sábado, 5 de enero de 2008

Epílogo

Como cada mañana, se levantó a las seis y media, un rápido afeitado, un insulso café y al metro, Línea 3, camino del gris hospital. El Doctor David Hurtado llevaba siete años en la misma planta, en el mismo trabajo… desde que ganó la plaza algo más que un diagnóstico incierto le retenía en aquel destino: la habitación 912.

Julia Casares era el caso que día tras día, año tras año, le dominaba… No conseguía explicarlo, ni hacerla mejorar. Tenía una docena más de enfermos en la planta; entre ellos Isabel Díaz, de la 915, con la que Julia pasaba muchas horas del descanso en el patio, Jesús Arana, el anciano de las 901 que no se separaba de Flora Sáez, su amor platónico de la 920, Martín Iglesias, en la 906, el más activo de la planta, el pobre Pablo, con el que nadie hablaba, de la 903 …Pero Julia se había convertido en una obsesión para este joven Doctor, y si otros enfermos le atraían, era precisamente por la relación que podrían tener con ella...

Desde que se levantaba, Julia Casares – treinta y tres años, delgada, morena, pelo corto a lo chico – sólo pintaba, un cuadro cada vez, algunos durante muchas semanas, uno tras otro... Siempre con la ventana abierta y mirando al mar, aunque desde su habitación realmente sólo se veían azoteas sucias de viejos edificios del ensanche barcelonés, a través de viejas ventanas, con un anclaje de seguridad casi artesanal que sólo el personal de limpieza podía desbloquear.

David, a falta de una historia clínica rigurosa, estudiaba los cuadros. Julia nunca le habló en todos esos años, pero le miraba intensamente, con más información en sus ojos de lo que podría leer durante toda una vida… Sólo tenía los lienzos, que David analizaba y observaba sin entender qué intentaba decirle. Porque eran mensajes para él, sólo se los entregaba a David, en las visitas diarias que le hacía, tratando de arrancarle alguna palabra… David se los llevaba a casa, y allí los colgaba, uno al lado de otro, en su cuarto de estar, que estaba ya sólo dedicado a Julia…Cuando volvía a casa, ya tarde, sólo hablaba de ella y de sus pinturas… Marta, su novia de tantos años y por entonces su mujer, ya le había dejado, y es que no pudo superar la obsesión de David por el caso, ni las horas interminables de hospital y de estudio, de lunes a domingo... Eran acuarelas muy intensas, con pocos trazos, pero en los que se distinguían perfectamente los ambientes creados: una habitación, una cama con dosel, una butaca en un cuarto de estar, una escalera, una playa, un bodegón, un fogón de leña, una mesa lista para comer, un fuego, un libro…

David sólo trabajaba con una teoría, inmerso en una línea de investigación: el estudio de la bioquímica del mal de amor, continuando los estudios de la Doctora Silvia Marazzi, una psiquiatra de la Universidad de Pisa… David seguía su tesis, y medía los niveles de serotonina en la sangre de un grupo de pacientes… llegó a hacerlo con treinta y seis simultáneamente, Julia entre ellos. Desde los primeros cursos de la Facultad de Medicina le habían enseñado que la serotonina era un mensajero químico del cerebro, que afectaba al pensamiento, a todas sus funciones, y que, en general, su bajo nivel se relacionaba con casos de depresión… Éste era el diagnóstico que mantenía erróneamente ingresada en el psiquiátrico a Julia, según David, que defendía que estaba sometida a un caso crítico de Trastorno Obsesivo Compulsivo ó TOC. David comparaba los resultados de los tres grupos de estudio: uno de voluntarios sanos, otro grupo de pacientes con TOC, y otro de un grupo de internados con depresión severa y, desde luego, Julia. Pero los resultados no encajaban, los pacientes con depresión presentaban un 40% menos de serotonina que una persona sana, mientras los que tenían una obsesión, tenían un defecto, pero alcanzaban casi el 90% del nivel normal. Julia, en cambio, inexplicablemente, estaba en el primer grupo, sus niveles de serotonina eran ínfimos, sin razón aparente...Estaba claro para David que Julia no tenía depresión, que podría ser un ejemplo entre un millón de un mal de amores crónico, casi imposible de diagnosticar... Ella no hablaba con nadie, pero tampoco era autista, de lo contario ya no estaría en el hospital: desde hace años estaba reconocido que el autismo no era una enfermedad, sino un trastorno del desarrollo, y que su tratamiento estaba más ligado a la atención, a la dedicación y a la repetición, que a las medicinas o los ingresos hospitalarios, siendo además casi inexistentes los casos entre adultos…diagnóstico descartado… Pero los bajísimos niveles de serotonina en la sangre de Julia recomendaron a la familia su internamiento. Realmente estaba allí porque nadie sabía qué hacer con ella, y los doctores del Hospital no querían asumir riesgos…

En una de sus visitas, una mañana, David se encontró a Julia sin su bata, sin sus pinceles, sin pintar, lo que llamó su atención... Había un cuadro en el caballete, ya terminado, firmado y con fecha, señal inequívoca y secreta de Julia para que David pudiera llevárselo. Era el más triste de todos los que había visto: ya oscureciendo, en un camino pedregoso, unos pájaros volando a ras, una mujer agarrada a algo con fuerza, mientras su mirada se dirigía a un camino vacío…

Unas semanas después de aquello, en una tarde oscura, de gris y frio invierno, alguien se dejó mal cerrado el sistema de seguridad de la reja de la ventana de la 912… Nueve pisos acabaron con una vida repleta de belleza latente, de frescura adormecida, de muda energía y de amargada vitalidad… En el Hospital, los doctores más experimentados confirmaron, casi con satisfacción, su diagnóstico inicial después de la trágica muerte: no era sino otra prueba que demostraba la depresión crónica diagnosticada, los niveles de serotonina lo habían demostrado con anterioridad… Todos asentían, excepto David, que no podía seguir allí un minuto más... Pidió una excedencia, y se fue a casa, oficialmente a preparar su doctorado…

Hoy ya han pasado dos años de aquello. David, por fin, ha dormido tranquilo esta noche… Julia está aquí, ha estado mucho tiempo con él, su novela está ya terminada…Además ella y sus cuadros seguirán dentro del libro, la podrá visitar de vez en cuando, estará mucho tiempo más a su lado, podrá seguir estudiándola, seguro, la sacará adelante... Al fin y al cabo, ¿Cuántos doctores no se han enamorado antes de sus pacientes? ¿Y cuántos escritores no se habían obsesionado antes con su protagonista? ¿Y cuántos de éstos no habrían deseado introducirse en su novela, para poder sentarse junto a ella, hablarla, verla de cerca y hasta abrazarla... o incluso modificar el final? Cuadros y descripciones, pintura y literatura, roca y agua, juntos para siempre… Todo un descubrimiento, piensa David, toda una historia para compartir…

© Copyright 2008 - John Keating

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