lunes, 26 de noviembre de 2007

1.- Mi habitación

Venirme a vivir a San Vicente no ha sido tan malo como imaginé. En busca de la soledad y escapando hacia adelante – creo que huyendo de David – he tomado otra decisión de esas que llaman la atención, de aquéllas que ya antaño sorprendían a mi familia, sobre todo a mi padre.

Esta mañana observo algo incrédula, aunque distraída, el techo de mi habitación. Y aquí estoy, imaginando como cuando era niña, figuras inventadas de formas difíciles. Me he quedado recostada un buen rato, enrollada en el revoltijo que se organiza a diario en mi cama, desperezándome entre desordenadas sábanas, multitud de almohadas y blandos apoyos, sorprendida incluso de aguantar aquí tumbada, acallando mi diaria ansiedad por salir a trabajar. Supongo que hoy he encontrado una buena excusa en el calendario para no enfrentarme a mi gris rutina.

Intento enfocar mis ojos hacía una forma imaginada, creo que es un barco, aunque mi percepción cambia poco a poco. Parece que la imagen se desvanece, pero al cabo del tiempo vuelve a surgir, y cuando lo hace, es cada vez más evidente. Navega sin rumbo claro, a la deriva. Por un momento he sentido algo de vértigo; cerrando los ojos parece que recupero la normalidad. No es más que otra ilusión... Pero que regresa, como siempre... Ahora lo veo más claro: en un fondo azul turquesa surge un pequeño barco de vela acercándose... Sin casi quererlo siento curiosidad por la imagen, que cada vez se ve más nítida, hasta el punto de casi poder tocarla... Es un velero, con casco de madera pintado de verde, idéntico al que había visto una noche fría de otoño, unos meses atrás, paseando con David por el puerto. Dos mástiles, velas blancas. Me siento atraída hacia él... Y es que todo, últimamente, acaba en él.

La habitación, mi dormitorio, podría ser un resumen, una metáfora de mi vida. No soy persona de grandes adornos ni objetos banales. Trato de que todo lo que haya en ella tenga su sitio y, desde luego, su sentido. Además de la amplia cama de estructura de hierro forjado rodeada de un dosel de madera con cortinas de tela blanca – mi caja de sueños con paredes de hilo –, en el dormitorio hay una vieja cómoda donde reposan varios marcos de madera oscura con fotos de un antaño no especialmente dulce, momentos de vida intensa suspendidos entre sueños. Entre ellas destaca la de mis padres abrazados, con un mar muy azul al fondo, unos pocos meses antes de que le diagnosticasen la enfermedad a mi madre, anticipándonos su marcha. Muchas veces me he preguntado por qué soy tan propensa a guardar los recuerdos de un pasado triste y frío; sin embargo, la respuesta parece que viene instantes más tarde, cuando tras la amargura generada en mi interior más sensible después de una observación prolongada de esas imágenes, siento mi sentimiento más herido, pero más fuerte al mismo tiempo, y recuerdo de nuevo que es precisamente ésa la razón de mantener estas fuentes de vida conmigo.

Unas cortinas de tela color hueso protegen una amplia ventana, enmarcada por jambas y dinteles; ésta da salida a un balcón con una preciosa balaustrada que marca externamente el sólido aspecto, el carácter local y tradicional de la casa. Esta mañana, la luz que se filtra a su través proporciona a la estancia una atmósfera especial, dejando pasar los rayos entrecortados de un sol inmaduro. El olor a hierba, todavía algo húmeda de rocío, rezuma más que de costumbre por la ventana medio abierta. El ambiente cálido y los aromas intensos siempre han generado en esta casa buenas sensaciones al que la vive, un deseo de aprovechar ese día, de disfrutar la vida, de contagiar un optimismo vital, muy de dentro, que impregna todo lo que haces aquí. Pero no es una mañana más.

Ya frotándome los ojos, incorporándome, disfruto del último estirón, buscando de reojo las menorquinas evitando poner el pie descalzo en un suelo, que aunque de madera de roble, todavía anda frío... Salto de la cama con un camisón de encaje que deja entrever parte de mi cuerpo, algo delgado. Instintivamente me pongo la bata, primero sobre los hombros, luego abrochándola, fijando decididamente un doble lazo cerca del costado derecho, a la altura de la cadera.

Creo que en general doy buena imagen, presento un aspecto más bien menudo y discreto, aunque si soy sincera, me veo con tremendos complejos que aumentan con los años. Las incipientes arrugas en los ojos, la sequedad de mis manos, alguna cana surcando ya las olas de mi oscuro pelo – que ahora corto a lo chico tratando de acallarlas-, son síntomas que no terminan de gustarme. Sin embargo, creo que les he tomado la medida a las cámaras de fotos, sin mirar al objetivo, manteniendo cierta distancia con ellas, recordando anécdotas graciosas de mi pasado más feliz; como siempre, desmarcándome de cualquier foco de tensión, enfrentándome al momento con ingenuo desparpajo y aparente seguridad en mí misma.

Hasta que me he enamorado de David nunca me había planteado en serio compartir mi vida, nunca pensé en casarme. He estado saliendo con hombrecitos de aquí y de allá, un par de veces algo más en serio, pero creo que nunca he llegado a darlo todo. Hasta ahora, confieso que nunca he deseado para mi pareja lo mejor, sino que -en el fondo- mantenía la relación por una esperanza, optimista en exceso, por lo que esperaba recibir a cambio en un futuro próximo, jugando a corto por un premio virtual que naturalmente cada vez se alejaba más y más. Han sido amores que probablemente me convenían, familiarmente correctos. La última vez, pobre Pablo, llegué incluso a pensar que él era el hombre de mi vida porque dormía junto a mí: pero la relación acabó antes de lo esperado… Otra vez, sorpresa entre los míos. Julia volvía a ser la hija difícil, la amiga con problemas, la hermana que resta... Hasta hace unos meses disfrutaba con la amistad y trataba de evitar cualquier posibilidad de relación duradera. Pero es que David ha entrado en mi vida, y de qué manera. Amor imposible, difícil problema, solución trivial. Sin embargo, ha sido al poco de llegar a San Vicente cuando me he empezado a dar cuenta de que no puedo huir tan fácilmente de él.

Justo antes de salir a buscar mi primera taza de café, desvío la mirada hacia la ventana de la habitación. La brisa azota la copa de los frondosos robles que dominan el jardín de la casa. Contemplo el paisaje observándome a mí misma. Mis ojos se pierden en aquella última noche…

Todavía le echo de menos, y cada día más. Nunca había disfrutado tanto de una situación imposible: en nuestro juego de flirteos, retando a los principios, la guerra había estallado, y nuestras contradicciones se agudizaron un poco más. Quise gritar que le quería. Quise cortar sus ataduras, aunque realmente lo que hacía era ignorarlas. Él me decía que estaba loco por mí, y yo lo único que anhelaba era desabrocharle la camisa de fuerza. De la noche a la mañana, una sólida amistad, asentada en largos años dormidos de relación distante, nos había reventado entre las manos...

Ya desde nuestro primer cruce de cómplices miradas habíamos creído descubrir una fórmula para detener el tiempo, como en aquellas noches, como en aquellos amaneceres. Pero también aprendimos, amargamente, que no había atajos en las vías muertas. El paso del tiempo nos estampó contra la realidad, e hizo que, no sin esfuerzo, descendiésemos ese medio metro infinito que nos elevaba sobre el suelo vital. Creíamos que estábamos por encima del bien y del mal, que éramos distintos, que éste y no otro era el verdadero amor de nuestras vidas, que nuestra situación era muy distinta a la de todos los demás, y que lo que David había sentido durante años por su mujer era poco menos que una costumbre, no mucho más que un sentimiento de cariño. Habíamos llegado a creer que sólo el hecho de estar enamorados, encandilados el uno por el otro, esa chispa, era la única que justificaba y bendecía una relación madura entre dos personas. Lo importante era el futuro, pensábamos, nuestras vidas; nos preguntábamos qué habíamos hecho de nosotros antes de ese beso... Era el triunfo del yo, frente al vosotros y al ellos, pero también ante nuestro yo más interno, que a veces me llevaba a pensar que era ésta una jugada que tenía vuelta...

Sin embargo, la duda volvía, cada día, cada minuto, en cada llamada, en cada mensaje. Me daban ganas de tratar de convencer a todos los que veía felizmente casados: era cuestión de tiempo, era mejor que se quitasen las máscaras, porque antes o después les llegaría el día de abrir los ojos, de mirar a la mujer o al marido que habían elegido cuando todavía eran jóvenes inexpertos, y se darían cuenta del tremendo error cometido. Empero, casi al mismo tiempo, se engendraba un conflicto en mi interior que me decía a gritos, casi ya afónicos, que algo no encajaba. Pensaba si no se trataría de una escapada hacia adelante de David, de una idealización de algo que, con el tiempo, no haría sino volver a la rutina diaria. Pero yo no quería escuchar a nadie, y mucho menos a mí misma; yo lo que quería era contar mi historia a todos... Mi euforia me animaba a comprarme ropa, a levantarme cada día con un extra de energía, aunque hubiera agujeros negros en mi pensamiento que, si bien quería esquivar, estaban ahí, tan presentes como mi imagen dentro del espejo. Vivía en un continuo conflicto, entre el orden que creía ver en la Luna, frente al desorden aparente de las estrellas. Pero después de hablar con él, después de escuchar su mirada, veía las constelaciones perfectamente ordenadas y equilibradas, y la Luna sola, triste, oscura y simple. Hecha un mar de dudas todavía, en una fase de alejamiento de David, atisbé el daño que podríamos estar haciendo, parecía que despertaba de un sueño inmaduro que no me dejaba ni dormir ni velar. Sólo entonces quise cortar en seco. Lo que ahora me temo es que ya fue tarde...

Necesitaba cambiar el ritmo, un descanso, así que decidí tomarme unos días de vacaciones en un lugar que me alejase del bullicio de la ciudad, escapando de él, de su vida, de ese rollo en forma de espiral que aturdía todos mis pensamientos. Saqué de mi armario la bolsa de viaje de cuero que me acompaña a todas partes, y la llené con un par de vaqueros, tres blusas, dos camisetas y las zapatillas de deportes, arranqué el coche y aceleré el alma, con ánimo de buscar algo de tranquilidad en la casa que mis padres tienen en San Vicente, un pueblo costero de apenas cincuenta habitantes, a unos pocos kilómetros de Arenzana. Había oído hablar antes de esta sensación de huida, pero no pensaba que yo fuera a ser capaz de tomar la iniciativa, y mucho menos de aguantar casi seis meses aquí, cuando sólo esperaba desconectar un fin de semana... Era un mediodía gris, triste. Ya en la carretera, paré a tomar un café en Venta Marina, dando un paseo poco después... Me acerqué al puente de piedra que domina el valle, y quedé paralizada observándolo: el día, detrás, seguía nublado, plomizo, rocoso, seco; valle abajo, sin embargo, hasta el mar, se veía verde y azul, despejado, con energía, con luz, con fuerza... Sentía que mi vida, detrás, era oscura y confusa, que casi se me iba de las manos; en cambio, mirando al mar, veía el futuro con ilusión, por primera vez después de tanto fracaso y convencida contradicción... Empezaba a adivinar que la combinación de fe y razón podría ayudarme a salir de este agujero. Olfateaba la oportunidad de recuperarme... ¿Recuperarme?


© Copyright 2007 John Keating

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Prólogo

He decidido que voy a completar un proyecto que comencé hace ya algunos años. Voy a publicar una novela, “Roca y Agua”, que ha estado navegando a la deriva entre ordenadores, borradores impresos y disquetes de ida y vuelta, más tiempo del estrictamente razonable...

Ahora tengo algo de tranquilidad, ritmo de escritura, una buena mesa orientada al Parque del Oeste, luz acogedora otoñal y tecnología disponible para ir publicando, paso a paso, el contenido completo de lo escrito hasta la fecha. Publicaré en este blog un capítulo por semana. Adjunto el índice de la obra.

1.- Mi habitación
2.- La butaca del cuarto de estar
3.- Un café en la cocina
4.- Enseñando las cartas
5.- Agua sin Agua
6.- Roca y Agua
7.- Los Preparativos
8.- La Paella
9.- Idas y venidas
10.- Y al anochecer llega el agua...
Epílogo

Roca y Agua es una novela corta, no creo que llegue a las cien páginas, que transcurre en un solo día y en un pueblo de la costa mediterránea, que estoy seguro que os gustará por su luz y por su olor. Los protagonistas, David y Julia, y la casa en la que se desarrolla la acción, centran la atención. Mi atención. Y espero que también la vuestra.

Está escrita en primera persona, y la narradora es mujer, así que imaginad por un momento lo divertido que ha podido ser meterme en el personaje, para ver, desde los ojos negros de una joven treintañera, una historia de amores imposibles. Reconozco que me quedan muchas Universidades por visitar y muchas novelas por leer, pero veo algo dentro de ésta que quiero compartir con vosotros, aunque si os digo la verdad, todavía no sé lo que es… Si lo encontráis, por favor, decídmelo.

Un fuerte abrazo,

John Keating