viernes, 4 de enero de 2008

9.- Idas y venidas

Acercamos unas cómodas sillas de madera, con almohadones forrados de tela blanca, alrededor de una mesa que ya antes de comenzar a comer invita a la conversación, a la tertulia, a la amistad. La luz es todavía intensa. Sin embargo la protección natural que proporciona una vieja parra, incluso con pocas hojas todavía, facilita el no tener que usar gafas de sol para sentarse cómodamente a su alrededor. La brisa se detiene ligeramente, poco a poco, casi pidiendo perdón mientras se atenúa. La naturaleza brinda una de esas múltiples oportunidades de disfrutar de su sonido, de su olor, de esa sensación que produce el sentirse en íntimo contacto con ella.

Ya con Isabel sentada a la mesa retiro el papel húmedo que cubre la paella, y se la acerco, apoyándola en una piedra próxima, porque el tizne adherido a la parte inferior del recipiente recomienda no rozarla siquiera... Asida con ambas manos, la presento con cara de falsa humildad, con profunda satisfacción. El aspecto es inmejorable, el grano próximo al borde se presenta recortado, algo más hecho, casi frito; el color es uniforme, entre naranja y amarillento, con los trozos de carne resaltando del conjunto. Comienzo a revolverlo y mezclarlo, con ánimo de reducir aún más las diferencias de textura entre las diferentes zonas del plato. A pesar de toda la práctica cosechada durante muchos años y el invernadero de periódicos húmedos, el arroz de la parte superior, por efecto de fuego irregular en alguno de los lados, puede estar hecho de forma desigual. Mezclando todo el conjunto aseguro un reparto justo y que todos saboreemos el mismo arroz. Voy sirviendo generosas raciones. Al hacerlo, me doy cuenta de que está en su punto. Y lo sé, no por el color, que también, ni por el tamaño, que también, ni por el olor, que también, sino por cómo cada grano se desliza sobre los demás. No hace falta probarla. El sabor está más que calculado por la cantidad de cada ingrediente añadido, y por las múltiples pruebas del caldo mientras se alcanza la esencia buscada minutos atrás; la dificultad es el punto del arroz...

- Tenemos que ir subiendo en años de vino, poco a poco... Espera un momento, que bajo a la bodega. Tengo algo especial preparado. He abierto una botella que se está aireando desde hace un rato...
- Bueno, bueno... Esperaré... No le vendrá mal a la paella unos minutos de reposo más...

Me levanto rauda, creo que con ilusión en la expresión de mi cara, mientras Isabel permanece sentada, mirándome entre risas y sonrisas, entre cariño y amor, entre sorpresa y admiración. Tratamos de cuidar los detalles, poner el alma en las cosas, y al final creo que animamos la vida. Vamos a por ella, y hace tiempo que hemos dejado de esquivarla. Disfrutamos como niñas. Conversamos como adultas. Comemos sin prestar aparente atención a las formas. Comentamos con interés. Opinamos sobre lo divino y lo humano. Reímos. Y a veces hasta lloramos. El día acompaña. La luz comienza a relajarse, y nosotras con ella. Las discusiones son ahora menos directas, y las dos respetamos algo más la opinión de la otra. Quizá el efecto de la comida, o el vino, tranquiliza el ánimo, relaja el ambiente. Como esperaba, compartir paella y vino nos une más, si cabe, y nos encontramos la una en la otra, con multitud de sentimientos comunes que hasta el momento quizás no nos habíamos atrevido a compartir con casi nadie. Damos cuenta también de buenas raciones de ensalada, y hasta mojamos con pan para saborear aún más lo bien aliñada que está: la sal al principio, para conseguir un buen contacto, antes de que los líquidos aíslen los ingredientes con una frontera invisible, pero inaccesible para aquélla. Le sigue el vinagre, más alegre, distribuyendo la sal por el conjunto, colándose por todas las rendijas; a continuación el aceite, más egoísta, pero también más abundante, el que no dejaría a ninguno de los otros dos atravesar la frontera viscosa, y que nos privaría de un sabor tan habitual como exquisito.

Nos quedamos por un rato calladas... La conversación no es sólo una excusa para mantenernos juntas, sino que aporta conocimientos de una a la otra, una vez más, sembrando amistad, creciendo en humanidad. Voy con Isabel hacia la casa. Aprovechamos para subir platos, fuentes y cubiertos, pistas y huellas de un auténtico homenaje a la gastronomía, al arte de compartir. Vamos comentando lo bueno que ha resultado todo. Recordamos las conversaciones, las bromas, sin querer abrir nuevas vías. A ratos, silencios que hablan. A ratos, miradas que recitan. A ratos, gestos que delatan.

Damos cuenta de los cafés, y repetimos postre, y rebañamos la fuente, y tomamos una segunda ronda... La comida ha terminado, pero seguimos hablando, de lo posible y de lo imposible, de historias de amor y de odio, de aventuras y desventuras. La todavía soleada tarde comienza a cerrar, pero la luz sigue siendo mágica… El color de la hierba, el de las montañas, el del valle entero ha cambiado por completo. La noche anuncia a lo lejos su presencia, silenciosamente, con timidez. Empieza a refrescar.

- ¿Qué vas a hacer, Julia?
- No sé si tengo muchas alternativas, la verdad…
- Depende de ti…
- No tengo ni idea. Tengo un conflicto interno que no me deja pensar con claridad, aunque hablar de esto me está ayudando a organizar mis ideas...
- Mira, no trato de dar lecciones a nadie por mi separación, ni siquiera a mí misma. Imagínate, todavía no soy capaz de convencerme de que éste no ha sido el gran fracaso de mi vida... Pero soy bastante radical y escéptica al mismo tiempo, lo reconozco…

Isabel cree que, como cuando arrancas un árbol del bosque, las consecuencias de una separación nos sobrepasan, no se limitan al yo y al nosotros…. Es muy consciente de que en la vida las tentaciones nos acechan a todos, y que si alguno piensa que está libre de caer, o tropezar como poco, tampoco percibe la realidad de forma clara. Pero, en cada ocasión, valora que lo importante es saber de qué ladera de la montaña estamos: cruzarla, aunque sea por un puerto, un día, implicaría que nos moveríamos a partir de entonces en un nuevo entorno: sur o norte, este u oeste. Pero cree que no podemos ser tan ilusos de pensar que podemos mantenernos en el mismo sitio, simplemente reemplazando nuestra pareja por otra persona, como si cambiásemos de coche, de casa o de perro.

- Julia, es la separación artificial, casi consumista la que me saca de mis casillas, y es que creo que hace un daño terrible, pero sobre todo a los interesados: no hay vencedores ni vencidos en una separación de ese tipo, todos pierden, incluso los que no juegan. Y esa ha sido la que me ha tocado vivir a mí, una separación de diseño….
- Es posible, quizás me ayude verlo desde ese ángulo…
- No estoy segura de que lo haga…Hasta que no lo vives no sabes lo que es... Sinceramente, creo que tu situación es honesta, es la de la mujer ansiosa de enamorarse de un hombre que merezca la pena, tu listón está muy alto, la edad te hace ser exigente, y creo, la verdad, que esa presión ha hecho que últimamente te atraigan hombres difíciles, situaciones complicadas, sueños irrealizables...
- Pues sí…Es casi enfermizo, pero en fin... Seguiremos... Alguien habrá ahí fuera esperando... Ya te he dicho que cada vez sé menos de esto... ¿Otro café?
- ¿Qué piensas?
- Qué más da.
- No te parece una amistad pasajera... ¿Verdad?
- La verdad es que no... y lo peor es que podría haber sido la definitiva... Pero no le he dado ninguna oportunidad. Simplemente no puede ser...
- Yo creo que estáis muy enamorados…. su sentimiento se lee entre líneas, y el tuyo, en tus ojos y en tu voz…. Pero creo que tienes que dar un paso más, buscar el amor de verdad… La chispa desaparecerá, antes o después, y comenzará la monotonía del día a días, las discusiones, los disgustos, los retos, los problemas…y entonces, sólo quererle te salvará, y hará que cada problema sea una oportunidad, que cada reto se convierta en una aventura, cada disgusto o discusión, será sólo un pequeño bache, y las reconciliaciones serán momentos mágicos…
- ¿Crees que hay solución, Isabel?
- En cierta manera…creo que sí. En un par de meses he aprendido mucho de ti, Julia. Eres una mujer excepcional, hay pocas como tú. Estoy orgullosa de ser tu hermana Y creo que saldrás adelante...
- ¿Sabes? Él me hablaba así. Era duro a menudo, y si le pedías opinión, mucho más…

La pausa la hago yo ahora, porque no puedo pronunciar ni una palabra más sobre él sin hundirme del todo...estoy virtualmente al borde del precipicio, siento la altura del miedo pero sin riesgo alguno, me atrae esa vista…

- Y dime, eso que ves dentro de mí, ¿No será parte del problema?
- Está claro que te sales de la norma, eres un carácter, muy exigente y además con fuertes contradicciones... Pero eres buena, a pesar de todo lo que piensas que has podido hacer o decir. Por muy lejos que hayas ido con David, creo que no has hecho más que seguir tus sentimientos… - Y los suyos, por lo que puedo decirte...
- Dicen que es muy difícil cambiar el guión de un libro cuando ya lo has empezado…
- ...Creo que tienes razón... Pero es que necesito saber más... Busco algo más... A veces soy capaz de verlo claro y me levanto, aunque no por mucho tiempo... Me reincorporo al cabo del rato... Pero vuelvo a caer...
- Lo descubrirás... Sigue buscando... Estás acariciando la verdad, Julia... Sigue pensando... Sigue buscando dentro… Creo que ya te lo han dicho antes…. Y por escrito....

Isabel se levanta de la mesa. Se acerca y me abraza con profunda fuerza y ternura invisible, en una sincera muestra de cariño y comprensión… abrazadas, todavía las dos llorando, me susurra al oído…

- Julia, creo que voy a marcharme a casa. Tengo que seguir con mi vida, y por aquí veo que lo tienes todo bajo control... Me ha encantado pasar estas semanas contigo, de verdad… Creo que tienes mucho que hacer todavía por aquí... Me has convencido.
- ¿Pero de qué? Si no hago más que dar tumbos…
- De la vida, del alma que llevas dentro, de todo lo que puedes hacer, de lo que debes dar aún, del tremendo potencial que tienes... Creo que tienes mucho en qué pensar todavía... Espero que la decisión que tomes, sea cual sea, te haga muy feliz. Aunque no sirva para mucho, yo estaré cerca… Llámame si hay novedades, por favor.
- Te quiero mucho, Isabel. Muchas gracias...

Al cabo de unos minutos baja con su impecable bolsa de viaje y se dirige al todo-terreno. A mitad de camino, antes de llegar a la carretera y pasando a la altura del arroyo, su imagen comienza a difuminarse hasta que desaparece completamente. Isabel vuelve a casa, a su soledad. Estaremos sólo a unos kilómetros de distancia, y cuando yo vuelva a Arenzana, si es que vuelvo algún día, a sólo unos cientos de metros, pero nunca estaremos tan cerca como estas semanas… Y vuelvo a llorar, claro.

Ya he comenzado a recoger la cocina. Tan sumergida estoy en mi obra, tan lejos de este lugar, tan inmersa en mis recuerdos, que apenas escucho el sonido de una moto que está a punto de acceder al camino de tierra que conduce a nuestra casa... Alertada y curiosa por el sonido, me asomo de nuevo, reconociendo a David…ha detenido unos segundos su marcha, unos metros antes de abandonar la carretera…parece que duda, o quizás sólo se ha parado a observar la imagen: una casa solariega rodeada de árboles ancianos, entre los pocos rayos de luz que quedan y los sonidos de los pájaros que aprovechan las corrientes de aire, entre el pueblo y la montaña, entre el mar y el campo, entre la tierra y el cielo... La imagen parece extraída de una postal... Finalmente, David se decide, se baja la visera, aprieta el embrague con la mano izquierda y mete primera con el talón del pie, repitiendo un gesto característico suyo, y gira en dirección al pedregoso camino, de apenas unos cientos de metros, que después de un par de curvas y el cruce de un arroyo, enfila hacia la casa.

Mientras David para el motor, se quita los guantes y el casco - desabrochándose el botón superior de la cazadora negra que tanto me gusta, que tanto he envidiado siempre - siento una excitación acobardada por enfrentarme a él, creo que paralizada por la ilusión de volver a verle... Me pregunto si es realmente consciente de qué es lo que hace en San Vicente… Pero la realidad es única: David está aquí, ese es el hecho. Y otra, después: que comienza a caminar hacia la casa…Está es más grave todavía. Las dos realidades, una pasiva y otra activa, una estática, mientras que la otra dinamiza la sangre… Vuelvo a pensar. Creo que los dos al mismo tiempo. Los acontecimientos se han precipitado y no hay ya mucho tiempo para la reflexión ni para el análisis. Bajo las escaleras despacio, pero segura de lo que estoy haciendo, y de mi decisión... David, inmóvil, observando la casa. Estoy contenta de verle, aunque intrigada, ya que, en el fondo, todavía no sé por qué no puedo comenzar una relación estable con él, que es por otra parte, lo que realmente estoy necesitando… Y más ahora… Me siento muy a gusto en su compañía… No tengo que pensar, no tengo que fingir, ni seguir siendo coherente, ni mantener estrategias preconcebidas que ya empiezan a darme dolor de cabeza... A veces pienso que estoy rodeada de personas que quieren que tome la decisión opuesta a la que yo necesito...

Ya los dos en la puerta de casa, nos miramos mutuamente, sin pronunciar palabra alguna. Y luego sólo es un abrazo, pero damos mucho en él. Recuperamos las esencias de nuestra amistad, nuestros olores, nuestro tacto. No hablamos. Sólo nos sentimos el uno al otro, cómo deseábamos haberlo hecho desde meses atrás, entrelazados, dónde nadie podría discernir si somos amigos o algo más. Nuestros pensamientos viajan hacia aquel pasado, hacia los momentos vividos juntos, hacia las ayudas ofrecidas, hacia las cartas escritas, hacia el sentimiento de amistad más profundo que jamás habíamos sentido en nuestras vidas…Este sentimiento que sabría pintar, una y mil veces, pero nunca escribir…

- ¿Cómo estás, David?
- Ahora mejor... Cuando venía de camino, mal.
- Pero que morro tienes...
- Ya lo sabes… ¿Te sorprende?
- De ti ya no me sorprende nada, o me sorprende todo... Eso es lo que me gusta….
- Perdona si me he colado sin avisar…
- Sabes que estás en tu casa… Eres mi mejor amigo, así que déjate de excusas…Nos parecemos…
- Eso es lo malo, hija mía...
- Bueno, yo no creo que sea tan malo... Lo malo es que quieras y no quieras, que enamores y que no te enamores. Ese es el problema.
- Yo estoy enamorado…
- Es lo que dices, pero no te creo...
- Bueno, pues eso es de lo que te quería hablar...
- Pues habla... Te escucho...
- No tiene sentido toda esta historia… Todos estos meses… Voy a dejar a Marta…
- Estás loco, David…
- Ya lo sabes...
- No puedes cambiar ni echar a perder tu vida de la noche a la mañana…
- No pierdo nada, porque no hay nada. Cuando tú estás lo que cambia es mi vida, pero del negro al blanco.
- No sabes de lo que hablas… … Soy sólo un capricho, David…
- Sí, pero para toda la vida...
- Pues no puede ser… No te puedes ni imaginar por lo que estoy pasando… Pero era sólo cuestión de tiempo… Todo final tiene que llegar, y el nuestro está aquí...
- Yo no estoy tan seguro… Las cosas cambian, aunque sea de tarde en tarde... Incluso cuando crees que sabes el final de un libro, el escritor te cambia los esquemas…
- Esto no es un libro: somos tú y yo…

© Copyright 2008 John Keating

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