todas las leyes. Allí estaba, Isabel.

La observo esta mañana aquí sentada: descansa cómodamente, con la espalda bien apoyada aprovechando un pequeño almohadón – tapizado con una preciosa tela de tonos verdosos que se alternan en otros detalles de la habitación – y que Isabel coloca en el respaldo de la butaca, a la altura de los riñones. Está leyendo el ABC, de atrás hacia delante, como hacemos casi todos en casa. Resulta curioso que una de las pocas piezas de mobiliario que he traído a esta modesta y fría casa solariega, sea ahora la favorita de mi hermana. Y es que llamo pieza, en general, a todo lo que tenga un aspecto artístico, proporcionado, decorativo, ya sea mueble, cuadro, objeto e incluso persona. Me gusta la palabra y la utilizo muy a menudo; y en todas las ocasiones hay algo muy especial en ella, algo que identifico en mi interior, reflejando parte de mí misma.

Esta butaca la había encontrado en una casa de antigüedades del Albaicín, en uno de mis frecuente viajes al sur. Y me costó un tremendo esfuerzo conseguirla, y engatusé al tendero, y cautivé a un amigo para que me prestase el dinero, y alquilé una furgoneta para traerla a casa... Una y otra vez me preguntaban los implicados en la extraña operación, sin entender cómo un capricho pasajero vencía cualquier tipo de racionalidad explicable. Pero la butaca no era un antojo perecedero, sino que para mí era una obra de arte, de madera maciza y vetusta trabajada a mano con dosis de incalculable paciencia, tejido noble, áspero, aunque de un aspecto mejorado con el paso del tiempo. Desde que la compré, la cuido con intensa dedicación, untándola de cera, frotándola una y otra vez, hasta que queda reluciente... Es una de las pocas cosas que considero realmente mía, y la mimo casi como una madre a un hijo. Me siento extrañamente cómoda con la imagen de Isabel recostada en ella, me hace sentirme francamente orgullosa de haberla conseguido.

- Buenos días Julia, ¿Cómo te encuentras?

Isabel me observa mientras pregunta con mirada tierna, pero que atraviesa, siento que inquiere mucho más. Sus ojos expresan bondad y frescura, pero se clavan en mí, fijamente, leyendo más allá de lo que nadie podría siquiera adivinar en mi mirada, en mi expresión. El pelo, moreno, liso y recogido con una coleta, le da un aspecto limpio...

- Imagínate. Confundida, dándole vueltas...No he dormido bien.

La palabra confusión sigue siendo una de mis favoritas. Creo que la utilizo para intentar desviar la atención, aunque no lo haga de forma premeditada, pero gano tiempo. La sensación de debilidad que demuestro rebaja el nivel de defensas de mi interlocutor, ya sea en el trabajo o en mi vida privada... Obtengo información, o tiempo para pensar, y me hace sentir algo más segura. Sin embargo, esta vez, unas lágrimas comienzan a recorrer mi mejilla. La confusión es real y sincera. No puedo ocultar que mi objetivo, a vida o muerte, es aclarar mi relación con David, darle una salida, evolucionar, entrar o salir, pero hacer algo.

Isabel sabe que no soy mujer de lágrima fácil, y el gesto de preocupación que expresa crea en mi interior un desasosiego adicional. La verdad es que creo que siempre la he preocupado. Aunque con el fondo aparentemente sólido, últimamente aparezco más sensible que de costumbre. Esto de David me está afectando más de lo que imaginaba. Estoy acostumbrada a dar, a trabajar duro: desde pequeña nos han forjado a fuego lento, educación recia, sin caprichos, ajustándonos para llegar a fin de mes, lo que hacía que midiese cada paso que daba. Sin embargo, creo que una de mis grandes contradicciones ha sido la lucha entre mis sentimientos, a los que nunca les he prestado gran atención, y la realidad, lo práctico; y ésta última casi siempre vence, y por excesiva diferencia... Y parece que nunca me he preguntado por qué... Y nunca me he fijado un objetivo interior... Las metas son demasiado evidentes, siempre medidas por recompensas de otros, o criterios convencionales o materialistas... El plano de la realidad cruza y corta en infinitos puntos a la multitud de planos interiores que llevo dentro, pero sólo unas trazas salen finalmente a la luz. Si posara para mí misma, creo que dibujaría una línea, gris, sin volumen ni formas, sin dimensión ni sombras. Quizás son demasiadas dudas, o preguntas, porque quizás no hay tantas respuestas. Quizás se trate, simplemente, de qué mis oportunidades se van terminando. Quizás no soy capaz de aprender. Quizás este conflicto, este debate interno, me esté matando poco a poco, y sigo llorando…

- Julia, no debes maltratarte de esa manera. Has recibido talentos, como todos, y al final del viaje se hace recuento. Cada una de tus acciones aquí cuenta, pero sobre todo en el ejemplo que destilas, y que muchos de los que te rodeamos bebemos, sin que apenas lo percibas. Mi tesis es que todos tenemos un viaje que recorrer, y sólo una pequeña parte del mismo es visible. El resto se percibe, se siente, se olfatea.
- Como en un cuadro…
- Como en tus cuadros, sí… ¿Has vuelto a pintar?
- Sí, ya sabes que me ayuda a aislarme…
- No sé si me alegro de oír eso… Aunque, si te soy sincera, tus mejores obras las has pintado en épocas de crisis sentimentales….Creo que tienes que seguir madurando, seguro que lo verás pronto, pero necesitas tiempo, no es fácil.

Hago una pausa, cerrando los ojos, sin atreverme siquiera a mirarla. Realmente me conoce, más de lo que creo, quizás más que yo misma. Quizás se vea reflejada en mi propia experiencia.

- ¿En qué he fallado?
- ¿En qué hemos acertado, Julia?
- ... ¿Quieres un café?
- Muy caliente, por favor… Gracias.

Sonreímos ahora. Mi boca entreabierta deja ver amarfilados dientes, con cierto desorden en su alineación, parte por culpa de la naturaleza, parte por falta de cuidado o atención a su debido momento. A pesar de la tensión acumulada y de la dureza del diálogo, no me siento tan reconfortada desde hace tiempo. Los últimos meses han sido de una agitación desmesurada, incluso para una persona como yo. Y lo sé. Estoy agotada, pero aún así trato de sacar fuerzas de la flaqueza: la marcha de mamá, la tortuosa relación con David, el cambio de casa, todo casi al mismo tiempo. Pocos alcanzan a comprender de dónde me alimento para mantener esta energía.

Isabel, creo que para animarme, no para de repetirme día tras otro que estoy recuperando mi luz, casi radiante, que al menos externamente se me ve mucho mejor que hace unos meses. Me recuerda a menudo – también lo hacía mamá – cómo le gusta observar el efecto de la luz reflejada en mis ojos y que, como dos focos, brillan con alegría, irradian felicidad, con esa mirada de complicidad que tantas veces he utilizado para conseguir mis propósitos. Ahora, casi superando esta pesada y oscura amargura – implacable a veces, casi siempre terca y cruel – Isabel me está ayudando a construir una sensación de tranquilidad: tengo el ánimo algo más relajado, empiezo a sentirme a gusto.

Quizás esta etapa pueda ser, al final, algo más que un intento de aislarme, quizás sea una fuga hacia mi interior…Siempre me ha gustado demostrar mi carácter, muy marcado, aunque en el fondo con tremendas dudas, y quizás mi marcha a San Vicente ha sido otro intento más. Trato de dominar todas las situaciones, y anticipo movimientos sólo cuando la suerte ya está echada. Creo que me ven como una mujer habituada a los reveses, y que son éstos precisamente los que me hacen fuerte. Intento luchar y vivir con una fuerza a veces invisible a los demás, aunque comienzo a estar ya cansada: tanto en el artificial y hasta a veces forzado gesto en mi trabajo, dónde sólo la nómina al final de mes me atrae, como en casa de mis padres, mi único y verdadero hogar, dónde durante años he vivido inmersa en el conflicto diario entre independencia y amor, entre el dar y el recibir. También en los amores perdidos, y mucho más evidente en las amistades pasajeras, dónde la lista de amigas y amigos a los que he declarado muertos y enterrados va creciendo sin aparente fin. Transparente en lo difícil, opaca en lo evidente... Dispuesta a la machada, indiferente a la constancia del día a día... Motivada y orgullosa cuando protagonizo el capítulo, derrotada y caótica cuando no soy la número uno... Agobiada cuando se me pide un favor, desprendida y ocurrente cuando detecto la posibilidad no solicitada de ayudar... Y este carácter pasa factura: mi vida es un ejemplo en tiempo real de que la gente prefiere la sencillez, y por qué no decirlo, algo más de humildad.

Sin embargo, y a pesar de que estos dos últimos meses con Isabel han sido de los más felices de mi vida, la verdad es que a menudo me pregunto qué es lo que hace una mujer como yo en San Vicente. Me planteo todavía si debo trasladarme a Madrid, dónde siempre he querido vivir, aunque nunca me he preguntado la verdadera razón de este deseo. Me atrae su gente, el ser nadie al abandonar la puerta de casa me parece temporalmente atractivo, el ir y el devenir de multitud de personas, las oportunidades de prosperar, de hacer ese curso de Restauración de la Complutense en el que desde hace años me he querido matricular, de perseguir oportunidades profesionales, la facilidad que parece tener Madrid de acercarte al extranjero, de una cena que huele a vísperas de verano en la ajardinada terraza del Hotel Intercontinental, de un Paseo por Rosales a última hora, que sabe a morado atardecer... Nadie te pregunta en Madrid de dónde eres, sino qué haces, y esa vitalidad me atrae, tira de mí con hilos invisibles. Quizá sea otra escapada hacia delante, hacia ningún sitio, tratando de evitar cualquier contacto con restos de mi pasado... O quizás, otro estadio pasajero para luego abandonar, romper otra vez... Y volver después a mi eterno pasado, a mi eterna condena, a mi eterno yo…Nunca me he atrevido a colgar la seguridad de una nómina y arriesgar, abrir una galería, enfrentarme al mundo con lo mejor que sé hacer. Y para colmo, ahora David, agitando sentimientos, principios, óleos, sombras, lienzos, luces… y almas.

© Copyright 2007 John Keating

4 comentarios:

nachodigital dijo...

Francamente me ha gustado, siento incluso cierta cercanía, simpatía, por Julia, por su manera de ver y entender aquello que le rodea. Y es por eso que me reafirmo en el primer comentario, no me preguntes por qué, siento dos ritmos, -marcos, si quieres-, distintos, en uno y otro capítulo.

En especial me han llamado la atención la relación, -conversación-, con la hermana, Isabel, y el tratamiento, presencia, del fracaso. Alguien, no viene al caso ahondar sobre quién, me hizo ver como se comportaban hombres y mujeres ante el fracaso, me hacía ver que una mujer era capaz de asumir y aceptar una situación, digamos, no del todo favorable y, tomar lo que uno tiene para rehacer una vida que en muchos momentos ha quedado desarbolada... vamos, que el fracaso, no es tanto fracaso.

Un abrazo
Juan

John Keating dijo...

Nacho, muchas gracias por seguir la novela y por tus comentarios. Yo creo que lo que percibes en el personaje, por lo menos así escribo yo, es que habla de forma distinta cuando piensa consigo misma - o cuando está leyendo su imaginación -, que cuando comenta o debate con otro protagonista, donde creo que no lo cuenta todo, creo que como nos pasa un poco a cualquiera ¿no? Al menos he tratado de que los pensamientos sean más profundos, mientras que los diálogos serán algo más de circunstancias, dejando al lector que interprete e imagine lo que hay detrás, no diciéndolo todo, como en la vida real... Sois todos lectores muy inteligentes, y no os puedo contar todo porque abandonaríais...De hecho creo que una de las claves del escritor es dejar temas abiertos, a la imaginación, asumiendo el riesgo de que dos lectores interpreten cosas distintas… ¿Pero es que no nos pasa lo mismo en la vida real?
Bueno, un abrazo, y mil gracias de nuevo por estar ahí. No os podéis imaginar la "presión", positiva, claro, que supone tener que publicar cada Martes. Realmente provocáis un plus de esfuerzo, de revisión de lo escrito, y eso que, iluso de mí, parecía ya final para publicar…
Juan

Mariano dijo...

Siempre he pensado que las mujeres poseen en grado mucho más elevado que los hombres la intuición, que la RAE define como la "facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento".
Cuidado Juan: con estos planteamientos te estás metiendo, a mi modo de ver, en parámetros de hombres, normalmente seguidores de razonar todo, en detrimento de la intuición del corazón, terreno que dominan las mujeres normalmente.
En realidad la clave la proporcionó alguien que, el primer día,dijo que si nos hacías olvidar que el escritor era hombre, habrías triunfado.
Pero...me está gustando mucho.
Un abrazo.
Mariano
PD.- Mi gran handicap es que conozco al escritor.

John Keating dijo...

Mariano, gracias por seguir leyendo y seguir aportando ideas o reflexiones para pensar. Si te soy sincero, eso mismo me argumentaba cuando comenzaba a escribir la novela... Sin embargo, bastó con ponerme dos capítulos en los pies de una mujer, y la perspectiva cambió, y de qué manera: es verdad que, en general, las mujeres intuyen mejor que los hombres, pero eso no está reñido, ni es antagónico, con el hecho de razonar mejor, que de hecho, también lo suelen hacer mejor y antes que los hombres...Coge papel y lápiz y trata de tomar una decisión, inventada si quieres, pensando como una mujer, y me cuentas. A mí me costó meses verlo.

Un abrazo,

Juan